Virginia Gámez


Opinión
Paco Vargas


Si tuviera que definir a esta joven artista malagueña con una palabra, elegiría ésta: afición. Es la palabra que mejor define el tesón, las ganas, la ambición de una cantaora con una carrera coherente y firme que ya está dando frutos abundantes y que en un futuro no muy lejano llegarán en canastas llenas hasta rebosar.

La conocí hace ya algunos años, siendo ella una jovencita rebelde y tímida, cuando comenzaba a dar sus primeros pasos en el mundo del cante. Fue con motivo de mi invitación a que participara en el Primer Festival de Jóvenes Flamencos de Málaga. Y allí, en la Casa de Álora, se presentó con su minifalda, su guitarrista y sus ganas de triunfar. Y ya lo creó que lo consiguió.

Precisamente, de los que participaron en aquel festival casi todos viven hoy del arte flamenco y sus nombres gozan de prestigio y fama. Es la generación de más esplendor, generosa y con más vigor que haya dado jamás Málaga, dicho sea esto de manera global y generalizada y sin entrar en casos puntuales ni en las excepciones que marcan la regla.

Luego de emplearse a fondo en el aprendizaje de los distintos cantes y sus estilos, empezó a cantar en peñas flamencas y festivales, pasando por algunos concursos. Y en uno de ellos, el Certamen por Malagueñas, que organiza anualmente la Fundación Cristina Heeren, consiguió una beca. Y desde entonces anda ligada, de una u otra manera, a dicha Fundación. Entre tanto sigue cantando fuera y dentro de España y ampliando conocimientos al tiempo que monta espectáculos y desarrolla ideas con el fin de ponerlas en práctica. Al hilo de lo anterior, es preciso señalar que desde hace años está al frente del Taller de Cante de la Federación de Peñas Flamencas de Málaga, donde, junto al guitarrista Curro de María, está haciendo una magnífica labor que ya está dando sus primeros frutos.

Tiene, Virginia Gámez, una esplendente voz privilegiada que ha aprendido a manejar con soltura y técnica. De tal modo, que los cantes de Málaga –tan exigentes con los tonos medios y bajos- los domina con maestría y conocimiento, a la par que les imprime un gusto y un marchamo personal impropios en una cantaora tan joven.

Claro, que muchos pensarán que, siendo como es de Málaga, la cosa no tiene gran mérito pues muchos y muchas son las que conocen los cantes de Málaga aun no siendo profesionales, pues suele suceder que casi todos y todas inclinan sus apetencias cantaoras por los cantes de la tierra hasta el punto de que la mayoría se quedan en buenos artistas locales, pero nada más. Así creíamos –equivocadamente, por fortuna- que podría suceder con Virginia Gámez. Pero no. De nuevo su desmedida afición y el tesón que pone en todo lo que emprende le hicieron marcarse nuevas metas. Y a fe que las está consiguiendo: hoy, Virginia Gámez, ha de ser considerada como una cantaora larga, que se lleva bien con el compás, que maneja el escenario desde que sube la escalerilla, que arriesga y se arrima al cante cuando hay que jugársela. Y que, con una profesionalidad a prueba de contratiempos, sabe cuál es su sitio en cada momento y lo defiende con uñas y dientes.

Virginia Gámez viene a resumir la larga tradición de grandes cantaoras que Málaga ha dado a la Historia del Flamenco, pues en ella se unen las líneas estéticas que vienen desde Paca Aguilera hasta la Repompa de Málaga. Y, además, es una de las grandes voces flamencas del espléndido momento que estamos viviendo.