Veintinueve años de sonanta en Córdoba


Opinión
Juan Pérez Cubillo


VEINTINUEVE AÑOS DE SONANTA EN CÓRDOBA:
ALGUNAS CONSIDERACIONES




Todo hace pensar que la edición número veintinueve del Festival de la Guitarra de Córdoba ha sido un éxito, si nos atenemos a las cifras que se manejaron en la rueda de prensa celebrada en el Gran Teatro a manera de valoración del desarrollo. Y estas cifras muestran que se han completado los cursos en cuanto a inscripciones, que el alumnado inscrito procede de veinte países. El total de espectadores que pasó por taquilla ascendió a veinticinco mil treintisiete. La ocupación fue desigual por lo que respecta a los espectáculos flamencos, ya que si bien el único lleno se produjo en la intervención de Manolo Sanlúcar con la Orquesta de Córdoba el resto rondó el setenta y siete por ciento de ocupación; el espectáculo de apertura fue Música para ocho monumentos, dirigida en esta ocasión la Orquesta de Córdoba por el prestigioso director italiano Carlo Palleschi. Esta actuación, anunciada en la presentación del Festival en el Palacio de Orive tiempo atrás como estelar había contado con la desafortunada intervención de la Consejera de Cultura Rosario Torres, que rompió el protocolo sin nada que lo justificara, aunque parece que lo suyo es la discordancia.

Manolo Sanlúcar es muy querido en esta tierra, a la que profesa un gran cariño. Avisó al público del Gran Teatro que había de ver a Manolo Sanlúcar como músico y no como guitarrista, y así fue en el sentir de las gentes; por lo demás, las composiciones tenían un aire entre clásico y flamenco. Fueron las dedicadas al Castillo de Sabiote (Jaén) y la Hacienda del Olivar (Sevilla) las más celebradas por el público asistente al espectáculo, culminó con la interpretación de La Canción de Andalucía, con letra, música y orquestación del propio Sanlúcar. Contó con la colaboración de Carmen Molina como solista, del Coro Fernando de las Infantas, dirigido por José Santofimia, así como del Coro de Alumnos del Conservatorio Profesional de Música de Córdoba, dirigidos por Juan Manuel Ortiz.

Tomatito y Diego “El Cigala” presentaron un espectáculo que se medía por kilos, tal y como figuraba en la propuesta del programa. El público, cuando es tan amplio y con expectativas tan distintas se dividió, mas si nos atenemos a la afición flamenca, incluidos apocalípticos e integrados. Se esperaba algo más de gotas flamencas en el Teatro de la Axerquía, que contó con una cifra de espectadores cercana a los tres mil.

El Homenaje a Mario Maya en el Gran Teatro consiguió levantar de sus asientos a los espectadores. Fue un recorrido por distintos montajes del gran coreógrafo, en el que se conjugaron composiciones de distintos autores como Salvador de Madariaga, Miguel Hernández, Carlos Lencero y Federico Garía Lorca. La música de Diego Carrasco, plena de compás, y la de Ricardo Pachón sirvieron para rememorar al gran bailaor y coreógrafo, a través de Naranja y Oliva, Cantes de Trilla y Martinete, Cinco Toreros, Seguirilla, 3 Sillas, Alegrías, Romance del Amargo, Dúo del Amargo, que nos dejó una muy grata impresión, si bien recordamos de manera inefable el interpretado por Mario Maya y Javier Latorre hace aproximadamente una década y posteriormente ejecutada por Diego Llori en el jinete y Mario Maya en “el gitanillo”, esta vez en el mismo marco seis años antes. La actuación satisfizo las expectativas del público, que premió con una cálida ovación cuando saludaron desde el proscenio los intérpretes, encabezados por la hija del genial artista, Belén Maya, autora de la idea original.

Niño de Pura y Manolo Franco intervinieron en el Gran Teatro, con la gran actuación de Rafael Campallo al baile, Churumbaque al cante, Agustín Henke a la percusión y Bobote a las palmas, que dejaron un gran sabor de boca en el recorrido que abarcó desde las galerías de la taranta hasta el fandango final, sin desdeñar los cantes de ida y vuelta -la guajira- o la amalgama que supuso Fantasy, en el recorrido por distintos toques, que culminaron por bulerías.

Fedra fue una propuesta teatral planteada en el escenario del Gran Teatro a partir del famoso mito griego de amores y desamores. Pudo más la pujanza de lo clásico, sin desdeñar la belleza del montaje, con la dirección acreditada de Narros, la música de Enrique Morente y la coreografía de Javier Latorre; ante esta tesitura vuelve a plantearse ¿dónde está la frontera?, que no es nuestra misión, pues los caminos de cualquier arte están en permanente reformulación. Sólo desde la concomitancia de lo trágico o lo orgiástico –puesto lo último en candelero por Távora en “Las Bacantes”- podría entenderse, por aquello de los universales. Ello no es óbice para ponderar favorablemente la ejecución en el escenario de Lola Greco, Amador Rojas, Alejandro Granados y Carmelilla Montoya.

Otro tanto sucedió con Enrique Morente y Lagartija Nick en La Axerquía. Fue un buen espectáculo, y Enrique Morente nos lo ha aclarado en una especia de desiderátum personal para indicar que como flamenco se reúne con todos aquellos que hagan propuestas de una calidad fuera de duda. Lo dijo hace tiempo a propósito de la pesentación de Omega cuando se le interpeló a propósito de sus colaboraciones con Lagartija Nick y la Orquesta de Europa. Su calidad es evidente, aunque sus propuestas dividan a la afición ostensiblemente.

Miguel Poveda lo anunció en La Axerquía claramente en el título Coplas del querer, por tanto nadie puede llamarse a engaño. Lo que sucede es que tiene la virtud de darle una vis flamenca a lo que toca, de inequívoco buen gusto, que él para mayor abundamiento lo justificó en figuras como Camarón y Caracol como intérpretes otrora de coplas. Volvemos por ello de nuevo a la afirmación de Morente del porqué de su elección; se le notó a Poveda tan en sintonía con el público que quiso rematarlo con diversos cantes para mostrar que lo suyo no es sino el ejercicio del derecho a la diferencia de cuando en cuando.

Parece que la apuesta por las artes plásticas sigue, como lo muestra la exposición inaugurada en la Sala de Exposiciones Museísticas de CajaSur, en la que diversos artistas cordobeses han plasmado su peculiar visión con los pinceles en torno a la guitarra.

Hay una seria apuesta de futuro, ya que se va a aprovechar el Festival Flamenco de Nueva York para darle difusión al Festival de la Guitarra, sin desdeñar la promoción por otras latitudes, como en la presente edición en Sevilla, Instituto Cervantes, AVE, Berlín o en la Casa Árabe. Cabe, pues, felicitar al Gran Teatro y al Instituto Municipal de Artes Escénicas por la iniciativa.