Una guitarra y nueve cuentos


Discos Flamencos
Erik Steen
Piedra Music (2010)
Pablo San Nicasio Ramos


Ya lo vimos aparecer en la cartelería de la “Suma Flamenca 2007”, ciclo que suele dedicar al extranjero parte de su programación. Aún así, no es este un artista que cuente mucho aún en el panorama de la guitarra flamenca. Y digo esto porque Erik Steen es un músico que ya tiene tras de sí bastantes discos y una trayectoria comparable a las de muchos otros de su especie.

Ahora presentamos “Una Guitarra y Nueve Cuentos”, disco compuesto sobre las premisas de un virtuosismo que ahora matizaremos y una flamencura que también merece ser comentada.

Nueve toques de variadísimo compás, no hay apenas repeticiones, que adolecen de dos grandes cosas: reposo y soniquete. Seguramente por la ausencia del primero vengan las carencias de lo segundo, y eso es algo que ya se pudo ver, pudimos oír, en el festival antes aludido.

Es decir, tenemos un guitarrista de pirotecnia en los dedos al servicio del flamenco, algo que no sería un defecto y apenas nos importaría si sus ideas fueran malas.

Si Erik Steen no tuviera ni idea de lo que es el flamenco y se limitase a la colocación de notas sobre un compás fijo, la cosa no nos importaría. Se le olvida y punto.

Pero no es así, y a lo largo de todo el disco se pueden intuir y en algunos casos oír nítidamente ideas musicales más que interesantes.

En este sentido es destacable el inicio de su rondeña “100 Puertas” donde desvela un sonido limpio en los pasajes lentos. O las falsetas de sus guajiras “Después de la lluvia”, algo que su metrónomo desbocado echa a perder.

De corte muy interesante es su zapateado “El Abejorro en el tilo”, de gran resultado en los armónicos es su siguiriya “La Casa B” y, como cumbre del disco situaría a “Bulerías on line”, por la buena conjunción de novedad en las falsetas y el uso del tempo adecuado.

Decíamos que es Erik Steen un guitarrista con un buen punteo pero desconcertante picado e “ilegible” trémolo. Con unos recursos armónicos avanzados, seguramente tributarios del jazz y el rock de última generación. Un conjunto de tremendismo sin demasiado aire y, repetimos, resulta lamentable porque sus ideas no son ni mucho menos desaprovechables.

Se observan también en los pasajes más lentos, como su soleá “Viento de Madrugada”, recuerdos a la escuela de Manolo Sanlúcar o Vicente Amigo, sobre todo en el tratamiento de la melodía. Siendo esta soleá un toque que, por otro lado, parece desbocarse a la mínima oportunidad.

Disco en definitiva de chispazos flamencos, muchos fuegos artificiales de color difuminado y nulas colaboraciones. Algún jaleíto tampoco había venido mal…