Terremoto de Jerez


Investigación
Manuel Ríos Ruiz


FERNANDO Fernández Monje, Terremoto de Jerez (1934-1981), es un cantaor en crecimiento. Conforme más se aleja el día de su muerte, más se agiganta su recuerdo y la valoración de su cante entre los aficionados verídicos. Estamos ante un ejemplo muy similar al de Juanito Mojama, aunque por matizaciones flamencas distintas. Si Mojama es actualmente el ejemplo de la ortodoxia y del equilibrio estilístico a la par, desde su enjundia jerezana, Terremoto de Jerez se erige al evocarle y escucharle en su grabaciones más personales, en el arquetipo de la jondura de su tierra, representando lo que en flamenco se considera fuera de toda comparación, lo que cantaoramente no se puede encasillar, pese a que responda a una escuela concreta. Algo que se nos convierte asiduamente en motivo de escritura por nuestra parte.


Los comienzos artísticos de Terremoto de Jerez, fueron como bailaor, siguiendo a su hermano Curro es este género, por los tabancos jerezanos siendo niño y más tarde en espectáculos locales, debutando en el Teatro Villamarta, en los últimos años cuarenta, para pasar después al tablao sevillano El Guajiro. Una dedicación al baile que nunca dejó de practicar, pues remataba sus tandas de inconmensurables bulerías con su baile único, un baile que mereció los elogios de escritores como Edgar Neville, quien viéndole, en al primavera de mil novecientos sesenta y cinco, actuar en el tablao madrileño El Duende, escribió: <>

Y el bailaor fue cuajando en un cantaor de excepción. Alternó temporadas en su Jerez natal, dedicado a las fiestas y reuniones en ventas y colmaos, con sus contratos en los tablaos de Sevilla, Madrid, Barcelona, Málaga... En Jerez, durante el concurso celebrado en mil novecientos sesenta y dos obtuvo el Premio Isabelita de Jerez y la Cátedra de Flamencología le concedió, en mil novecientos sesenta y cinco el Premio Nacional de Cante, también, tres años más tarde la Copa Jerez, y en en mil novecientos setenta y dos el Premio El Gloria. Los últimos años de su trayectoria artística se caracterizaron por sus intervenciones en los festivales andaluces y en las peñas flamencas. El cuatro de septiembre de mil novecientos ochenta y uno canto por última vez en su ciudad, en el espectáculo Los Jueves Flamencos, dirigido por Manuel Morao, su compadre, su amigo y su mejor acompañante a la guitarra, pues su compenetración era ideal, como se pone de manifiesto en la discografía. Al día siguiente lo hizo en Ronda, en el festival anual rondeño, enfermando a su regreso a Jerez, donde falleció a las diez horas del día seis, a consecuencia de una hemorragia cerebral. En Jerez se sucedieron los homenajes, porque se tuvo inmediatamente conciencia de que con el cantaor del barrio de Santiago, se perdía la voz flamenca más importante de los últimos tiempos.

Artista de artistas, cantaor de cantaores, Terremoto de Jerez, pese a sus altibajos de salud, se crecía encima de los escenarios. Su temperamento y su intuición flamenca, los valores jondos de su quejumbre, se sobreponían a toda circustancia en los momentos difíciles, para salir triunfante, y cuando estaba en plenitud de ánimo y facultades, sus actuaciones resultaban apoteósicas, inolvidables, propias de un genio.

Con motivo de la muerte de Terremoto de Jerez, se escribieron muchos artículos y Juan de la Plata compiló en un libro todo un homenaje lírico-literario. Pero creemos de singular valor las palabras del investigador y flamencólogo madrileño José Blas Vega, productor de discos históricos, entre ellos uno de Terremoto con Manuel Morao y el célebre <>. Dicen esas palabras:

<>.

Tenemos que recordar lo que en otras ocasiones hemos referido o glosado: el inmortal Manuel Torre fue quien sentenció: <>. Y el poeta Federico García Lorca reseñó y glosó esta frase que se ha convertido en lapidaria como definición de algo inefable, de esa sensación anímica que causa el verdadero cante en el embrujo de una voz. Pues bien, Terremoto ha sido el máximo exponente de ese inexplicable misterio, cada vez que se escuchaba su voz atávica. Y ello es algo que puede comprobarse en algunas de sus grabaciones.

El valor cantaor de Terremoto de Jerez, para quien desee percibirlo se encuentra en su discografía con ejemplos varios, bastantes de ellos magníficos. En discos Hispavox, dejó constancia de su personalismo y de su capacidad creativa en el tema <>, junto a la guitarra de Manuel Morao, unos tientos originalísimos, incomparables. Como siguiriyero en el mismo sello ha dejado cantes verdaderamente grandes, versiones insuperables por emocionantes de <> y de <>. En realidad casi todos los registros que realizó, lo mismo en Philips que en Hispavox, son muestras de su cante sobrecogedor y doliente. Sin olvidar la tanda de soleares que han aparecido en una grabación hecha en una peña sevillana, durante uno de sus recitales.

Y en nuestro libro <>, le rendimos a Terremoto la pleitesía que merece su presencia en la historia del cante jondo. Nuestra definición de su esencia artística es la siguiente: El cante de Terremoto es una ráfaga sonora, real y surrealista a la vez. Su voz, con sólo surgir y proferir sonidos negros, jondos, caóticos y enigmático, valía por sí misma porque en ella se producía lo que podríamos llamar la orza del cante, esa órbita de la que brota lo airoso desde lo espeluznantemente telúrico, una expresión densa y escalofriante que, personalmente hablando, nos ha conmovido como nada en la vida y seguramente como nada nos volverá a conmover, a emocionar desde el tuétano al corazón.

Terremoto fue su nombre y nunca hubo en el cante un cantaor mejor nombrado. Y aunque parezcan demasiado líricas nuestras palabras, se impone repetir que escuchándole, nos apercibíamos de que cantaba por todos, por los vivos y por los muertos. Agustín Gómez ha escrito que Terremoto era un cantaor desacostumbrado en nuestra época. Creemos que acertó, porque nadie ha sentido el cante como él lo sentía, era el cante personificado, su rebeldía y su mística. Cuando alcanzaba cierta situación límite, quizás el abracadabra de la jondura, su arte era una alucinación, un relámpago de belleza oscura sobre las formas del cante, y hacíase la razón de él, la razón por la cual el cante jondo es un arte, demostrando que todo lo demás son abalorios, acarreos más o menos complementarios.

Terremoto poseía la matriz del cante en sus adentros y en su voz, por eso el cante era su religión y su única manera de manifestar su entidad humana. Desde estas premisas Terremoto de Jerez, asumió el cante de forma integral y ahora, tras su muerte, crece en la memoria como el genio del luengo candil del flamenco.