Musi


Discos Flamencos
Enrique Amador
SCP (2005)
Carlos Ledermann


Desde hace algunos años el piano ha ido entrando en el mundo del flamenco no diremos ya “de la mano de” sino desde las manos de diversos intérpretes, en general gente joven llena de vigor y de inquietudes frescas y renovadoras. Lejanos se sienten los tiempos en que Felipe Campuzano nos sorprendía con sus ejecuciones, no necesariamente flamencas en la concepción estructural de sus piezas, pero sí andaluzas al cien por ciento.

Luego Chano Domínguez, Dorantes, Pedro Ricardo Miño, Javier Coble y Diego Amador, fueron dando forma a este nuevo sonido que muchos rechazan porque dicen que el flamenco solo es cante y guitarra y cualquier otra dimensión pareciera ser un atentado a la tradición. La tradición no debiera ser inmovilista, pero lo es al fin y al cabo y no es mucho lo que se puede hacer contra esa idea. Lo único que queda es hacer cosas tan buenas y tan acabadas, que generen debates de altura intelectual suficiente como para enriquecer el panorama y no para debilitarlo. El flamenco es música y como tal es permeable a diversos tratamientos y enfoques y si así no fuera, jamás habría entrado el cajón, el darbuka, el bajo eléctrico, el saxo, la flauta, el violín, el violoncello y por supuesto el piano, por nombrar los más explotados. Que estos instrumentos estén presentes hoy, es algo que ha servido para enriquecer un lenguaje, ampliar horizontes, generar propuestas y dar espacio a iniciativas más que interesantes que podrán gustar a unos más que a otros, pero que siguen y seguirán sonando a flamenco y eso es , antes que todo, lo que debiera importarnos.
Enrique Amador viene a sumarse a la nómina de los que desde el teclado nos dicen cosas, nos sugieren ideas, nos abren los oídos y el criterio y eso siempre se agradecerá.

El disco comienza con la bulería “Desde Niño”, que irrumpe con ese motivo popular que hace 30 años también diera origen a la fenomenal “Almoraima” de Don Paco. De textura agradable, inevitablemente recuerda a los pianistas antes mencionados y esto es inevitable ya que todavía son pocos los que transitan por este camino del teclado. Algún fraseo recuerda, incluso y todavía, a Felipe Campuzano, pero la letra que aparece a la mitad del tema le otorga un matiz muy interesante y encastado. Tocar por bulería en el piano siempre va a ser complicado si tenemos en cuenta que los aficionados de todo el mundo llevamos dentro este estilo ligado intensa e indisolublemente con la guitarra, pero Enrique Amador logra momentos felices, con el apoyo de percusiones y palmas discretas y de buen gusto.

Otra bulería, “Mis Raíces”, aparece en la segunda pista. Con una extensa introducción que parece una “canción de amor” o una “balada”, según nuevas denominaciones a las piezas no ajustadas con rigidez a un específico estilo flamenco, va tomando forma aparentemente de manera progresiva, pero no: el aire de la bulería irrumpe de modo repentino, casi pareciera caer encima, pero lo hace con acierto y con vigor, sobre una estructura melódica bien definida, a modo de estribillo, pegajoso y ligero. El desarrollo de las ideas es netamente pianístico: en ningún otro instrumento podría hacerse un entramado similar. Bonito tema.

“Al Llegar el Alba” es una rondeña. No se engañen los guitarristas al escuchar este tema, que no es el modelo de rondeña de Montoya y extensa compañía. Es el fandango abandolao, pausadito, cálido, que de pronto acepta la intempestiva aparición de un cantecito muy grato, que actúa como una especia escogida con cuidado de gourmet para adobar un plato de por sí delicioso. Hay varios cambios de tempo en este tema y un final nostálgico que deja un sabor persistente.

Por tanguillo llega “Luz de Luna”. Precedido también de una introducción en que no parece haber prisas, sino solo ganas de hacer música, de decir cosas, llega el salado aire gaditano de pronto, se queda un momento con nosotros y nuevamente deja el espacio para un fraseo muy musical y también pegajoso, un airecillo que se queda con uno, para el tarareo distraído y a deshora. Un tema muy bien logrado, aliñado con percusiones acertadas que no pretenden ser las protagonistas de la fiesta.

