Vivencias imaginadas


Discos Flamencos
Vicente Amigo
Sony BMG. 1995
Pablo San Nicasio Ramos


El año 1995 nos trajo el segundo disco en solitario del guitarrista Vicente Amigo (Guadalcanal, Sevilla. 1967). Se trataba de una nueva aportación en un momento crucial de su trayectoria artística. Tras el rotundo éxito de su primer álbum, “De mi corazón al Aire”, era hora de comprobar si había o no artista con recorrido. Manolo Sanlúcar tiene ojo para esto.

Mucho más que eso. En Vicente Amigo empezamos a adivinar con este “Vivencias Imaginadas” que teníamos un sonido nuevo en la guitarra y una forma de hacer flamenco absolutamente singular. Una nueva vereda para andar y buscar oxígeno en la guitarra con denominación de origen.
Si en su primer disco descubríamos una nueva figura del toque, cuatro años después confirmamos al creador con sello propio y a un intérprete con cualidades para crear escuela.
“Vivencias Imaginadas” puso definitivamente en órbita a este cordobés de adopción. Había motivos.

Son ocho temas variados en el compás y el metraje. Con una estructura formal que el tiempo se encargaría de apuntalar. Los discos posteriores del maestro tendrán un esquema muy similar en el continente, que no en el contenido. Es una forma coherente de entender un disco.

La rumba “Limón de Nata” tiene todos los componentes de un “hit” flamenco. Ojo, cosa buena esta. Nada de música fácil (¿cuantos pueden tocar así?) o guiños de simple comercialidad. Esta rumba, como todos los temas que han trascendido de Vicente, tiene la virtud de llegar a más gente de la habitualmente flamenca. Y eso, con la calidad y el compás de este guitarrista da y no quita valor al flamenco. Hay intervenciones acertadas de percusión, bajo y trompeta. Como en todo el disco.

Las bulerías “El Mandaíto” nos llevan a una sonoridad particularísima del toque por medio de Vicente. Si en su anterior disco nos encontrábamos unas bulerías notables por su virtuosismo, ahora llegan los sonidos nuevos. Gusto por las apoyaturas y floreos para nada explorados y que harán de las bulerías de este guitarrista algo fácilmente reconocible. Duquende aparecerá al final para firmar por todo lo alto este notable segundo tema. Vicente, con la inclusión del cantaor de Sabadell, se empezaba a reafirmar en su gusto por dar sitio a gente que despunta en esto y necesita un impulso para llegar arriba.

“Ventanas al Alma” es el título de la minera donde todo se para. El metrónomo y el ímpetu del inicio se pasean por la Unión- qué recuerdos ¿verdad Vicente?- para dar cabida al lloro reposado de la guitarra. Es en estos temas donde el maestro muestra su plenitud sonora, con una riqueza de matices que ningunea todo estigma de suciedad en la guitarra flamenca, su tradicional achaque. El trémolo resulta bellísimo y se pueden notar reminiscencias de su trabajo anterior, sobre todo de su taranta “Callejón de la Luna”, aquella que tanta gloria le dio.

En mi opinión los fandangos “Mensaje” son una auténtica obra maestra. Con ellos Vicente da en el blanco: flamenco, pureza en la interpretación, letra y música logradas, nuevo camino a este toque simpar y con frecuencia olvidado por los solistas y público. Esta cuarta pista del CD trae debajo del brazo gente a raudales llamando a las puertas de la curiosidad, del flamenco. Es un tema obligado desde entonces en todos sus conciertos. Duquende canta tanto que se nota que ahí hay más que una puntual colaboración. El disco empieza a ser redondo.

Para guitarristas es “Querido Metheny”. Autentica joya de museo. Soy de los que querría ponerla en las aulas de un conservatorio en la hora de música de cámara. Vicente y Paco homenajean al guitarrista Pat Metheny. Una pregunta ¿cuántos sabían quién era este jazzman en 1995? Sí, ahora todos.
Los dos que tocan aquí lo saben, y firman un tema que en los momentos de bulerías es auténtica delicatessen. El flamenco moderno debe mucho al jazz y estos dos “monstruos” son de los pocos que verdaderamente saben por qué.
La pieza, a poco que se ponga el oído y se tenga una vaga idea de los sonidos inconfundibles de Paco de Lucía y Vicente Amigo, se puede comprender como un diálogo sin bronca. Eso es la música.
Inexplicablemente no se ha vuelto a escuchar mucho este tema en veladas posteriores a su grabación. Los nueve minutos se pasan volando.

La afición taurina de Vicente se pone siempre de manifiesto en sus trabajos discográficos. Buena parte de sus dedicatorias flamencas tienen el brillo de los trajes de luces de arte, de hondura. Su buen amigo Juan Serrano, “Finito de Córdoba”, podrá presumir de llevar en su esportón estos tanguillos, titulados “De blanco y oro”. Auténtico derroche de flamencura con un inicio rítmico contundente, de tema musical claro y pegadizo. ¡Sí! Pegadizo. A ver quien puede hacer pegadizo algo tan difícil…bravo Vicente y bravo Duquende de nuevo.

Otra obra maestra, y a mi juicio van tres. El zapateado. Da nombre al disco y aquí el guitarrista revindica, otra vez, un toque nada habitual. ¿Quién dijo comercialidad sin apuesta, sin riesgo? El bellísimo susurro de Raquel Ramírez, forma de canto muy del gusto de Amigo, será el apoyo de la melodía. La guitarra suena exquisita, con una redondez propia de un clásico. Es la adecuación de la guitarra flamenca y sus toques a los nuevos tiempos. El acelerón final volverá en el zapateado de algún disco futuro. Será otra historia. Pero volvemos a la idea de coherencia. Sello propio.

Vicente cierra su imaginación con otra vivencia, la que nos lleva a sus padres, a su pueblo. Son homenajeados con una rondeña que se divide en dos partes, melódica y rítmicamente bien diferenciadas y que vuelve a sosegar un disco lanzado. “Sierra del Agua” de nuevo se recrea en el trémolo. Hay un jugueteo melódico que bien vale una infancia dedicada a la guitarra. Todo termina difuminándose.

Ningún tema se parece a otro, no hay hueco al descanso ni sensación de relleno. Este disco es la primera muestra por entero del sonido definido de Vicente, de su personalidad como productor, creador e “ingeniero” de discos imprescindibles.