Sobre Camarón. La leyenda...


Libros
Carlos Lencero 
Alba Editorial, 2004
Marcos Escánez Carrillo


Sobre Camarón. La leyenda del cantaor solitario


Esto no es una biografía al uso. Más bien se trata de un recuerdo del autor, de una experiencia, de un pensamiento, de un balance… Más bien, podríamos hablar de una semblanza del malogrado Camarón. Este libro es un constante deambular entre el ying y el yang, entre la espera y la desesperación, donde a veces se confunde el protagonista por una especie de extraño duelo al que el autor se somete en el estilo narrativo, donde por momentos el obediente lector pierde la noción del sitio donde se pretende que mire.

Lencero se destapa en el género y no lo hace mal, es cierto que incluso tiene momentos estelares, por lo menos al principio. Y por eso queremos animarle desde aquí a que siga trabajando en esta línea. Sobre todo, porque ha sido capaz de construir todo un libro partiendo de unos pocos datos y de dos o tres encuentros con el de la Isla. El resto ya se había contado con anterioridad.

Seguramente, deberíamos distinguir los dos aspectos del estudio que Lencero realiza. El primero, y el más interesante, circunscrito al personaje y el segundo, algo más impreciso y sectareo, que versa sobre la obra de Camarón. Ambos desarrollados por el alma de un artista, con la falta de rigor que eso pueda suponer, pero con la belleza que aporta la prosa poética de una sensibilidad inteligente.

“EN UN PRINCIPIO, se supone el Silencio. No el Verbo. Luego, un ruido brutal. Un maremágnum. Después, casi el silencio. Y, luego, un grito. Tardó en llegar el Hombre. Desde el pez hasta el lobo fueron eternidades.

Hubo gritos diversos: de terror, de alegría, de calma y de peligro, de celo y de nostalgia. Todos, de aviso.

Algunos individuos demostraron cierta facilidad para gritar. Fueron << los gritadores >>. Gente especializada. Inventores de códigos y claves que la especie entendía. Su tiempo fue anterior a la lengua. Muy anterior.

Con el paso del tiempo, el grito acabó siendo música. Se armonizó. El recuerdo del miedo. Del terror del origen. El recuerdo del grito. Y perduró en la sangre y en los genes. Los muy pocos que sabían emitirlo, preservaron el grito. Lo fueron transmitiendo. Una lengua que casi nadie y todos entendían.

Está en Bach. Y en Vivaldi. En los enfermos de cáncer y de sida. En las plazas de toros..... En la trompeta de Miles Davis. En le saxofón de Charlie Parker. En la ruda garganta del señor Juan Talega. En la voz de ángel roto de Camarón.”

¿O no?