FLAMENCO CLÁSICO DE HOY Y SIEMPRE: MANUEL Y ANABEL, DOS JÓVENES CON EMPUJE
José Cenizo Jiménez



El ciclo Los Jueves de Cajasol, en Sevilla, coordinado por el impagable hombre de flamenco y del flamenco Manuel Herrera Rodas, ya es cita marcada en el calendario anual para los amantes de este arte. Su nivel de calidad es, en general, muy alto, aportando artistas de todas las tendencias y edades, generaciones emergentes y maduras.


El jueves 7 de marzo hubo una cita de juventud y poderío, de presente y futuro con certificado de jondura y garantía de clasicismo siempre presente y actualizado. “Territorio joven” se dio en llamar este encuentro, buen título para la presencia de Manuel de la Tomasa, nieto del maestro José de la Tomasa, y Anabel Valencia, lebrijana de familia de abolengo flamenco también. Sevilla y Lebrija, los Tomasa (con antecedentes en los Torre) y los Valencia, hoy representados por José Valencia con brillantez. Dos formas de entender el cante desde la tradición, la seriedad, la entrega máxima en cada cante.

Empezaron juntos por tonás, con un sonido algo estridente y exagerado que entorpeció la recepción, algo chillona así, sobre todo de Anabel. Menos mal que luego mejoró el sonido y ambos lucieron mejor. En el arranque, Manuel se llevó la palma, con un público entregado.

Dio primero su recital éste, con la guitarra de Nono Reyes, que estuvo a la altura y lució toda su técnica con convencimiento, un toque alegre y con transmisión, y Marcos Carpio y El Pirulo en las palmas y el compás. Manuel sabe estar en el escenario, lo vemos no sólo un pedazo de cantaor, como suele decirse, sino un artista que sabe agradar al público, sentirse muy dentro del cante y transmitir entrega y autenticidad. Le acompaña una gesticulación, un lenguaje corporal que ayuda, que apoya la expresión hasta, en ocasiones, el pellizco, ese endiablado vello de punta que es una de las claves de la expresividad flamenca y que se echa de menos cuando, como ocurre tantas veces, falta o se envuelve en melodías bellas pero sin adentramiento. Hizo tarantos, soleá, seguiriya y bulerías. En todo luce emoción, conecta con el público, y, por destacar, podríamos señalar las seguiriyas, marca de la casa. Un cantaor al que veíamos en directo por vez primera y que no nos ha defraudado en absoluto. En una de las primeras reseñas de sus recitales, si no la primera, Alfredo Barrera Cuevas escribía de su presentación en Torres Macarena en la revista jondoweb: “En sus primeras palabras de presentación al público, dijo Manuel de la Tomasa que venía a poner el corazón… y vaya si lo puso. El corazón, el alma y la sangre. Y no defraudó”. Pues eso.

Difícil se lo puso a Anabel, la de Lebrija, vestida para la ocasión como flamenca, como cantaora al uso tradicional. Su cante inicial, por tangos, con la guitarra de Curro Vargas, deslumbrante con continuos trémolos envolventes, y las palmas y compás de Juan Diego Valencia y Manuel Valencia, nos sedujo por su alegría, su rica elaboración, su poderío. Continuó por seguiriyas, malagueñas y bulerías de su tierra, como dijo, de Lebrija. A pesar del reto -Manuel empieza a ser mucho Manuel- Anabel nos llevó enseguida a su terreno y nos dejó momentos de buen cante, con mucha entrega en esta noche también especial para ella. Le auguramos, como a Manuel, un futuro firme en el flamenco de las próximas décadas. Apenas están sobre los veinte años, tienen toda la vida por delante para madurar, reforzar, crear, recrear a su gusto: no les falta herencia y facultades, ambiente y capacidad. En el fin de fiesta por bulerías, al unísono, dejaron una despedida perfecta para esta noche de cante (y toque) clásico y eterno.