Si me das a elegir...


Opinión
Marcos Escánez

Marcos Escánez


Si me das a elegir...


Las etiquetas en el arte ayudan poco… por no decir que nada. Ha sido así históricamente, sobre todo en aquellos casos en que el artista, queriendo o sin querer, no se pone el corsé del stablishment y se deja guiar por lo que le pide el cuerpo. Han sido muchos los casos que demuestran que las etiquetas solo sirven para quienes necesitan de ellas porque no necesitan alinearse con el arte, porque temen enfrentarse a lo desconocido o porque simplemente, están acomodados en una posición de poder frente a los demás, entendiéndose “poder” como cualquier circunstancia o condición que lo sitúa en posesión de una verdad extendidamente aceptada o que la mayoría no quiere enfrentar.

Un ejemplo clarísimo lo tenemos con el caso Rosalía y ante una situación extraña y de difícil comprensión, intentar ponerle nombre suele ayudar al entendimiento. Pero estoy teniendo problemas para ello con este caso, sobre todo, tras su puesta en escena en la Gala de los Premios Goya de la industria cinematográfica española. Rosalía cogió una canción de hace ya 40 años, una rumba que en su momento pasó desapercibida para un público que tenía el oído más sensible a lo anglosajón que a lo local, y la puso sobre un escenario ajeno a su idiosincrasia y a su breve y meteórica trayectoria. Pero esto ya lo hizo la Shica o Manu Chao con este mismo tema.

Y entonces aparecen aquellos que obstinadamente repiten que no canta flamenco para asegurar seguidamente que lo que hace no tiene calidad. Y si esto es bizantino, mucho más desnaturalizado es que aparezcan sectores que la señalen por ser una usurpadora de la cultura gitana y otros que la acusen de desgitanizar una copla en una puesta en escena que los propios autores de la misma, gitanos icónicos, tildan de magnífica y lanzan el órdago de querer cantarla con ella algún día.

Sorprende que no existiera ninguna manifestación cuando el Cigala vendió más de un millón de ejemplares del disco “Lagrimas negras”, con el que se le podía atacar diciendo que estaba agitanando históricas baladas latinoamericanas.

El penúltimo editorial se lo dediqué a Rosalía intentando dar mi opinión sobre su propuesta musical, que no me parece flamenca, pero que me encanta. Y este editorial se lo debo porque tengo que darle las gracias, muy de verdad, por todo lo que está haciendo por y para el flamenco. Todos los que defendemos esta cultura estamos en deuda con ella porque ha puesto este arte en la primera fila de las listas musicales de este país, ha demostrado que partiendo del flamenco se pueden hacer cosas sublimes para maravillar al mundo entero si se hace con honestidad y con verdad, la suya, la que no tiene corsés, la que defiende desde el arte.

En la grandeza del flamenco cabe todo, la ortodoxia y la creatividad, las peñas flamencas anacrónicas y los grandes teatros, los artistas sin complejos y los aficionados cuadriculados. Pero que haya tantos detractores en las redes sociales me produce tristeza, porque viene a demostrar que para mucha gente, acercarse al flamenco no es sinónimo de acercarse al ARTE CON MAYÚSCULAS. Porque acercarse al ARTE solo se puede hacer desde el respeto y desde la libertad. Y esta chiquilla cuenta con esos tres pilares: ARTE, RESPETO y LIBERTAD.

Lo mejor es que esto solo acaba de empezar. ¡ Ánimo ¡