Mi Tiempo


Discos
Rafael Riqueni
Nuevos Medios (1990)
Carlos Ledermann


Aunque pueda parecer un poco majadero, es necesario recalcar que al comentar algunos discos que han aparecido hace años, nos anima la intención de mantener vigentes esos trabajos que por la inmensa calidad y trascendencia de su contenido, quedan exentos de esa niebla de olvido que el tiempo todo lo cubre. Un buen ejemplo de esto es el disco “Mi Tiempo”, de Rafael Riqueni, que debe ser uno de los capítulos más alucinantes de la discografía de guitarra flamenca de cualquier época. De hecho no hemos conocido a una sola persona, aficionada o no, que no haya elogiado con entusiasmo este trabajo que, habiendo visto la luz en 1990, sigue siendo completamente actual, sigue siendo un referente, sigue siendo un ejemplo de musicalidad y de buen acople de la guitarra con instrumentos que hasta un par de décadas no solían asomar sus formas al mundo del flamenco, al menos en este formato que denominaríamos “de cámara”, porque conformando orquestas hay muchos registros, como en el concierto que Moreno Torroba escribiera, o tal vez habría que decir “arreglara” sobre la guitarra de Sabicas, y luego en obras de Manolo Sanlúcar como la “Fantasía” y “Medea”, o en “El Duende Flamenco” de Paco de Lucía, entre otras, y más acá obras de José Antonio Rodríguez y Vicente Amigo, pero desde luego ese es otro esquema, otro mundo y otra intención.

A mediados de 1990, Riqueni nos mostró tímidamente “Mi Tiempo” poco antes de que el disco apareciera y ya fue posible comprobar que para hacer todo lo que él había envasado allí, era necesario ser no solo un guitarrista formidable, sino también un músico inspirado y profundo conocedor de las raíces de la música flamenca y sus posibles variantes sonoras. Entre aquél memorable “Flamenco” grabado en Alemania completamente en solitario y “Mi Tiempo” hay una brecha asombrosa, delineada por una madurez creativa y un peso interpretativo muy difícil de igualar, entonces y ahora mismo. Revisemos un poco lo que este disco nos ofrece.

“Mi Tiempo” es, precisamente, el título de la bulería que abre el álbum con un picado a dos voces seguido del “break” de la batería de Guillermo Mc Gill, el contrabajo de Manuel Calleja y luego las cuerdas de Tomás Garrido (violoncello) y Rafael Villanueva (violín), en un arreglo sobrio pero muy melódico, que da cuerpo sonoro a esta bulería que no tiene bases rasgueadas como es habitual en un toque solista, sino que es más bien un bellísimo tema por bulerías, dotado de una movilidad sincopada y fresca de gran atractivo, que acercándose al final repone el picado inicial para cerrar magistralmente un toque en sí mismo sumamente corto, pero contundente y pegadizo.

La alegría “Y Enamorarse” es introducida por las cuerdas en un color y textura que recuerda algún Andante del barroco, para dar paso a la aparición de la guitarra que parece dialogar consigo misma, primas y bordones entretejiendo un paisaje que se desarrollará luego de manera bastante compleja, con el concurso de la segunda guitarra de Antonio Reyes complementando ideas que Riqueni desarrolla, pero con intervenciones específicamente señaladas, solo parte de las frases, picando a dos voces, un poco como solían hacerlo Manolo Sanlúcar con Isidro. Las cuerdas acompañan con gusto, dosificadamente pero con gran energía. La guitarra solista vuelve a quedar sola, entra de nuevo la cuerda, se suceden cortes, rasgueados, melodías intrincadas, nuevos cierres y nuevamente la melodía inicial y otra vez la guitarra sola, hacia un final en que el contrabajo luce una movilidad espectacular e incluso su última nota es lo que queda sonando al final de este tema espectacular.

La serrana “Los Cabales” da buena cuenta de la maestría de Riqueni para armar y desarrollar un toque en que por momentos parecen superponerse las voces de la guitarra de un modo sumamente elaborado, que da paso a una entrada de cuerdas y percusiones a un tempo pesante, denso y oscuro, como debe ser el de la serrana para que no parezca una seguiriya en Mi. La guitarra reaparece acompañada de pinceladas de cuerda que apoyan un final algo abrupto e inesperado, pero no por ello menos coherente.

