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Querido amigo :

Programar flamenco

En enero Flamenco for You estuvo en Almuñecar con el espectáculo D’art liderado por El Junco (bailaor) y fue un éxito. Un teatro que en apenas dos meses han visitado Manuel Liñán, Daniel Doña y Olga Pericet. O sea, que la línea de programación goza de una estructuración robusta y consiguen crear un poso cultural considerable en el ámbito del flamenco.

La organización de eventos musicales y la programación artística requiere, como todas las cosas de la vida, especialización y profesionalidad. Si hablamos de flamenco, o de jazz, o de rock, no basta con tener conocimiento sobre los tipos de espectáculos, duración, necesidades técnicas... Hay muchas más variables a tener en cuenta a la hora de decidir los artistas adecuados. La fecha, las preferencias del público objetivo, los recursos económicos, la combinación con otros artistas, el aforo e incluso la contextualización con el resto de la programación del mismo ciclo o incluso de la línea que se haya mantenido en el tiempo en la sala o en la institución.

A todo esto, hay que añadirle el conocimiento del arte en cuestión como elemento fundamental que regule la coherencia y la satisfacción del público. O sea, que esto es una profesión y confiar estas cosas a un no profesional implica, como mínimo, un incremento del coste del evento, el riesgo de no conseguir los objetivos mínimos deseables y sin duda, la desconfianza de la ciudadanía.

Estamos hartos de ver cómo se programan tres cabezas de cartel en festivales, donde con dos o con uno se conseguiría el mismo disfrute del público y el ahorro de uno o dos tercios de lo que realmente cuesta. Recuerdo un festival no hace mucho tiempo en Almería con Rocío Segura, Arcangel y Mayte Martin… Tres cabezas de cartel indiscutibles. Mayte salió a las tantas de la madrugada cuando más de la mitad del aforo se había marchado, muchísimos espectadores que, sin duda, estaban interesados y satisfechos con haber visto a Rocío o Arcángel. Y así va todo…

La situación se convierte en un cuadro surrealista cuando quien programa, además de no asumir su responsabilidad, se limita a dar los nombres para que otros contraten y se asegura de esta forma de que nadie lo asocie con esa tarea. De esta forma evita la crítica y las enemistades con los artistas que sus propias decisiones provocan.

Esto es lo que ha pasado históricamente en el flamenco, que cualquiera que se ha leído un par de libros y ha escuchado un poquito en su casa o en la peña se erige en experto, aunque nunca haya hecho nada que merezca la pena mirar y mucho menos fuera de su localidad, pero eso si, con la amistad del alcalde de turno, se mete en el soniquete de la programación del municipio. Y llama la atención de que esto difícilmente suceda en el jazz, en el rock o en el pop, donde los roles están mucho mejor definidos, el término profesional está menos prostituido y el intrusismo es un estigma que despereza alarmas.


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