De la música tradicional al fl...


Libros
Gregorio Valderrama
Editorial Arguval, 2008
Marcos Escánez Carrillo


De la música tradicional al flamenco, de Gregorio Valderrama Zapata

Este trabajo ahonda en el estudio del origen y nacimiento del flamenco, a través de sus antecedentes folklóricos fundamentalmente, estableciendo líneas que relacionan las folias del siglo XV-XVI con jácaras y chaconas del XVI-XVII, y estas a su vez con seguidillas, fandangos, polos y tiranas (s. XVIII), y de estas nacerían los palos flamencos que ahora conocemos. Lo cierto es que empieza poniendo a una parte de la flamencología tradicional en el sitio que le corresponde: el de la fantasía y la mitología. Con toda la razón llama nuestra atención sobre la falta de investigación de los que se han hecho pasar por investigadores hasta hace poco.


Por lo pronto, el autor atribuye la existencia del flamenco a los profesionales del mismo, y levanta una lanza por ellos reclamando legitimidad a la profesión. Cosa que históricamente ha sido denostada por muchos flamencólogos en la creencia de que la comercialización del arte sólo puede perjudicarlo.

Otra observación interesante es colocar el origen de la música popular andaluza en el siglo XVI, haciéndola coincidir con el monopolio del comercio con las Indias, que triplicó la población sevillana y la de Cádiz aumetó por seis veces en 60 o 70 años. En esta época se multiplicó por 500 la cantidad de barcos que llegaban a puerto y por 1.500 la cantidad de toneladas transportadas.

En el capítulo que le da título al libro, el autor explica magistralmente cómo surgen las primeras manifestaciones musicales de carácter netamente andaluz y bajo qué entorno. Las folias de finales del s.XV presentan un compás parecido al de la bulería y con cadencia semejante a la andaluza. Las jácaras y zarabandas relacionadas con las guajiras y las peteneras, la existencia del compás de amalgama desde el s.XVII, son algunos de los datos más o menos sorprendentes. Pero al llegar a la tonadilla escénica, es cuando el tema se centra considerablemente y toma cuerpo. Este es el formato, prácticamente derivado de la jácara, que se extendió en España durante el siglo XVIII. Composiciones de carácter popular y satírico, que estuvieron relacionados con lo andaluz desde el principio, y que utilizaron la seguidilla castellana como modelo musical más utilizado, aunque también utiliza el fandango, la tirana, el polo, el zorongo, el olé, la malagueña, etc…

Tan importante fue la tonadilla escénica que cuando esta desaparece de los espacios escénicos, no desaparece de la memoria del pueblo, que seguían aprendiéndola desde la misma cuna, en el seno familiar. Otra circunstancia es que a finales del s.XVIII, los conflictos contra el ejército francés provocan en la población una revalorización de todo lo español, especialmente la música.

El autor nos habla de un compositor sevillano, Manuel García, que a principios del s.XIX componía obras tomando algunas formas musicales andaluzas y que hoy identificamos como flamenco. Pero estas composiciones datan de mucho antes del nacimiento del Planeta o del Fillo. Por otro lado, los románticos, casi todos franceses, que visitaron España en el x. XIX venían buscando esa imagen distorsionada que se había extendido en el país vecino tras el fracaso de sus tropas, de una España repleta de pendencieros y pintorescos personajes. Y fue en Andalucía donde encontraron la inspiración para el paisaje exótico y casi siempre ridículo que querían dibujar.

Madrid recogía en sus teatros todo tipo de representaciones escénicas sobre tópicos andaluces. Era la moda imperante. Y esas mismas tonadillas y composiciones musicales representadas por actores y cantantes de todas partes, se podían escuchar en tabernas y ventas en la voz de verdaderos personajes andaluces que en muchas ocasiones lo hacían mejor que los artistas del teatro. Esto sucedía allá por la década d 1840, quedando testimonios múltiples de que ya existía un mercado para el arte andaluz destinado a gente bien y visitantes de otros países.

Pero es entre 1850 y 1870 cuando aparecen más signos y más justificaciones sobre la existencia del flamenco: Aparece una partitura anónima del polo en la década del 60-70, Charles Davillier asiste a un baile en Triana en el año 1862 en el que escucha el polo, la caña, rondeñas y malagueñas, ve bailar el zorongo, el zapateado, el vito, los panaderos, el zarandeo, etc… además de escuchar otras muchas canciones andaluzas.

En esta misma época proliferan los cafés cantantes, más asequibles y cercanos al ciudadano humilde, en cuyo seno también se cultiva el gusto por lo andaluz, y por tanto, es uno de los catalizadores para la creación del flamenco.

En el siguiente capítulo, el autor desasocia el tradicional concepto general de la Playera con la seguiriya. La playera en origen no fue un cante melancólico y triste, ya que también estaba referido al bullicio y a la alegría. Eran bailables y con la misma estructura métrica que la seguidilla. Es a partir de 1844 cuando se le atribuye carácter lánguido y nostálgico.

Termina el libro con números partituras de esta música preflamenca que el autor defiende como primer germen de la cultura flamenca.

A todo el trabajo de documentación de Gregorio Valderrama, hay que sumar la imposición en todo momento de un extraordinario sentido común. La lógica sin pasión y el peso de su racionalidad es digno de mención. No olvidemos que este libro se publicó en el año 2008. Hacen falta muchas investigaciones con este mismo talante.