Mi primera reunión con lo Jondo en Puebla de Cazalla


En España… la verdadera poesía, la única lírica escrita posible la iniciaron, con el sentir del pueblo, los escasos y estraños místicos, cuyo paisaje era la peña adusta y el cielo maravilloso (Juan Ramón Jiménez, “Poesía y literatura”, ensayo, 1941).


Por primera vez asistía el pasado sábado doce de julio a la reunión de Cante Jondo de Puebla de Cazalla. Casi tan vieja como yo, oficiaba su celebración nº 46. Dos motivos me llevaron por este camino canicular andaluz, el de la nostalgia y la búsqueda de lo jondo.



  • La estética de lo jondo. Menese y Paco Moreno Galván en la casa del pintor-letrista, 1972
  • La estética de lo jondo. La huella modernista de Francisco Moreno Galván
  • La estética de lo jondo. La huella modernista de Francisco Moreno Galván
  • La estética de lo jondo. La huella modernista de Francisco Moreno Galván


José Menese y Francisco Moreno Galván en Lyon

Cumplir en primer lugar un antiguo deseo de adolescente. El cante de José Menese y la pintura de Francisco Moreno Galván eran parte importante de la discografía de mi padre en Lyon (Francia), emigrante almeriense y obrero del cinturón industrial de esta ciudad industrial. Cosa “aparte” e intrigante estas letras acompañadas por la guitarra de Melchor y estos dibujos cubistas de temática flamenca, cuando los comparaba con las portadas y las letras de Valderrama, del Pinto, de Caracol, del Sevillano, de la Niña de Antequera, de Fosforito, de Canalejas, de Juanito Maravilla… El flamenco clásico podía también ser contemporáneo. Estos discos eran de alguna manera una puerta abierta a la esperanza para el entorno de mi familia, emigrantes españoles y sobre todo andaluces de la región de Lyon, una generación de refugiados políticos de la guerra civil, anarquistas, comunistas, socialistas, y otra más joven menos politizada, hijos del hambre de posguerra. El binomio cómplice Menese/ Moreno Galván ha nutrido no pocos sueños de la diáspora. Puebla de Cazalla y su reunión de cante eran entonces un símbolo, la fuente de donde manaba lo jondo. Tenía que asomarme un día a ella.

En busca de lo jondo

Luego, una curiosidad intelectual en torno a la construcción del concepto de “lo jondo”, para uno de los trabajos que llevo entre manos en estos momentos en torno a Francisco Villaespesa y el flamenco. Lo jondo como movimiento literario, como el encuentro de poetas y de la concordancia de cierto número de sus ideas y de sus concepciones estéticas en un periodo determinado. Lo jondo como dinámica intelectual que se traduce en debates y corrientes estéticas que encuentran ecos y materializaciones en obras literarias. Desde el “alma andaluza” de José Sánchez Rodríguez como reacción a la Andalucía de postal, pandereta y caja de pasas (perpetuada hoy en Canal Sur), a la liturgia de la pena atávica y de su cante jondo, ritualizada hoy en Puebla de Cazalla.

Porque el “cante jondo” es inconfundiblemente una de las señas de identidad (que no marca, como no tardarán en vender los mercaderes posmodernos) de los vecinos de este pueblo de la campiña andaluza. Dos signos de los dioses solo al entrar en la Puebla como aviso a navegantes. El primero, unos indicadores, los mismos que los que señalan las demás direcciones, y donde el marinero en tierra lee “el cante jondo”. Existe un lugar pues con este nombre. Luego, un pequeño despiste por mi parte, por lo que pregunto desde la ventanilla del coche a un vecino “¿Por dónde se llega al festival de flamenco?”, no entiende lo que le digo y me acuerdo de los paneles “¿Por dónde se llega al cante jondo?” y aliviado me contesta “¡Ah! ¡El cante jondo! Siga Ud por esta calle…”. Ni género andaluz, ni flamenco, ni cante gitano, ni cante grande, ni cante gitano-andaluz, ni Nuevo Flamenco, cante llanamente jondo. Ni Potaje Gitano (Utrera), ni Gazpacho (Morón) ni Caracolá (Lebrija), ni festival de Cante Jondo (Mairena del Alcor), de Cante Hondo (Almería), de la Guitarra (Marchena), de Cante Grande (Écija), ni Velá Flamenca de las Nieves (Arcos de la Frontera), ni “Fosforito canta en su pueblo” (Puente Genil), ni Fiesta de la Bulería (Jerez), reunión llana de cante jondo desde la primera vez. Que duda cabe que La Puebla constituye una corriente austera dentro de “lo jondo”. Otro signo celestial, el lugar elegido, una hacienda fuera del pueblo en medio de un campo de olivos. Y el despertar de los sentidos solo al bajar del coche. Olor a caballo del parking improvisado, olor a romero y a tomillo en la hacienda, ruedo blanco del lugar y su imagen reflejada en el cielo azul intenso, la luna lorquiana que se asoma para escuchar. “Lo jondo” es en primer lugar una experiencia estética, la naturaleza y la noche andaluza convertidas en un enorme cuadro, el más bello de los pintados por Francisco Moreno Galván y sus acólitos. Porque la pobreza material es digna en su austeridad y decencia, otro signo de buen gusto en el escenario y sus sillas, en las sillas del público. Sin haber escuchado aún las voces y solo por la experiencia visual y olfativa del lugar de reunión estoy ya colmado. Ver, oler y comer. Otro signo de los dioses paganos, la bacanal silenciosa de la noche. Ajenos al ritual, mi acompañante y yo no traíamos ni fritangas, ni fiambres, ni botellas, pero nuestros vecinos no tardaron en pasarnos la bota de vino, los trozos de queso, los lomos, los trozos de tortilla. Lo más extraño es que este tráfico durará toda la noche de forma muy educada, con un civismo y una urbanidad impresionantes. ¡ Es la primera vez que veo a más de mil personas comer juntas y escuchar con un silencio sepulcral! Se puede comer y se puede escuchar a la vez, o sea que se puede comer sin hablar, una costumbre elemental de buena educación que desgraciadamente se está perdiendo. Y escuchar.

