Mi camino


Discos Flamencos
Paco Serrano 
Encuentro Prod. 1999
Carlos Ledermann


Demasiado pendientes de la actualidad discográfica más contingente, con frecuencia nos olvidamos de trabajos que aparecieron en el mercado hace ya algunos años y que no por ello pierden importancia y, muchísimo menos, valor artístico. Referirse a ellos es una forma de rescatar y mantener vigentes grabaciones que siguen aportando mucho a los aficionados a la guitarra y a la buena música flamenca. Es el caso del disco “MI CAMINO” del guitarrista cordobés Paco Serrano, aparecido en el año 1999.

Desprovisto del arropamiento instrumental con que muchos buenos tocaores acompañan hoy su guitarra, a veces hasta casi enredarla o decididamente extraviarla en medio de otras sonoridades con lo que frecuentemente lo mejor que se consigue es que los árboles no dejen ver el bosque, “Mi Camino” es un disco de guitarra flamenca en todo lo que la expresión supone: la guitarra en solitario, desnuda y limpia.

El recital de Paco Serrano se abre con unos tangos de gran movilidad titulados “El Portillo”, en que a poco andar superpone dos guitarras con brillante precisión y sin perder nunca el hilo de la trama melódica. La colaboración sabiamente discreta de la percusión de Ricardo Espinosa, no hace sino afirmar la célula rítmica y el carácter musicalmente festero del tema, sin tomar jamás un protagonismo que, al menos aquí, no le fue asignado. El final, por rumba, acompañado de palmas, subraya la fiesta.

Le sigue la soleá “Mi Camino”, majestuosa desde la primera nota, trascendente y corpórea, da cuenta no solo de la técnica asombrosa de Paco Serrano y la limpieza de su ejecución –que en directo no varía ni pierde siquiera un punto- sino de esa manera tan particular e inimitable que los cordobeses tienen de sentir la soleá. Las líneas melódicas son muy claras y concretas, nada de desvaríos armónicos que nadie sabe dónde ni cómo empezaron y menos cómo van a terminar dentro de una falseta. El trémolo, que llama la atención por su calma y perfección rítmica y el final, prudentemente acelerado, hacen de esta soleá un bocado fino, pero de gran contundencia.

Las alegrías “Lagunas de Sal” (sal: palabra de uso más que frecuente a la hora de titular un toque por alegrías) se muestran inquietas y luminosas, parece que nos pintan una calle de casas blancas al mediodía y al fondo, a la sombra, una copa de fino muy frío. Tras un silencio que ha desaparecido hace ya mucho de la composición y ejecución de este estilo, quedando al parecer relegado solo al baile, el tempo se recupera de modo muy acompasado pero sin frenetismo, porque a Paco Serrano no le interesa impresionar ni sorprender, sino hacer música y aquí lo consigue plena y cabalmente.

“Amanecer en la Vega” es una granaína cuya calma tiene aroma a ciprés, pero no solo al de su “Reyes” sino al de los que aún abundan en Granada. No obstante dicha calma, hay pasajes de ejecución compleja y abigarrada, donde Paco se muestra muy solvente y a gusto, abordando giros armónicos muy sugerentes, sin dejar de hacer aquellas progresiones que caracterizan al estilo, sea acompañando al cante o en un toque solista. Un tema para escuchar mucho más de una vez.

La bulería “Taracea” (si usted fue a Granada y se vino sin una, entonces fue a otro sitio) tiene un comienzo algo imprevisto, como si viniera de otro lugar y hubiera entrado de pronto por la puerta, sin anunciarse y sin golpear o como si hubiéramos empezado a ponerle atención muy de pronto, sin advertir que ya estaba ahí. Respaldada con sobriedad por palmas y el cajón de Ricardo Espinosa, se desarrolla sin grandes sorpresas, agradable, acompasada y alegre.

