XI Festival de Jerez


Opinión
Paco Vargas


XI FESTIVAL DE JEREZ
Jerez de la Frontera, del 23 de febrero al 10 de marzo

ESPECTÁCULOS

Dado que el nivel medio de los espectáculos podemos calificarlo de medio-alto, elegir sólo algunos de los que hemos visto para hacer una reseña crítica de los mismos, es para este cronista ardua tarea que provoca no pocas dudas y hasta problemas de ética profesional: me siento como el astrólogo, que, ensimismado en la estrella más luminosa, deja pasar de largo aquella otra que brilla en la lejanía pero que seduce y fascina en su eterno misterio. Debo, sin embargo, aclarar que de los muchos espectáculos –baile, cante y toque- a los que hemos podido asistir, no todos han cumplido con las expectativas creadas; aunque no es menos cierto que todos han suscitado la pasión y hasta la polémica entre los entendidos y los periodistas especializados. Sigamos.

LA GUITARRA

Santiago Lara, joven guitarrista con una intensa trayectoria como compositor y formando parte del grupo del maestro Manolo Sanlúcar, abrió la tarde del domingo 25 de marzo, en la Bodega Los Apóstoles (González-Byass), con la presentación de su primer disco “El sendero de lo imposible” que daba título a un espectáculo que resultó correcto, aunque quizá demasiado largo y falto de emoción. Y no fue por falta de ganas del protagonista y de sus acompañantes: tanto El Londro como David Palomar –que no estaba en el programa- pusieron corazón en los cantes mientras que Mercedes Ruiz –artista invitada- nos dejó un baile por farrucas que nos gustó; como también nos agradó la rondeña y la soleá emanadas de la guitarra de Santiago Lara que perfumaron la tarde jerezana de campanas sonando a gloria.

EL BAILE

El espectáculo que presentó Javier Barón en el Teatro Villamarta, titulado “Meridiana”, resultó ser una agradable sorpresa y una bocanada de aire fresco a la vez que un intento de reivindicación del fandango como origen musical de gran parte de los estilos flamencos que conocemos en la actualidad. Algo que algunos llevamos tiempo haciendo sin otro objetivo que el reconocerle a la música popular un papel decisivo en el nacimiento y posterior evolución del flamenco. Si de Barón es la idea original y la coreografía; Javier Patino, Alexis Lefèvre y José Manuel Gamboa son los responsables de la parte musical, mientras que Tino di Geraldo se ocupó de poner una sencilla pero decisiva percusión para demostrar que el compás de tres por cuatro está en la base rítmica del flamenco. Un Tomasito, que empezó por pregones, desdramatizador e irreverente, fue la guinda de arte en un pastel lleno de colorido, de propuestas novedosas y de sencillez creativa. Para el baile por soleá de Javier Barón, palma y corona.

Tres propuestas escénicas traía Antonio Márquez al Villamarta: “SMS: me gusta ser mujer” –enhorabuena a la guionista y coreógrafa Nuria Leiva-, “La vida breve” (Manuel de Falla) y “Bolero” (Ravel). La primera es una explosión de júbilo reivindicativo femenino sin caer en el melodrama, pero llamándole a las cosas por su nombre. Y para eso se utilizaron músicas y danzas unas veces flamencas y otras menos flamencas, pero cumpliendo todas con el papel de transmisor que tenían: del escenario al corazón del respetable, para que le diera por reflexionar y se emocionara con las formas y con el fondo. Las dos siguientes coreografías ya las conocíamos, pero cada vez que las volvemos a ver nos gustan tanto o más que la vez anterior. La autenticidad de Falla y la fantasía de Ravel le van como anillo al dedo al bailarín Antonio Márquez, que maneja los espacios escénicos y los recursos teatrales con mucho acierto. Si algún pero hemos de poner a lo visto en Jerez el 26 de febrero es la excesiva duración del espectáculo.

