Mi forma de vivir


Discos Flamencos
Duquende
K-industria Cultural, 2006
Miguel Angel Aguilar Avilés


Duquende ya es, por su trayectoria, respetado por todo el entorno del flamenco. Aún arrastrando tras de sí la merecida etiqueta –defendida por el propio Duquende- de heredero del cante “camaronero”. Muchos lo han considerado, despectivamente, una copia de Camarón (como si poder copiar a Camarón fuera moco de pavo, ay dios), que es tanto como decir que los hermanos Lumiere son mejores cineastas que Coppola, por aquello de haber inventado el cine, por haberlo hecho antes: Auténticas chorradas. El arte es, y llega, en sí mismo, no porque lo hayan hecho veinte personas antes, o cuarenta después.

Conocí el cante en directo de Duquende hace muchos años, en el jienense festival de Pegalajar. En aquella actuación –compartida con La Niña de La Puebla y con Remedios Amaya- Duquende hacía honor a su fama de persona oscura, con halo legendario de artista atormentado, cuando, al final del festival, no salió a hacer ningún bis, aún con la clamorosa petición del público y de Remedios Amaya de por medio. En aquella ocasión, su cante nos dejó con la carne de gallina.

Aproximadamente 10 años después, pude verlo y tratarlo en Fez. Era la antítesis de aquel monstruo del cante que nos había emocionado a todos en aquel pueblecito de Jaén, salvo por una cosa: Cantaba, y emocionaba, tanto o más que hacía diez años. En esta ocasión salió al escenario vestido de blanco inmaculado, y allí conocí su sonrisa. Tanto en esta actuación como, especialmente, en alguna conversación durante esos días, descubrí a una persona feliz, o más bien que irradiaba paz, que tenía las cosas en orden y que sabía qué suelo pisaba; y que le parecía bien. Ese tipo de persona que conoces y con la que te apetece echarte un café, o un vino. Para que me entiendan.

Veo a Duquende dueño de sí mismo, con una voz propia. Especialmente desde su anterior disco: El disonante –afortunadamente- “Samarauco”. Pero aquí hablamos de “Mi forma de vivir”. O sea, Duquende con el guitarrista Chicuelo, tanto monta. O sea, Duquende con la corta edad -¡todavía!- de cuarenta y un años.

Duquende ha querido despegarse de Isidro Muñoz y de Tomatito, ha querido hacer su disco, tras sus dos recordables discos “Duquende con la guitarra de Tomatito” y “Samarauco”. Eso, de primeras, ya le vale mi primer aplauso. Que haya hecho una obra maestra o no viene después, y en el contexto de la historia y del recorrido del artista, da igual. Lo importante es tener la determinación. Y, a juzgar por sus palabras, la tiene.

Escuchas “Mi forma de vivir” y te encuentras con un disco comercial –dicho sea peyorativamente. Esto es: El gusto por los palos festeros aderezados por esa lacra del flamenco actual que son los coros de la “factoría José Mercé” (aquellos que tan bien manejaba Vicente Amigo en “Del Amanecer” y que dejó, como huérfano y pecuniario legado, a su mentado Mercé). La otra pata coja de esta silla flamenca son las letras: En general, una acumulación de tópicos al gusto de tantos adolescentes –y mayores- agitanados cuya cultura flamenca se reduce a Camarón de La Isla y a Los Calis: Las rosas, tu pelo, los lunares, tu boca, los labios dulces, el caramelo, los juncos gitanos, la luna, lunera… cascabelera.

Y es una pena, porque las grandes armas del flamenco son la interpretación (el cante y la música) y lo que ésta cuenta (las letras, la poesía). Y, precisamente, las letras del flamenco son un género literario extraordinario, tan específico y tan original que podríamos bautizarlo como “los haikus de la lengua castellana”. Entonces, aquí sucede que unas letras estériles están al servicio de la música, o que la música está al servicio de unas letras estériles (salvo contadas y honrosas coplas). Y esa pescadilla que se muerde la cola no conduce a ningún buen puerto, se mire por donde se mire. Aunque sea por San Fernando y por la bahía.

Y en este disco eso duele, por Duquende. Porque si habláramos de Canelita, o de El Arrebato, pues tira que te va: nadie le pide peras al olmo. Pero Duquende es grande, y tiene mucho por describirse y por descubrirnos. La clave está en que encuentre qué es lo que quiere hacer. Y lo está buscando, esa es la buena noticia de este disco. La otra buena noticia es la juventud –que no inmadurez; para nada.- de Duquende.

Este disco gustará a los seguidores “estribilleros” de Duquende (sin llegar al nivel de aquella gran rumba “Mi riqueza son tus besos” con Manzanita), pero no tanto a los seguidores “siguiriyeros”, más bien al contrario.

Aún con toda la larga carrera que, espero, nos siga regalando, creo que Duquende es, discográficamente, un gran diamante en bruto. Ese tipo de monstruos que suelen dar la cara mayormente en las actuaciones en directo, y que Vicente Amigo (el mejor productor desde hace tiempo, junto al familiar Enrique Morente) es especialista en sacar a relucir en forma de discos producidos. Ahí dejo tirada esta amistosa piedra.

