Flamenco, voz y duende


Opinión
Inmaculada Pantoja

Inmaculada Pantoja


Desde la conciencia de eterna aprendizade flamenco, intento protegerme con el paraguas de las licencias para dirigirme a ustedes con mis propias opiniones, defendiéndolas con la humildad del respeto a las que puedan tener estudiosos y aficionados establecidos en perspectivas diferentes con argumentos históricos, técnicos 0 simplemente de sus propios gustos.

Por mi parte, el flamenco me llega por la Voz que le da forma al Cuerpo del Duende, que el filtro de mi sensibilidad capta.

Cuando hace años me vine a respirar Andalucía, comprobé que no era necesario asistir a veladas de cante para encontrar el cante y que podía sentir el pellizco tomando café en la barra de un bar, poniendo atención en lo que ocurría detrás mío en la mesa cercana a la pared. En uno de los que yo solía pasar de vez en cuando, acostumbraban a reunirse en la mesita de la pared tres o cuatro hombres de cierta edad. Uno de ellos, por lo que hablaba, encontraba libros aquí o allá de cantaores o personajes que le interesaban, nunca le oí cantar. Otro de los contertulios siempre refería famosos históricos, seguramente más o menos congéneres suyos, de una cierta zona de mucho renombre flamenco, pero como si la referencia no le tocara de cerca; años después me sorprendió que fuera el homenajeado por el ayuntamiento del pueblo donde vivía, aunque brillaban por su ausencia los notables flamencos del lugar.

El tercer contertulio de la mesita cercana a la pared era un hombre, que saludaba con voz contenida, pero alegre y educada. Era el único que cada día, al ratito de llegar, entraba en el trance (si me permiten ustedes) del cante con su voz y su sentimiento. El sentimiento que expresaba era tan auténtico que invadía la sensibilidad de quien le escuchaba; no se necesitaba conocimientos técnicos ni históricos, era escucharle y sentir, al mismo tiempo, la cercanía de su dolor. En cuanto a su voz era tan bajita que parecía el lamento más sincero que brota de dentro.

Una de aquellas oportunidades de las que pude escucharle cantar, fue precedida por algunas frases de desprecio que profirió alguien hacia el valor artístico del cantaor. Espontáneamente me quejé de aquellas frases inoportunas y nada agraciadas.

No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero fue muy poco. No volví a escuchar los cantes de aquel hombre, que ni siquiera aparecía por allí.

Había pasado algo más de tiempo y también dejaron de dar luz y color los espontáneos cantes de un jilguero flamenco que alegraba el ambiente desde la otra parte dela barra, mientras atendía a la clientela normalmente de muy buen humor.

Alguna vez se llegó a oír una exclamación que decía que las mujeres deberían estar todas en la discoteca.

El rincón de cabales que desapareció bien merecía un homenaje o un ¡¡¡OOOLE!!!grabado en el recuerdo de la Historia.