La grandeza bailaora de Rocío Molina no es algo nuevo para los que creímos en ella desde que apenas si era una niña: su depurada técnica -¡que dominio corporal!-, su pasión y su sensibilidad de bailaora grande hacen de esta joven malagueña una indefinible síntesis del mejor baile flamenco de ahora. Por eso, quizá, no se notó en demasía el repentino cambio de espectáculo –en el programa oficial estaba anunciado otro -“Pasos contados”-, aunque en la rueda de prensa la artista dio las explicaciones oportunas a petición de quien firma-; pues es evidente que Rocío se sostiene en sí misma y no necesita de montajes para demostrar su valía. “Almario” (Teatro Villamarta, 27 de febrero), bajo la dirección escénica de Miguel Serrano, es una sencilla y austera coreografía de la joven bailaora que la devuelve a la desnudez del “Sé tú misma”. Y eso es lo que fue Rocío Molina: una artista de personalidad excepcional que impregna el baile de sensualidad, de esplendente belleza, de gran expresividad y de sutil emoción. De exquisita elegancia en su braceo, no pierde de vista el pasado para no perderse en el futuro y se crece con arranques de fuerza incontenible para aportar frescura y espontaneidad a su baile, que es hoy y será mañana. Lo demás son “Mentiras”.

Andrés Peña y Pilar Ogalla ya anunciaron en el encuentro con los periodistas que cubríamos el Festival que ellos venían a bailar flamenco. Sin más. Y cumplieron con su palabra de principio a fin. El espectáculo, “A fuego lento” (Teatro Villamarta, 28 de febrero), fue una puesta en escena del baile, el cante y el toque clásico de siempre. Y aunque él me dijera que no, yo creo que se perseguía –y se consiguió- la puesta en valor de los artistas jerezanos, que, si bien han tenido una amplia representación en el Festival de su tierra, creen sin razón que se les da poco sitio. Sea como fuere, Jerez fue el hilo conductor; y Luís El Zambo, el eco eterno de lo que no tardando mucho dejará de ser, pues esa forma de cantar está en desuso y cada vez cuesta más encontrar voces que emocionen como la suya. Y junto a él, las tonás de Luís Moneo y el toque ajustado y flamenco de Alfredo Lagos. Espectáculo austero, sí, pero lleno de autenticidad y jondura, que puso al respetable de pie, agradecido y emocionado. Y es que cuando el jarrón tiene belleza propia, hay veces en que las flores están demás.

“Lo que Natura non da, Salamanca non presta” (Lo que la Naturaleza no da, Salamanca -su antigua y prestigiosa Universidad- no lo presta), dice el viejo adagio español, achacado a veces a algún brillante escritor del Siglo de Oro. Y de eso trata la crítica que hacemos del espectáculo, “La Francesa”, que nos presentó Pastora Galván el día 1 de marzo en la Sala Compañía –muy bonita, pero pequeña-. Porque, meterse en un berenjenal como el que le montó su hermano Israel, sin saber muy bien qué se persigue, es un salto en el vacío que sólo le está permitido a l@s artistas que lo son, cuyo talento es reconocido, que tienen claros los objetivos y que no ansían solamente la provocación artística –siempre tan revolucionaria y tan necesaria-, sino la apertura de nuevos caminos y la ruptura de las fronteras establecidas, porque el arte no tiene puertas y si las tiene hay ocasiones en que hay que derribarlas. Pues bien, ninguna de esas características se dieron en Pastora Galván. Lo suyo fue un espectáculo de cabaré –una especie de “perfomance flamenca”- a la que asistimos (numerosos espectadores abandonaron la sala entre sorprendidos y airados por el fiasco) pacientes y aburridos. Menos mal que la música de Pedro Sierra logró despertarnos del letargo cada vez que interpretaba las piezas flamencas, de transición entre escena y escena, que fueron sonando con el fin de darle una cierta coherencia al espectáculo. Tan es así, que al final sacamos la impresión de haber asistido a un concierto del extraordinario guitarrista catalán al que acompañaban otros instrumentistas –lo de la zanfoña, que me lo expliquen-, los cantaores David Lagos –qué ductilidad cantando “Rien, rien” en francés aflamencado- y Juan José Amador; y una bailarina, que más que desmontar el mito de Carmen –al parecer, el hilo argumental de la obra- pidió a voces su presencia; aunque, eso sí, envuelta en la bandera francesa. Ah, se me olvidaba: el cabezazo simulado de Pastora “Zidane” a David “Materazzi” fue sin duda uno de los momentos cumbre del espectáculo. Y es que, de acuerdo con Manuel Machado: “Todo es conforme y según”.

