Viva la Ópera Flamenca


Libros
José Gelardo Navarro
Edit.um, 2014
Guillermo Castro


¡Viva la Ópera Flamenca! Flamenco y Andalucía en la prensa murciana (1900-1939) José Gelardo Navarro. Ediciones de la Universidad de Murcia Edit.um, 2014, 642 Págs.



El nuevo título de José Gelardo Navarro, en claro homenaje a la denostada época flamenca a la que hace alusión, puede parecer toda una provocación para los detractores de la misma y amantes de la pureza del flamenco. Lo que se esconde bajo el mismo es todo un recorrido por el flamenco en la región de Murcia desde 1900 hasta 1939, fin de la Guerra Civil Española. Gelardo saca a relucir todos los artistas flamencos que fueron pasando por sus escenarios, ya sean cafés, cafetines, teatros u otros, demostrando que el flamenco no estuvo desaparecido como nos habían hecho pensar, y que, aparte de los espectáculos llamados “ópera flamenca”, que encuadra entre 1925-1939, se mantuvo todo el repertorio flamenco en las mejores figuras de la época, como Chacón, Cojo de Málaga, la Niña de los Peines o el Niño de Cabra entre otros muchos, y guitarristas de la talla de Ramón Montoya, Miguel Borrull, Sabicas, Esteban de Sanlúcar o Adela Cubas. Fue la época más prolífica, además, en grabaciones discográficas, con multitud de registros de siguiriyas, soleares, martinetes, carceleras, tientos, malagueñas, tarantas, tarantos, cartageneras, etc. como bien señala el autor. También el baile tuvo su representación en artistas como La Argentina, la Argentinita, Pilar López o Rafael Ortega.

Como datos inéditos podemos situar a Ramón el Ollero en 1905, importante cantaor trianero; la aparición del cante conocido como Murciana en la prensa de 1925, Tangos a punto de soleares, madrugás a la guitarra; un Antonio Chacón con un “cante moderno desconocido”. La aparición en 1918 de El Niño de Levante (Pedro Garrido Santiago) Los cantes minero-levantinos, como no podía ser de otra forma, son parte del grueso repertorio de los artistas murcianos, en voces como las de Emila Benito, Fanegas, Guerrita, El Rampa, Eleuterio Andreu, La Salerito… quienes practicaron tarantas, tarantas de la Gabriela, levantinas, cartageneras, mineras, cantes de levante… y no solo en escenarios de Murcia ciudad, La Unión o Cartagena, también en los de Lorca, Águilas, Cieza, Jumilla, Mazarrón, Caravaca y Yecla.

Igualmente tiene cabida en el libro el cinematógrafo, tanto mudo como los inicios del cine sonoro, el teatro flamenco, la radio, la época de proliferación de concursos, discusiones sobre la calidad de las nuevas tendencias flamencas, espectáculos de escuela bolera, zarzuelas, delincuencia en los cafés, la minería y la pobreza de sus trabajadores y artistas como Pepe Marchena, Angelillo, Niña de la Puebla, Canalejas, Cepero, Juanito Valderrama… la lista sería interminable.


El libro está estructurado en dos partes:

I. Flamenco del cinematógrafo y de las varietés: entre el café cantante y la ópera flamenca (1900-1924)

II. La Ópera Flamenca (1925-1939)

Con los siguientes capítulos:

- Los inicios del siglo XX. Ocaso del café cantante (1900-1906)
- El flamenco del cinemátografo y de las varietés (1907-1920)
- Transición a la Ópera Flamenca (1921-1924). El Concurso de Cante Jondo de Granada (1922). Proliferación de concursos en Murcia.
- Inicios de la Ópera Flamenca (1925-1927)
- Ópera Flamenca I (1927-1930)
- Ópera Flamenca II. República y Ópera Flamenca (1931-1935)
- Ópera Flamenca III. Guerra Civil y Ópera Flamenca (1936-1939). El flamenco se hace republicano. La República se hace flamenca.

Gelardo defiende la importancia creativa de la tan manida y criticada ópera flamenca, a pesar de haberse reducido por muchos historiadores al simple “fandango”, y separa estos espectáculos, en los que podía llegarse a 4.000 personas en escenarios como la plaza de toros de Cartagena, de otros acontecidos en escenarios más íntimos, como cafetines, cuartos y reservados, en los que se cultivaba el cante flamenco más “puro”.

Solo decir que su edición digital, aunque económica y manejable, no debería sustituir al libro impreso. Al menos los amantes de los libros, que somos muchos, deberíamos poder acceder a una edición en papel, incluso aunque sus más de 600 páginas puedan parecernos un “tocho”. Tiempos de crisis requieren de alternativas y búsquedas de capital que garanticen al menos una tirada de unos cientos de ejemplares, aunque de forma paralela exista también su edición digital.