Torrente


Discos Flamencos
Oscar Herrero
RGB Arte Visual (2000)
Carlos Ledermann


Cuando acaba de aparecer el nuevo disco del guitarrista manchego Oscar Herrero, titulado “Abantos”, nos parece oportuno echar una mirada a “Torrente”, que es el primer disco netamente de flamenco grabado por Herrero, con la finalidad de apreciar de manera más cabal y mejor proporcionada la evolución de Herrero como músico y como compositor flamenco. Para comentar este trabajo, nos abstraeremos de las notas que el propio Oscar incluye en la ficha del disco, para no dejarnos influenciar por su contenido.

Con fecha de aparición fijada en el 2000, según la carátula, “Torrente” comienza con la colombiana “Dos Hermanas”, cuyo título no hace referencia –como podría pensarse- al pueblo vecino a Sevilla, sino a sus dos hermanas, María José y Esther. El tema es fresco y pegadizo, en virtud de un estribillo melódico que, apoyado por el bajo de Alejandro Vaquerizo y los múltiples instrumentos que aporta Tito Duarte, adquiere un aire centroamericano cadencioso en el que los grandes alardes técnicos, de los que Oscar Herrero tampoco es muy amigo, no tienen cabida. Atractiva es la aparición del saxo de Duarte, que viene a aportar una nota cálida con aroma a ron y dialogando con la guitarra se alejan cerrando la pieza. Qué diferentes son, hoy día, el cante por colombianas y el toque de guitarra solista.

La alegría “Miragua” cuenta con un reparto de lujo: se abre con los pies de Javier Barón, que dan paso a la voz de Carmen Linares, tiene al desaparecido Antonio Galicia en tablas, Ramón Porrina en el cajón y Sara Baras en las palmas -vaya elenco- y hasta el mar aporta el sonido de sus olas como preludio a unas líneas introductorias que dan paso, finalmente, a un rasgueado muy cristalino y de ahí en más, falsetas de gran belleza y de compás muy medido, característica identificatoria del toque de Oscar Herrero, que de tan pulcro y tan exacto en el compás, a veces pareciera que no se arranca, no se suelta, no toca desde las tripas, pero cuidado, que por otra parte hay muchos grandes guitarristas que de tanto tocar desde las tripas hacen del compás un chicle.
La taranta “Sombra y Candil” nos trae la guitarra de Herrero al desnudo. Con un comienzo que recuerda más bien un aire de granaína por la manera de conducir la línea melódica, casi parece que va a cerrar la primera idea con el característico glisando del FA# al SI de llamada al cante y sin embargo es precisamente en ese instante donde aparece, para quedarse, el sabor mineral de la taranta a plenitud, con todos sus bordonazos y sus quiebres y abismos, sin perder por ello la característica melódica que define a Oscar Herrero como compositor. Un tema bellamente oscuro, de final reflexivo.

“Carmen” es el título de unas sevillanas muy entretenidas que Oscar dedica muy cálidamente a su mujer, a su compañera y musa inspiradora. Estas cuatro coplas cuentan, nuevamente con un invitado sorprendente, pues al bajo de Vaquerizo y el tabla de Galicia se suman ahora las palmas de Víctor Monge “Serranito” (¿no andaba por ahí el maestro Paco, para que se marcara un cantecito...?). Con idéntica introducción en las cuatro coplas, las hay dos en MI menor y dos en SI menor. Modulantes, melódicas y tiernas, resultan ser una joyita digna de acompañar la dedicatoria.

En el quinto corte llega un trémolo a dos guitarras con Serranito, a quien Oscar Herrero acompañó por varios años. Con el título de “Armonía para dos Mundos”, nos recuerda en alguna medida los trémolos románticos de Manuel Cano. Un tema agradable.

Al pintor Antonio López Torres, de Tomelloso, como él mismo, dedica Herrero el tema “Paisano”. Se trata de una música netamente descriptiva que quiere retratar a este personaje que forma parte de los recuerdos de su infancia. La obra, compuesta como una pequeña suite, está formada por cuatro partes, con participación del violoncello de Joaquín Asumendi, que contribuye a aumentar el panorama expresivo de sensaciones y lugares.