“Sevilla”, la última obra de María Pagés, es un musical flamenco de cuidada presentación y lleno de tópicos, pero también de recuerdos y de referencias que nos trasladan a la Sevilla de siempre, que es un tópico en sí misma: la Giralda, como símbolo universal de la ciudad monumental, el Guadalquivir, la Feria, la Semana Santa y la Maestranza son mostrados con una escenografía espectacular a base de grandes carteles, pintados para la ocasión, y una iluminación apropiada que ayudan al resultado final de la obra. Todo está a la vista, sin trampa ni cartón; algo que no es habitual en el teatro flamenco actual, empeñado en el montaje de extrañas formas, que ni ayudan ni dejan de ayudar al artista, pero que someten al espectador al suplicio de tener que estar durante toda la obra descifrando qué es lo que en realidad se le quiere transmitir. Claro que, esto hay quien lo interpreta como una virtud o bien como un defecto. “Todo es conforme y según”, que decía Manuel Machado.

María Pagés, una vez más, demuestra su talento como coreógrafa, amén de lograr imprimir un ritmo a la obra que engancha al espectador de principio a fin hasta llevarlo a un estado emocional que explosiona jubiloso con el final sorprendente y espectacular que no por esperado deja de emocionar. Y, además, María, que sin duda es el centro de todo el espectáculo, no escurre el bulto y baila de todo, mucho y bien, algo inhabitual también entre las grandes figuras del baile actual, empleando para ello distintas técnicas y formas dispares en las que emplea recursos como el mantón o las castañuelas (lo del abanico fue genial y divertido). Es decir, un amplio repertorio de bailes (bulerías, cantiñas, soleares, seguiriyas, tangos...) y de músicas (Shostakovich, Bizet, Lorca, Tomás Pavón –cantando la debla a compás del cajón-, Serrat –la saeta de Machado está hecha con toda la intencionalidad-, Gipsy King o Carlos Gardel) y de elementos dancísticos, flamencos y menos flamencos, que en un “totum revolutum” envuelven al espectador en el goce eterno de los sueños. Porque eso es la obra, el recuerdo de una niña que soñaba con ser bailaora y volver a Sevilla para reivindicarla: eterna, clásica, castiza, excesiva y única. En fin, para los zapatos fluorescentes bailando “solos” en la oscuridad del proscenio, un diez en originalidad. Y para el vestuario, premio a la elegancia.

