Sueño flamenco


Discos Flamencos
Miriam Méndez
Factoría Autor , 2009
Pablo San Nicasio Ramos


Uno de esos discos que sobresale del resto de producciones flamencas. En este caso por la originalidad. Nos llegan noticias de “Mozart, sueño flamenco” de la sevillana Miriam Méndez.

Si antes esta pianista, de sólida y acreditada formación, se había atrevido a versionar y pasar por el cuarto de cabales algunas piezas maestras de J. S. Bach, es ahora el genio de Salzburgo el objetivo de su piano.

Catorce cortes en los que la fórmula consiste en partir de los cantes flamencos, preservando todas sus características melódicas, armónicas y rítmicas. Y sobre ellos encajar, pero esta vez adaptadas, diversas piezas maestras de Mozart. Es decir, que la música que prevalece en este disco es la flamenca.

Para ello Miriam Méndez ha ido escogiendo, según su tonalidad y características, el fragmento mozartiano que mejor podía “camuflarse” en la amalgama flamenca. Trabajo de notable dificultad con, a mi juicio, desigual resultado.

Las piezas escogidas del repertorio clásico son el Concierto número 20, pasado a tangos en dos secciones. La primera de conmovedor arranque, aunque la progresiva modificación de la partitura quizá desvirtúe un poco la esencia del compositor y su obra.

“Las Bodas de Fígaro” aparecen aludidas en tres cortes, dos por alegrías y otro por toná.

La archiconocida “Flauta Mágica” se pasa por bulerías y sevillanas en otros tantos temas, mientras que la “Marcha Turca”, la Fantasía en Re m y el Concierto nº 24 culminan este curioso recorrido por la obra del austríaco universal.

Queda clara la innegable y perfecta técnica de Miriam con el piano. Técnica que no sólo es fruto de un virtuosismo innato, sino también de una larga convivencia con el mundo clásico más allá de los Pirineos. Es por ello por lo que es más legítima su relectura de la partitura mozartiana. Quizá lo forzado de las adaptaciones del compás original y lo arriesgado del tratamiento melódico, puedan chirriar a un devoto del mundo académico, como el que escribe. Sin embargo, no es menos cierto que hay momentos de logrado empaste y atmósferas más que curiosas repartidas por todo el álbum.

Es destacable además la aparición de algunos flamencos de postín, como “Guadiana”, cantando por toná, o el guitarrista Jerónimo Maya en los créditos de la reconversión a bulerías de la “Marcha Turca”.

Tanto o más mérito que la interpretación pianística tienen los arreglos para instrumentos de viento y cuerda que colorean al piano, a cargo también de la protagonista del disco. Resultado que, creo, resulta óptimo para un futurible montaje escénico sobre las más que problemáticas convivencias entre dos mundos condenados a entenderse.