“No Puedo Mirar Hacia Atrás” aparece en forma de bolero. Ya hemos sugerido que el bolero, la canción de amor y la balada parecen ser algo así como “nuevos palos del flamenco”, aunque esa sola idea tenga sabor a aberración para los custodios de la tradición. A los que somos de acá, de este lado del charco, rara vez estos “boleros” nos suenan realmente a eso, pero en este caso el logro es total y hay que destacarlo. La letra de Konfu Hernández contribuye también a completar el éxito de esta incursión, que cuando se hace solo de manera instrumental suele resultar un poco peligrosa. El cante está claramente influenciado por las maneras del Cigala en “Lágrimas Negras”, pero tal vez esa es todavía –o lo será siempre- la forma de los flamencos de cantar boleros. Y este bolero, permítanme ustedes señores, es de verdad. Y está buenísimo.

Los tangos “Latidos” llegan algo agitados, como si hubieran venido corriendo, pero la entrada es bonita, es contundente y es “paquera”. La línea melódica nos recuerda otro tango famoso que decía “eres como un laberinto…” pero nos abstraemos de esa idea y seguimos junto a Enrique por donde él quiera llevarnos. Y parece costarle un poquillo olvidarse de la bulería, a la que cae –¿o vuelve?- con natural facilidad. Aquí parece el piano aventurarse a una región un poco más grave y la aparición de un alzapúa de guitarra completa un paisaje agradable de final muy festero.

“Entre Fusión y Flamenco” es la siguiente bulería del álbum, que no escatima nada en este estilo, al contrario. La letra de la introducción, bastante cliché por cierto, da paso a un tramo de trinos que parecieran emular una sección de cuerdas y éste a su vez, abre paso al compás de bulería. En este caso hay más variedad de sonidos y tesituras que en varios de los demás temas del disco. Aparece nuevamente una pizca de guitarra, a la manera de Campuzano, que viene a hacer algo así como definir los taninos del mosto.

No cabe duda de que la madre debe ser la destinataria de mucha de la mejor música que los flamencos de cualquier época han compuesto y esta no es la excepción. “Balada para una Madre” es uno de los temas más bonitos de este excelente disco. Alegre, juvenil y también cálido es el carácter de esta pieza que con aire de tango nos habla de una percepción juvenil y refrescante no es raro: Enrique Amador es muy joven y es lógico que aún no esté cercado por nostalgias que ensombrezcan su homenaje. Melódicamente es un tema acabado y reconfortante. Olé por esa madre…!

Una guitarra abre, con bellas brisas de taranta, la “Inspiración” que llega a continuación, compuesta por Rubén Giménez. Y allá vamos otra vez a la bulería, pero ahora con la guitarra como co-protagonista de un tema de excelente factura.

Con risas y gritos de niños aparece la balada “Para mi Junior”. Un tema bellísimo, no necesariamente flamenco ni por concepción ni por tratamiento. Podría haber sido otro pianista, de otra corriente y no nos habríamos dado mucha cuenta, pero vale, Enrique Amador nos ha regalado tanto flamenco en los nueve surcos anteriores, que esta especie de plus lo tomamos como lo que es: un poco de música, bastante nostálgica por cierto, tal vez una composición hecha a media tarde de un día de invierno, o una noche de cualquier estación del año.

Digamos, para finalizar, que los pianistas del flamenco no nos han regalado mucho aire levantino, hay que decirlo, no nos han regalado pinceladas de Huelva y tampoco mucho por soleá, ni por seguiriya, ni por farruca. En ese sentido, están en deuda con todos nosotros y esperamos que sea Enrique el que, más temprano que tarde, se aventure por esos caminos, que talento le sobra para ello.

También nos gustaría que tratándose de un instrumento tan completo como el piano, lleno de posibilidades que la guitarra no tiene, le sacaran más y mejor partido buscando mayor variedad tímbrica, arrancándose más a las regiones graves, ampliando la tesitura de los temas para que el lenguaje sea más variado; trabajando los pedales con más audacia y la armonía con un poco más de valentía, si cabe el término. Al decir esto, a ver si no nos malinterpretas, Enrique, no estamos poniéndole peros a este estupendo trabajo que nos regalas, pero no por bueno hay que dejar de plantear ciertas inquietudes que nos gustaría ver resueltas por alguien como tú, joven y dotadísimo técnicamente: tu piano, hoy fantástico, mañana podría ser monumental.