Son de ayer


Discos Flamencos
Juan Antonio Suárez Cano
Autoproducción (2008)
Pablo San Nicasio Ramos


Otro guitarrista de la cosecha de Gerardo Núñez. Pero este más a su estilo. El que nos ocupa se impulsa por sí mismo a golpe de intuición metiéndose en terrenos más inesperados, en lo musical, que sus compañeros de “Escuela”.

Juan Antonio Suárez Cano. Guitarrista de compañía nacido en Barcelona pero con sangre del Badajoz de los Ibéricos. Su guitarra también es de palosanto y pata negra.

Disco que se ha llevado muchos parabienes antes de que lo escuchásemos, y ahora nos lo explicamos. En este caso no teníamos derecho a recelar de los rumores.

Para el flamenco de cepa añeja, bueno, puede gustar más o menos. Puede despertar todo tipo de opiniones fuera siempre de la indiferencia. Pero para el guitarrista, este disco es una gran noticia.

Diez temas de libertad. Cano pasa de esquemas, de rigores, de pros y antis, de nortes y de sures y hace un disco de guitarra como no habíamos escuchado en, por lo menos, dos años. La tela que llevan esos temas puede cortarse así:

“Luna” lleva el calificativo de siguiriya pero su estética es quizá la más rompedora de todo el disco, para nada similar a lo que podríamos esperar en los cantes de metal chocolatero. Toque creado en su momento para Merche Esmeralda y que también aparece evocado en la citada “Nueva Escuela de la Guitarra” que creó Gerardo Núñez. Se inicia con un rasgueo inicial fantástico por su carácter ecléctico, guitarrístico a más no poder y con más señas de toque libre que de compás de tres.

Ahí no queda la cosa porque el trémolo navega entre la Atonalidad y el Impresionismo. Pura delicatessen para el guitarrista nato. La estética flamenca no es muy abundante aquí, sobe todo al principio, pero hay ecos de la guitarra más vanguardista del siglo XX. Ginastera, Brouwer o Antonio José. El academicismo también cuenta, y los buenos flamencos lo saben. Los malos no.

Hay que ser bastante abierto de oídos para crear este tipo de música en el panorama flamenco. La ruptura de esta siguiriya tiene como contrapeso el sonido, el timbre de la guitarra de Cano, que en este tema suena muy antigua. Anterior incluso a Sabicas.

“Sino” es una canción inspirada en la poesía del poeta Rajko Duric. Hay tragedia en la letra y en la voz de “Lole”. Aunque se supone que nos movemos en territorio del flamenco, cualquier conclusión al oír esta guitarra es más cercana al experimentalismo que a la pureza. Algo que, según Paco de Lucía, no existe.

Como si fuera para la película, “El Señor de los Tanguillos” aquí la magia consiste en que el guitarrista lleva el compás de cuatro y los demás el de tres. Pero quedan bien encajados. Parece a veces un zapateado para el baile o para un montaje audiovisual. Pieza camerística para los “Caponata Argamacho Trío”, hoy rebautizados más acertadamente.

“Conclusión”. Bulería compuesta por planos, secciones. No por falsetas. Primer gran avance de este guitarrista. En esto se parece a Riqueni. Yo lo veo claramente en los acordes iniciales. Son de auténtico débito de la soleá “Calle Fabie”, del Alcázar que hace doce años compuso el sevillano. No hay más notas que las necesarias. Fíjense en la escala descendente que pone freno al compás de un toque en el que todos se dan prisa. Aún así, es de las pocas piezas donde el virtuosismo técnico que tiene Juan Antonio sale a la luz. En las demás esto estará oculto tras el dominio musical.

Dos partes claramente tiene “A nuestra Mari”. Elegía evocadora de una prima hermana desaparecida. Pablo Suárez y Cano mano a mano en la primera. Grandes momentos de nostalgia, impresionismo y hasta pop. Ahí esta la música y el recuerdo. La segunda es lo de siempre, con los coros de rigor que bajan el conjunto.

“Almaire”. Su denominación es la fusión del alma y del aire. Tangos que acompasan la letra portuguesa del fado y la castellana de los compases extremeños. Tema que será de los más pinchados del disco.

En “Mi Pequeño Mundo” tenemos el resumen de la filosofía de todo guitarrista. Hacer música, en diferentes texturas, sobre la libertad de lo que pidan las manos y a tirar millas. Más de once minutos en cuatro movimientos. Dedicatoria a la América de ida y vuelta. Trémolo clásico con índice y medio enlazado con el trémolo flamenco de cinco notas. Ole. La armonía de los bordones, bajados más de un tono, me recuerda a Gerardo Núñez y el final arpegiado a la música del brasileño Heitor Villalobos. Lleva fandangos pero se llama Suite.

“Soledad”. Tema compuesto por el pianista Pablo Suárez. Primo y compañero de bolos de Cano, gran músico de inestimable presencia en todo el disco. Sobre la música electrónica consiguen aquí un toque chill con estética romántica que no tiene nada que ver con el resto de pistas. Es lo que más dudas despierta porque no vemos flamenco por ningún lado.

Interesante muestra de que las mujeres anónimas pueden y deben salir del armario guitarrístico es “El Punteao”. La tía de Cano, Adela, su primera maestra, se marca un punteo sobre la base pulgar-índice que recuerda a Diego del Gastor y a todo el flamenco primitivo. Ver eso en directo, ya se lo digo yo, no tiene precio.

Fiesta por tangos extremeños con las voces de Juan y Dámaso Suárez, y Ramón “El Cumbreño”. El disco empieza hoy y acaba hace dos siglos.

El final con “Pavana”. De nuevo intimidad para recordar las infancias segadas en guerras y demás pérdidas de tiempo. La mítica “Pavane pour l´enfant difunte” sirve aquí de pretexto para incluir el shakuhachi japonés de Hideo Sekino y finalizar un recorrido cuando menos, original. Cercano al estilo “New Age”.

Disco con temas independientes, sin más trampa que eso, ser tan libre que Cano se ha tirado catorce años desde que compuso el primer tema hasta que ha tenido pasta para sacar el disco. Nadie de los que mandan piensa en que esto pueda ser rentable a largo plazo. Solo se piensa en la inmediatez. Rima con idiotez.

Que pena el flamenco, unos en un año llenando un escenario con naderías industriales y otros aquí, haciendo señales de humo para que se les oiga. Señales de vida.