Y llega esta versión del garrotín titulada “De la Vera” que ya es un clásico, no solo porque es una pieza que le hemos escuchado a varios otros guitarristas, sino también por el idioma en que ha sido redactada, con un barroquismo inusitado y un trabajo armónico que parece superar los límites naturales de la guitarra y llegar muy lejos más allá. El trabajo que hay en los bajos es asombroso, siguiendo esta línea tan propia de Riqueni, que entiende que la guitarra es un instrumento polifónico y hace dialogar a sus diversas regiones con un acierto absoluto. No hemos escuchado, antes ni después, una versión que llevara al tradicional garrotín a cotas musicales tan altas. Definitivamente, una de las más grandes y caras joyas de la guitarra flamenca, pa’ los restos, señores.

“Tunisia” es el título de los tangos que llegan en el quinto lugar. Con un motivo que las cuerdas repiten constantemente y una guitarra sumamente inquieta, parece ser el tema en que la agrupación acompañante tiene mayor protagonismo. Un breve pero notable solo de contrabajo completa la paleta de colores que Riqueni preparó para estos tangos, y antecede a un final que nos recuerda mucho el de otro tango soberbio: “Solo Quiero Caminar”, de ustedes saben quién.

La soleá “A Canales”, segundo tema en solitario del disco, es realmente monumental. Con unos matices y unas intenciones que sorprenden y recalcan la majestuosidad de este estilo, el desarrollo del tema implica dos secciones de trémolo –habitualmente solo se hace una- de carácter bastante diferente, siendo la segunda un poco más ansiosa, tal vez más rápida, preparando un final impetuoso, tal vez rabioso, muy similar al que antecede esa entrada de cuerdas impresionante que hay en la soleá “Calle Fabié” del disco “Alcázar de Cristal”, del propio Riqueni. Una verdadera apología de la soleá.

La soleá por bulerías “Santa Cruz” comienza de manera muy misteriosa y queda, con unas notas de la guitarra que luego se transforman en dobles cuerdas en un motivo melódico que parece extraído del pentafonismo de alguna música andina. Luego aparece el violoncello de Tomás Garrido con una línea triste, acompañada suavemente por la guitarra y de pronto todo el panorama se abre de manera definitiva al nervioso compás de la soleá por bulerías. Aparecen lo cortes a pique, las palmas y la caja de McGill, y se retoma el lenguaje grupal que Riqueni propuso en este disco, sincopado, a ratos entrecortado, pero siempre melódico, siempre muy flamenco y siempre enraizado, siempre encastado y esto no es un logro menor, ya que muchas veces la presencia de las cuerdas y su sonoridad ha arrastrado a otros guitarristas a un idioma musical que suele ir un paso más allá de las fronteras sutiles que la tradición ha puesto para decirnos hasta dónde llega lo flamenco y dónde eso empieza a dejar, si no de serlo, al menos de parecerlo.

Se cierra el disco con la segunda bulería, titulada “Agüita Clara”. El comienzo es algo frenético, en base a palmas y percusiones, que da entrada a una guitarra nuevamente impregnada de melodía. Aparecen aquí las bases rítmicas rasgueadas que hay en toda bulería, y aparece el sonido exótico del laúd (¿o el úd?) que ya nos mostrara Paco de Lucía en “Almoraima”, pero en este caso con mayor movilidad y nervio. Las falsetas que Riqueni pone en este tema son muy dinámicas y complejas y están estupendamente secundadas por las percusiones. Reaparece el laúd y el cierre, con aroma a bacanal y a fiesta, pone el broche de oro a un trabajo realmente maravilloso que, como hemos dicho, constituye una página especial en la historia de las grabaciones de guitarra flamenca de concierto, así pasen los años y aparezcan nuevas ideas y nuevas posibilidades. Ahí estará siempre “Mi Tiempo”.

Digamos, para terminar, que Rafael Riqueni es, antes que nada un músico enorme. No es lo que podría denominarse un ejecutante técnicamente perfecto como muchos otros que no fallan una nota, que pican a velocidades supra humanas y arpegian con la corrección de un software, pero su caudal musical es tan poderoso y tan atractivo, que después de escucharle, especialmente en directo, queda la sensación concreta de haber estado ante uno de los guitarristas más completos que el flamenco ha conocido. Y prueba de ello es este disco en que queda claro que lo de Riqueni no es la armonía rebuscada, el efectismo o el lucimiento técnico sino, mucho más que eso, un asunto humano, un asunto de piel, un asunto de sentimiento, en suma, un asunto de arte.