“Viento del Norte” es lo que se llama “un peazo de farruca”. No olvidemos que cuando Paco Serrano grabó este disco, la farruca había entrado hacía ya largo rato en un período de ausencia casi total en el repertorio de los guitarristas. Miguel Rivera había grabado una un par de años antes y es poquísimo más lo que se puede encontrar de farrucas en esa década, en lo tocante a toque de concierto. Llevados con mucha elegancia, sin hacerle el quite a algún arranque técnicamente complejo, estos vientos del norte pueden precipitarse y arreciar por momentos, para llevar por el aire la semilla de un estilo que pronto veremos resurgir, no sabemos si en gloria, pero seguro que en plena majestad. A ello ya están contribuyendo Juan Carlos Romero y Vicente.

El zapateado “Lluvia en el Patio” es, sin duda, el único tema en que nos queda rondando una duda más bien seria: la que tiene que ver con lo que habría podido ser si solo se hubiera tocado en una guitarra. No se trata de que las líneas melódicas no estén claras, solo que en algún momento están a punto de extraviarnos, porque los intervalos de terceras y sextas, cuando sobreabundan, pueden llevar a eso por muy acostumbrado que el oído occidental esté a ellos. Armónicamente, la pieza es muy atractiva y de una vivacidad que no nos hace pensar en un día de lluvia, aunque nadie dijo que se tratara de una obra descriptiva.

“Las Campanas del Cerro” es el título de la rondeña que ocupa la pista 8. Cómo suena esa guitarra por rondeña...fantástico. Desarrollo tranquilo, sin grandes sobresaltos, trémolo cantabile y una sexta que suena persistente. Pasajes muy bellos en modo menor, aire meditativo y un cierre aligerado sobre la base de arpegios que dan paso a un aire de bulería que se interrumpe cuando parecía dispuesto a decirnos algo más.

La guajira “Buen son, buen Corazón” que Paco Serrano dedica a su compadre Rafael Montilla, es uno de los temas más bonitos del disco. El tempo es tranquilo, cosa poco frecuente en guajiras de concierto, con algunos ralentando que agregan un matiz de agógica también un poco inusual en el toque flamenco de hoy. Para dejarse llevar y disfrutarla sin entrar demasiado en el análisis que de pronto puede enfriar las cosas y enfriar una guajira, es un pecado. Las hay que ya vienen frías, pero este no es el caso.

A su hermana Luisa dedica Paco la taranta que sigue al sol caribeño de la guajira. Un tema fuerte, esta taranta se nota muy pensada y compuesta, tal vez, en un lapso prolongado. Armónicamente muestra pasajes de oscuridad que se rompe con un trémolo que trae aire fresco, pero vuelve a un tejido intrincado pero bien enhebrado y bien equilibrado. Hay un tinte de inquietud en este tema, que se desgrana con pocos reposos.

Se cierra este disco con la segunda bulería, titulada “Chiringo”. Aquí hay un espacio introductorio de un cuarto de minuto en que Ricardo Espinosa exhibe un compás sabroso que ofrece al auditor una buena entrada en el ambiente rítmico del tema. Nos parece esta bulería incluso más atractiva que la anterior, con sorpresas y detalles muy entretenidos especialmente en la forma de resolver algunas falsetas, sin el característico remate rasgueado sino con el intempestivo y breve paso a otro motivo, acaso una pequeña coda que, si nos ponemos finos, tal vez hasta resuelve mejor.

Posiblemente para los gustos y tendencias contemporáneas, el idioma musical de Paco Serrano puede resultar muy clásico, pueden llamarlo “tradicional” o considerarlo “poco atrevido” según los cánones y parámetros hoy imperantes, pero vamos a ver : el acorde con agregadas, la novena, la trecena, la disonancia por la disonancia, solo porque “así parece que se hace hoy”, carece de sentido y sobre todo cuando, como vemos en tantos casos, quien las hace, con suerte sabe cómo entró en ellas pero no cómo salir adecuadamente y no estoy hablando de una preparación musical muy acabada –que Paco la tiene- sino del buen gusto y la valentía de ser cada cual lo suyo y lo que puede, en función de lo que le nace de las tripas. Para tocar como Paco Serrano no hay que tener solo una técnica privilegiada, sino también una dosis de personalidad y valentía que hay que destacar.

En suma, un disco lleno de ejemplos y lecciones para quienes gustan de la guitarra flamenca y especialmente para quienes quieren aventurarse en el complejo y a veces pantanoso terreno del toque solista.