EL CANTE

En el apartado de cante flamenco, no podemos dejar de destacar la buena actuación de José Valencia (Palacio de Villavicencio, 26 de febrero), que estuvo acompañado por el malagueño Juan Requena; pues, entre tanto flamenquito y tanta vocecita empalagosa, el cante recio sin mentiras y sin adornos se nos antoja sorprendente por su escasez. El joven cantaor de Lebrija, que bebe en las fuentes de Antonio Mairena y El Lebrijano, reivindicó para sí un papel que otros y otras tienen sin más méritos que el de un apellido ilustre o el de salir cada día en los medios de comunicación. Este artista, hecho en la dura e ingrata tarea del cante atrás, precisa la atención y el reconocimiento que en justicia debieran tener los que interpretan el cante con dignidad, bravura, conocimiento y pasión, que es lo que ha distinguido siempre a los cantaores de los que no lo son. Es el caso, por ejemplo, de María Ángeles Fernández –acompañada por Daniel Méndez-, que, según nos dijo, se fija en Pastora, Tomás o Escacena, pero de los que aprende poco: la taranta y la cartagenera con las que abrió su actuación fueron la prueba más evidente de lo que digo. Para ser cantaora, además de ser hija de Tomatito, se deben tener las condiciones necesarias, mucha afición y no pocas ganas. Ojalá nos equivoquemos, pero seguir la senda mediática del oropel –como está haciendo alguna estrella del papel cuché- no parece ser el mejor camino si es que de verdad aspira a ser artista del cante. Sin embargo, María Toledo, que compartió el Palacio de Villavicencio con la anterior, demostró, de la mano de un magnífico Paco Cortés, que es una cantaora a la que sólo le falta un empujoncito y la suerte necesaria para triunfar: sabe lo que canta y por qué lo canta. Y, además, lo hace bien. En ese mismo escenario, pero con un sonido apropiado, hubiera brillado más de lo que lo hizo.

Rematamos esta crónica certificando el triunfo de Tomasa Guerrero “La Macanita” (Bodega Los Apóstoles, 27 de febrero), gitana y de Jerez, ante un publico entregado de antemano, con mucha presencia de los flamencos de la tierra, y unas condiciones propicias para el éxito. Arropada por su gente, su entrega y un concepto propio del cante de mujer, que da siempre los veinte reales del duro, sólo quiso y pudo ser ella misma; para qué más: su cante por soleá y por bulerías fueron razón suficiente para justificar su presencia en el Festival y demostrar que en el panorama actual sigue siendo una de las voces más señaladas y bellamente dramáticas de entre las cantaoras que lo son por derecho propio.

VIENTOS FLAMENCOS

Entre las muchas virtudes que tiene el Festival de Jerez, la de no cerrar las puertas a nadie es una muy importante y significativa; por eso encontramos en su amplia y variada programación propuestas escénicas y musicales de muy dispares características dirigidas a públicos de gustos distintos: desde las más clásicas a las más vanguardistas; de tal modo, que durante el Festival Jerez se transforma, sin perder su raíz, hasta convertirse en un inmenso escaparate del flamenco, de ahora y de siempre, para que cada cual escoja el que quiera. En este sentido, también es un espejo donde otros eventos debieran mirarse.

Que Jorge Pardo es un músico excepcional y un excelente instrumentista no lo duda nadie que conozca algo la situación actual de la música española. Que es uno de los pioneros de la mal llamada fusión, también es cierto. Y que se ha acercado al flamenco con la humildad del aprendiz y con el respeto de quien lo admira y bebe de él, no es menester discutirlo. Sin embargo, en Jerez(Bodega Los Apóstoles, 1 de marzo, 24:00 horas) tuvo que echar mano de los artistas de la tierra para hacer creíble su propuesta; que en otros lugares del flamenco se acepta de manera natural, pero que allí todavía crea no pocos recelos. Es verdad, sin embargo, que su espectáculo no estaba dirigido al público jerezano y sí a otro, mucho más internacional, que es el que asistió mayoritariamente.

Nada más salir, a modo de presentación, agarró la flauta y se arrancó recordando a Falla en un alarde de virtuosismo, propio del madrileño, para predisponer al respetable a una fiesta de música flamenca, que empezó con Tomasito –el arte sintetizado- y acabó cuando el grupo nos dijo adiós. La guitarra, flamenca y cargada de gusto, de Juan Diego, junto a las palmas de El Macano y El Lúa, acompasadas al ritmo trepidante de la tierra, dejaron la clara impresión de que sin ellos todo hubiera sido distinto. Pero fue como tuvo que ser: hermoso y emocionante “¡Viva el aire!” –gritó alguien entre el público- “¡Viva Jerez!” –gritó otro aficionado- “¡Viva el aire de Jerez!”, estuve a punto de responder; pero me callé y seguí disfrutando de la música.