Las percusiones y el saxo de Tito Duarte cambian la atmósfera súbitamente y con agitado ritmo entran en ese mundo misterioso que rodea a alguien cuyo contacto con la realidad es un secreto inexpugnable. Llama la atención el final, cuando muy a último momento desaparece la guitarra, callan súbitamente las percusiones y se oye un fraseo del saxo en solitario, sincopado, buscando algo, un poco ansioso, un poco demente. Un tema sumamente interesante, de lo mejor del disco por su concepción y sus ambientes sonoros.

Y llega la bulería “Torrente”, que da título al disco. Nuevamente la legión de invitados ilustres se hace presente: Javier Barón al baile y palmas, Sara Baras dando palmas, Ramón Porrinas en el cajón y la voz de Gabriel Moreno, esa voz flamenca de noble cepa que hasta por bulerías nos sabe a taranto. Con muy pocos compases rasgueados, esta bulería es algo como una sola gran falseta con variaciones. El cante de Gabriel Moreno reaparece hacia el final de una forma muy atractiva : cesa la guitarra y la voz queda acompañada solo por compás del cajón, las palmas y los tacones, para dar entrada nuevamente a la guitarra y cerrar la pieza.

En el noveno lugar aparece la soleá “Manantial”. Con un comienzo que nos recuerda un tanto a Paco de Lucía por lo melódico y a Manolo Sanlúcar por el tejido de arpegios, esta soleá constituye otro de los momentos culminantes y mejor logrados del disco. Por momentos algo nerviosa, de carnes apretadas, se va desgranando con parsimonia pero sin decaimiento. Técnicamente, la ejecución es impecable, los rasgueados son filosos y expresivos (¿será el rasgueado de “Marote”?) y la conducción y realce de las líneas melódicas de cada falseta nos recuerdan que estamos escuchando a un gran guitarrista, pero antes que eso a un gran músico flamenco. El final, definitivamente desconcertante por lo poco preparado e intempestivo, no empaña los méritos de esta bellísima soleá.

El final llega con la guajira “Tierra Mojada”, segunda aventura de Oscar Herrero al mundo de los estilos “de ida y vuelta” en el mismo disco, que celebramos de manera especial ya que hoy por hoy estas formas parecen destinadas a entrar en otro “período glacial”, no sabemos si por el amor que los guitarristas flamencos de la actualidad profesan a los acordes menores, aumentados, disminuidos y poli-armónicos, ante los que la tradicional tonalidad de LA mayor resulta lo mismo que la luz para el vampiro, o a que definitivamente estos estilos “disfrutan” de un menosprecio, por demás bastante injusto, debiendo ceder su sitio a los más ancestrales y trascendentes, como si la convivencia no fuera sana. Colombianas y guajiras de enorme belleza han compuesto y grabado otros tocaores de merecida fama, como José Antonio Rodríguez, Manolo Franco, Rafael Riqueni y antes el propio Paco, el maestro Sanlúcar y Serranito y que sepamos “no les pasó ná”.

En suma, este “Torrente” es un hermoso disco de guitarra flamenca que da testimonio de lo que Oscar Herrero hacía hace 5 ó 6 años. Bien merece la pena escucharlo con detención, entendiendo que lo de Oscar no es la velocidad ni el alarde pirotécnico sino el compás exacto y el fraseo limpio. Hemos leído hace algún tiempo opiniones que criticaban la sobriedad del toque de Herrero y si bien corresponde respetar tales opiniones, no las compartimos: ser sutil cuando hace falta, no significa dejar de ser flamenco, como tampoco ser bestia garantiza flamencura cabal. El flamenco es música, la guitarra flamenca es música y tratarla como a tal no constituye delito para quienes gustan de la música como forma de arte. Hay quienes prefieren la gimnasia guitarrística, la pirueta deslumbrante y la exhibición técnica y si en medio de eso asoman buenas falsetas, mejor, pero parece que no es lo fundamental. Pero Oscar Herrero transita por otro camino, tenemos el placer de conocerle y nos consta que lo suyo es, exactamente, lo que logra en este disco: hacer música.