En todo caso, escucha “Mi forma de vivir” sin perjuicios y emociónate sin calcular, esa es la única receta que te doy. Mis palabras no son las de un flamencólico ni las de todo lo contrario. Sólo son la opinión de una persona con su corazoncito. Escucha tú el tuyo, y el de Duquende: a algún sitio llegaréis. Y probablemente bueno.

01 Tu camisita de flores (Tangos)

La pieza más comercial es la que abre el disco, el cante está bien –como no podía ser de otra manera- y aplica constantemente los coros de la “factoría José Mercé” (donde lo mejor es la preponderancia de las voces masculinas). Para mi gusto lo más interesante son algunos puntos armónicos y la limpieza compositiva y efectiva de la guitarra de Chicuelo.

02 Andar y andar (Bulería)

El cambio de entonación no mecánico en “dile que no estoy tranquilo” es lo más interesante de la composición y el cante. Cabe destacar, también, la letra de “Si quieres que vaya a verte échale al perro cadenas”, que agradablemente recuerda las coplillas de la Niña de los Peines y del folklore castellano en general. La entonación en la “monotonía y andar y andar”, nos recuerda el directo de Camarón en Paris. Aquí la utilización de los “coros josemerceros” es más racional y agradecida.

03 Suena (Tanguillos)

Suena, tanguillos, la más moruna, con las tonalidades más interesantes, con la mandola de Carles Benavent. “Tu cuerpo de mimbre, tus ojos de mora, tus labios de sangre: a mi me enamora”. Pegadiza pero con sentido. Algo reiterativa si se quiere, pero lo más interesante es el regusto elegante que queda escuchándola, como un juguete que cumple perfectamente con su función, tanto en la voz de Duquende como en los coros que la llevan.

04 Al son del viento (Alegrías)

Los coros de la “factoría José Mercé” ya huelen. Las pinceladas de trompeta están bien (de hecho, lo mejor, a modo de introducción y final), pero sólo son pinceladas muy bonitas a modo de “aparte de la canción”. Si se hubiera compuesto el tema pensando desde la trompeta, hubiera nacido algo nuevo - mejor o peor,pero nuevo, distinto- no con el sabor ya sabido.

05 De contrabando (Jaleo)

La guitarra de chicuelo brilla con esos silencios entrecortados, pero suaves, emparentados con el clásico deje jazzistico (consciente o no) que siempre ha tenido la guitarra de Tomatito. Los cambios de tempo y la oscuridad de Duquende en algunos de estos cambios es lo más interesante. Probablemente la mejor pieza del disco.

06 Mi forma de vivir (Soleá)

Pausado el cante. Se callan los coros (olé). “De ti no puedo olvidarme, yo vivo en tu recuerdo. Necesito recordarte”. Se asoma el flamenco, sin pretensiones. Ole.

07 Sombras (Bulería)

Recuerda las sempiternas bulerías de Camarón con Tomate. A estas alturas del disco ya le sobran, claramente, los coros. El recurso se hace pesado definitivamente.

08 Cantándote (Rumba)

Prescindible, el texto suena demasiado metido con calzador en la música. En el recitado de cante rumbero (pese a la buena intención de acompañamiento de Chicuelo) la composición hace aguas porque las inflexiones en el cante son demasiado predecibles, ya fuera con ese texto o con cualquier otro. Redundancia de los “labios de caramelo” y “ojos como perlas”,demasiado vacuo. Esta es, en mi particular y prescindible opinión, la gran asignatura pendiente del disco: las letras, que son excesivamente tópicas y desgastadas, precisamente por ser como mil canciones similares por bulerías, tangos y alegrías, desde Ketama (sic) hasta nuestros días.

09 El calor de la fragüa (Martinete)

La voz de Duquende se luce en su desnudez. Incluso hubiera ganado el tema sin ninguna percusión (o una percusión menos presente, si da miedo quitarla) porque sólo distrae del auténtico protagonista y fuente de disfrute de la pieza: La voz de Duquende.

10 Bulería del limón (Bulería)

Guitarra contenida y especialmente melódica de Niño Josele. Sobre las letras: La bella y naif “No te olvides de que te quiero, porque tengo el alma rota y me siento prisionero de los besos de tu boca” comparte lugar junto a versos mucho más desafortunados sobre lunares o esa reiteración mecánica de “Cómo corre el agua”… Ay.

11 Cuando los montes se allanen (Fandangos)

Preciosismo minimalista de los acordes y cadencias de la guitarra. Algo empastada vocalización en la primera copla, que se compensa con la voz en la segunda copla, en donde no hace lo típico que cabría esperar. Ese es el Duquende que me gusta, el que me sorprende. Esta es la otra joyita del disco.

Duquende: cante
Chicuelo: guitarra
Niño Josele: guitarra (en 'Bulería del limón')
Carles Benavent: bajo
Javier Martín: bajo
Raynald Colom: trompeta
Piraña, Isaac Vigueras, Roger Blavia: percusión
Isaac, Mané, Juani: palmas
Coco, Gabriel Manzano, Juani, María, Miriam: coros