Madame Soledad


Opinión
Juan Pinilla


MANUEL LIÑÁN – ‘MADAME SOLEDAD’.
PREMIO MEJOR COREOGRAFÍA SOLISTA Y BAILARÍN SOBRESALIENTE EN EL CERTAMEN DE DANZA ESPAÑOLA Y FLAMENCO DEL TEATRO ALBÉNIZ DE MADRID 2004


Madame Soledad es la pieza que le valió dos prestigiosos premios nacionales en el Teatro Albéniz de Madrid, distinciones que muy pocos bailaores flamencos tienen en su haber. La obra comienza con un monólogo de su propia voz ‘en off’ relatado sobre un ritmo latente que permite al intérprete desarrollar una elaborada coreografía donde priman los gestos de gran sutileza en hombros, cabeza y brazos especialmente (algún breve taconeo para resaltar las frases de mayor énfasis), pero expresándose con movimientos de cintura para arriba sobre todo, en los que apreciamos desde el inicio la perfecta colocación, presencia y capacidad comunicativa de Liñán. “De niño, me metían piedras en los bolsillos para que no pudiera andar. Se veía venir. Tú y yo. Cara a cara. Así. Como el que no quiere la cosa. ¿Quién me lo iba a decir a mí y a estas alturas? ¿Sabes? Ayer te vi con esa vieja del parque, qué putada lo de su nieto, y sé, que de vez en cuando quedas con Lolo, sí mujer, el de ‘Alcalá Meco’, que por cierto, qué putada lo de psss, qué mas da” Texto vanguardista, literariamente hablando, dirigido a su soledad, a la que los brazos y los tacones de Liñán aflamencan y donde podemos apreciar ya destellos de lo que va a ser el desarrollo del baile: una asombrosa e inédita personalidad y un gusto exacerbado por lo genuino.

Con un extenso paso que lo deja en equilibrio sobre su pierna izquierda y un juego de luces que nos hace vislumbrar a su acompañantes de ‘atrás’ se introduce en la soleá (no podría ser más acertado el palo para interpretar el sentimiento que da título a la obra), pasea despacio y corto para, en un lento giro, esperar la letra, a la que saluda alzando los brazos en horizontal hasta verticalizarlos y culminar el compás con un delicado giro de muñecas, que da lugar a los primeros ‘olés’ de la noche. Respuestas contundentes a cada frase cantada, arropadas por una música muy cuidada y un gran sentido para bailar al cante, que alcanzan el clímax en la repetición de los tercios finales de la soleá donde sube la intensidad de la música y consigue arrancar grandes ovaciones (sin pretenderlo en sí pues el baile de Manuel Liñán no es efectista, si no todo lo contrario: sensitivo, inteligente, genuino, elaborado...)

A golpe de tacón va subiendo paulatinamente el ritmo de guitarras y palmas para demostrarnos la limpieza y la rapidez de sus pies en una excitante y personalísima escobilla con subida donde desarrolla figuras coreográficas de gran sabor flamenco, rematando con precisión en el tiempo justo en que la letra, casi echada encima, entra de nuevo. Para bailar al cante de nuevo utiliza una estructura dancística similar a la anterior soleá (ecos de Alcalá en ambas) pero donde introduce nuevos movimientos como el pedaleo de brazos sobre su cabeza, algún quiebro de cintura y giros que hacen contener el aliento.

La música viene abajo tras la letra y marcando los acentos del compás con sus precisos tacones se introduce directamente en la bulería donde comienza a llenar un escenario que en la soleá había limitado quizás para conservar el sentimiento de austeridad del monólogo, y pasea su figura por las tablas con soltura y capacidad interpretativa, alternando hermosos juegos de pies con movimientos en perfecta sincronización con la música, haciendo un monumental alarde rítmico de conceptos muy personales y avanzados que se traducen en gestos mínimos y sugerentes que enfervorizan al respetable. Para las letras por bulerías se reservaba nuevos detalles. Rompiendo un poco los esquemas a los que estamos acostumbrados últimamente, en los que la demasía atlética de los artistas alcanza el punto álgido de asfixia al final del baile, siempre con pretensiones efectistas, Liñán sigue tirando de su amplio bagaje sensitivo para culminar la obra con gestos muy delicados que vienen paulatinamente abajo en ritmo e intensidad tras la coletilla del cante, y donde espera, arropado por dos guitarras que arpegian, el monólogo inicial “De niño, me metían piedras en los bolsillos para que no pudiera andar”, con el que se va del escenario. Toda una delicia.

Un espectáculo de colosales dimensiones que no dejó indiferente a nadie y que le valió varios minutos de ovación. Durante el mes de Mayo, Manuel Liñán realizará una gira por Brasil donde impartirá cursos magistrales. De igual forma, a finales de Junio será el artista invitado para el certamen coreográfico del Teatro Albéniz de Madrid donde resultara ganador en la pasada edición. Todo un bailaor nacido y criado en Granada para el que seguro se reservan los más altos escalafones del flamenco, desde aquí lo auguramos.