XVII Concurso de Córdoba 2004


Discos Flamencos
V.V.A.A.
Ayto. de Córdoba, 2007
Miguel Angel Aguilar Avilés


Estamos en Córdoba en la primavera de 2004. El escenario es el 17º concurso flamenco de esta ciudad y los protagonistas son los distintos ganadores en las modalidades de cante y de toque. El resultado es un disco doble, en directo, con las actuaciones.

En las afortunadas categorías de guitarra oiremos las interpretaciones de Gabriel Expósito (premio Manolo Sanlucar) y Eduardo Trassierra López (premio Juan Carmona Habichuela).

El toque de Gabriel Expósito se nos descubre fundamentalmente creativo, apuntando maneras más allá de los clichés de discurso guitarrístico actual (que nos tiene acostumbrados a un virtuosismo y una previsivibilidad rítmica y melódica excesivas). Gabriel Expósito, en la afortunada senda musical de Vicente Amigo, sabe aprovechar y hacer suya una de las mejores cualidades de este guitarrista cordobés: el dominio del tiempo y la capacidad para acelerar —y sobre todo desacelerar— a conveniencia la trama musical de las composiciones. Asimismo resultan de sumo interés sus composiciones, con voz propia, más allá de la citada previsibilidad melódica de la guitarra flamenca actual.

Por su parte, Eduardo Trassierra ofrece, en su labor de guitarrista de acompañamiento, como plato fuerte, su dominio del volumen de la guitarra, jugando con el mismo en pos de la sensibilidad artística, y un toque nítido e intimista con bellas miniaturas melódicas que, ciertamente, enriquecen el cante.

En los apartados referidos a cante nos encontramos con:

Juan Antonio Camino Wenceslao (premio Pepe Marchena), con un timbre similar al de El Cabrero (tan sólo por hacernos una ligera idea, no es que sea ningún imitador, no se confundan), nos ofrece una guajira y una milonga -con bellos y pausados trémolos- cantadas con gusto y sin prisa. Y nos hace disfrutar. Nos quedamos, eso sí, con las ganas de oírle cantar más, por lo que intuimos como un buen gusto interpretativo y por su modulación de la voz , que nos hace intuir más cosas buenas.

Rosario La Tremendita (premio Manolo Caracol) logra ofrecer un cante flamenco que trasmite sentimiento, algo muy difícil para mi gusto en el cante femenino (y me llamarán machista, y no lo soy, vive dios), con un muy buen acompañamiento de Rubén Martínez, con una solea por bulerías (con el cante más matizado y satisfactorio) y unas bulerías.

Jesús Matías Solano (premio Antonio Mairena), por toná y seguidillas y con una voz “mayor”, cumple con solvencia un acometido ortodoxo, pero no es de lo mejor del disco. Sucede con la ortodoxia que (al igual que con la fusión y el mestizaje) se corre el peligro de que el bosque de lo formal impida ver los árboles de lo sentimental. Con todo, la escucha de sus seguidillas, me evoca, por momento, la figura del intérprete cantando, solitario, en lo alto de una colina. Y la evocación es un grado, hay que reconocerlo.

Yeye de Cádiz (premio Camarón), acompañado por ese maestro del buen gusto guitarrístico llamado Rafael Trenas, sí trae el sabor gaditano, especialmente en las alegrías, un buen anticipo (tampoco sin echar los cohetes de la historia flamenca al aire) de su primer disco en solitario, que vería la luz meses después.

El Veneno (Premio Don Antonio Chacón), ganador de La Unión 1999, ofrece una malagueña de Chacón sin mayor pena ni gloria: Y es que la languidez y el lastimerismo de estos cantes no hace que sean más jondos –como muchas veces se tiende a etiquetar, curándonos en ignorancia- sino que ocasiona que su interpretación sea muy dificultosa para conseguir el logro último del cante: transmitir emociones. Prosigue la intervención con una malagueña y cartagenera, en cuyos últimos tercios (versos), sorpresiva y aventuradamente, el cantaor nos deja ver –por fortuna- lo mejor de sí mismo. Un premio que el cantaor probablemente mereciera, pero no por estas intervenciones en concreto.

Jesús Matías Solano (premio Cayetano Muriel) en su segunda intervención, fandanguista en este caso, canta fandangos de Lucena y personales, y es en los personales en los que, por fin, rompe al exterior el cante y el flamenco de Jesús Matías deja de ser religión para convertirse en vivencia.

Lo mejor: La experiencia, poco habitual, de poder disfrutar de una velada en vivo de un festival (de los más reconocidos) de flamenco actual, con toda la variedad que ello supone, y con la frescura y falta de artificios del directo, en donde se muestras aciertos y carencias sin trampa ni cartón. Una iniciativa definitivamente acertada que debiera de cundir.

Lo peor: Que el aficionado al flamenco disfrutará, sin duda, del disco, por la citada variedad y por lo original y plausible del formato pero, sin embargo, al no aficionado, más acostumbrado a producciones más amables y asequibles par su oído, le resultará un disco arduo. Avisados quedan ambos.