El cante jondo en La Puebla

Una plaza difícil la de la reunión de cante jondo de La Puebla. La cercanía entre artistas oficiantes y el público es tan mágica que los silencios suenan como en ninguna parte, el de la noche, del campo, de la bacanal. Terrible estado de soledad tuvo que pasar José Valencia. Después del jaleado toque por soleá de Rafael Rodríguez evocando a Diego del Gastor (otra vuelta al tiempo inmaterial de “lo jondo”), su intervención solo gustó al final cuando estuvo en su salsa, la de cantaor “p´atrás”, cantando por bulería y marcando una pataíta. De nada sirvieron su poderío, sus conocimientos, su entrega. Lo comentaban aficionados cerca de mí: “tiene mucha voz pero no me llega”. Tener al cantaor a diez metros, con una sonorización de escándalo y no llegar a comunicar, la verdad que es un jondo problema de transmisión. Con Valencia parecía ocurrir lo que decía Climent del maestro de Mairena del Alcor, “va a cantar Antonio Mairena, nieve en Sevilla” (cito de memoria). Los dioses no estaban de su parte esta noche. Tenían a un nuevo héroe de lo jondo llamado El Pele.

De la nada al todo, el cordobés solo desgranó unos melismas caracoleros por zambra y la reunión sepulcral se convirtió en clamor. Con este rayo de Zeus, ya tenía ganada la noche. Con sus invocaciones a Dios, al alma compartida, su gestualidad entre lo sacerdotal iluminado y lo chulesco jugando con su chaqueta, El Pele competía directamente con la luna y se convertía en el astro de la reunión. Hasta tal punto controlaba la magia de “lo jondo”, que en plena faena por seguiriya y después de un grito terrible, le traicionó el ego narcisista y dijo “¡Ozú! ¡Qué bien suena esto!”. Un mago de la expresión jonda para entrar y salir cuando le de la gana, y todo el público para seguirlo detrás embaucado. Ojalá no olvide el Pele sacrificar algunas ovejas y terneras a los dioses para que sigan soplándole la inspiración divina y nosotros podamos disfrutar de este nuevo aeda del cante jondo.

Las otras dos voces jondas de la noche, por ser hijos de la tierra, forman parte del cartel cada año, las de José Menese y Diego Clavel. Precisamente por este motivo estuvieron en su papel, guardianes del concepto de “cante jondo” que motiva la reunión desde hace cuarenta y seis años. Los dos sin trampa ni cartón, cada uno con su lectura personal de lo jondo, más directa en Menese, más dulce y barroca en Clavel, clásicos en las formas y el repertorio. Las palabras de José Menese, siempre desafiante con su ironía a bocajarro, pero también como parte de “lo jondo”. Parecía soplarle también la voz de otro dios de lo jondo, el poeta Juan Ramón Jiménez, cuando dijo que “los cantes por soleá y por seguiriya son ineludibles en mi persona”, haciendo eco a “De vez en cuando, en lo antiguo y lo moderno, un poeta de orijen campesino levanta por sí mismo esa mina y la coloca encima de todo. La filtración ascendente de la savia popular es inestinguible” del poeta de Moguer.

Francisco Moreno Galván

Pero eché en falta la presencia de Moreno Galván, el ideólogo de esta corriente tan singular de “lo jondo” que hoy se conserva en La Puebla de Cazalla y su reunión, y que nos ayuda a soñar. Faltaron su iconografía, sus letras. Moreno Galván que escribía en 1981:

Mala cara tiene el paro
Y na buena la sequía
Y entre la Marta y María
Tamos pasando un mal trago.

Porque un hombre sin trabajo
Es un hombre sin destino,
Que se le ha torcío el sino
Y no lo deja de andá
Ni p´adelante ni p´atrás,
Como varao en su camino.


¿Qué escribiría y qué pintaría hoy el sabio morisco?