Lugar, fecha y hora: Catedral del Cante, 8, 9 y 10 de agosto, 22:45 horas
Aforo: Tres cuartos de entrada
Programa: Semifinales de los concursos de cante, baile y guitarra



En esta edición la calidad de los participantes llegados hasta La Unión no podemos destacarla por su bondad: nombre repetidos y otros nuevos que dicho sea de paso son sólo eso, nombres que se pierden en la nebulosa del flamenco actual. Pero lo importante es saber por qué no llegan concursantes con más calidad. Si es porque no hay más cera de la que arde, pues es para desanimarse. La Unión, por su periodicidad anual, tiene serias dificultades para encontrar nuevos valores. Y eso, que en los últimos años se le ha dado paso a la juventud y son ellos los que están acaparando los premios más importantes. Con todo y con eso, a las dificultades propias que presentan los ciclos artísticos, de los que no siempre emergen nuevas figuras dignas de emoción, se añade, de unos años acá, la irrupción de “escuelas” –en las que nada tiene que ver la organización, como bien aclara en la web oficial del Festival- dirigidas por guitarristas y cantaores para preparar a los jóvenes que tienen pensado presentarse en La Unión. Se está creando una confusión general nada positiva para el evento y, además, se les está haciendo creer algo que a la hora de la verdad tan solo es humo. Así, hemos visto en esta edición algunos casos de jóvenes clónicos sin más mérito que su voz. Y otros más maduritos que también han picado el anzuelo.

A lo largo de tres días han tenido lugar treinta y seis actuaciones de cante, toque y baile –algunas protagonizadas por un mismo cantaor aunque con estilos distintos- y al final el jurado, aun teniéndolo difícil, acertó en la selección de los finalistas: Juan Pinilla, Juan Antonio Camino, El Coloraito, Churumbaque, Mª de los Ángeles Cruzado, Nazareth Cala, Domingo Herrerías, Niño de Aurora, Esther Merino y Antonio Campos (cante); Juan Antonio Silva Campallo y El Juani (guitarra); y Patricia Pérez Guerrero y Yolanda Osuna (baile). Nombres, la mayoría de ellos conocidos para los que visitamos el Festival, que quizá mañana suenen a fama y sean profesionales de la modalidad en la que compiten; pero que hoy son casi en su totalidad completos desconocidos en el mundillo flamenco. Algunos de ellos tienen todas las condiciones para llegar a ser buenos profesionales, pero, a fuer de sinceros, la mayoría ya ha tocado techo y no llegará a ser más de lo que son en la actualidad.

Lugar, fecha y hora: Catedral del Cante, 5 de agosto, 22:45 horas
Aforo: Tres cuartos de entrada
Programa:
1ª Parte: Israel Galván (baile), Terremoto (cante) y Alfredo Lagos (guitarra)
2ª Parte: Enrique Morente (cante), David Cerraduela (guitarra) y Bandolero (percusión)



Dos mitades bien diferenciadas tuvo la cuarta gala de este evento que es cita obligada en el calendario flamenco mundial, y que protagonizaron dos artistas que transitan un mismo camino, el de la experimentación. Pero si Israel Galván se nos mostró lleno de inspiración y muy seguro sobre el escenario, Morente no tuvo su mejor noche.

Lo del bailaor sevillano es sorprendente siempre, pues nunca esperas lo que luego sucede. El bailaor de la soledad deseada es único, su talento está fuera de cualquier análisis al que se le quiera someter, su depurada técnica y su imposible dominio corporal no tienen parangón. Es el baile hablando consigo mismo. Es la provocación meditada y consciente. Es un baile sólo para exquisitos. Es un concepto del baile desconocido hasta ahora, con una novísima estética que bebe de otras danzas, resumidas para un nuevo baile flamenco que hasta ahora sólo él interpreta con maestría. El espectáculo “La edad de oro” se compone de retales, pinceladas, que invitan al espectador a imaginarse el resto lo cual propicia un encantador estado para el goce del arte. Hizo cosas llenas de gracia y otras de una calidad artística que provocaron en el espectador la emoción contenida, unas veces, y una explosiva alegría otras, cual fue el caso del diálogo que mantuvo con Terremoto por fandangos: mientras el cantaor jerezano cantaba, él le respondía con los pies como si se trataran de las seis cuerdas de una guitarra.

Sentado, como un miembro más del cuadro, apareció junto a Fernando Terremoto y Alfredo Lagos, que tuvieron una actuación de notable alto, pues si el hijo del siempre recordado Terremoto de Jerez cantó a pecho descubierto, con fuerza y conocimiento; el también jerezano Alfredo Lagos ayudó al éxito final con un toque preciso, ajustado y preciosista a veces, que certificó lo que muchos venimos diciendo desde hace mucho tiempo: es uno de los grandes guitarristas de acompañamiento de este tiempo al que hay que tratar de acuerdo con su categoría artística, que no siempre le es reconocida. Y sentado acabó su larga actuación, exhausto, roto, satisfecho, gozoso al ver al respetable entregado y puesto en pie llenando el aire de aplausos y vítores.

La actuación de Enrique Morente estuvo compuesta de ocho cantes –con sus variantes- repartidos de acuerdo con un formato de espectáculo repetido desde hace unos años: salida por bulerías, cantadas en corro a modo de iniciación a la fiesta, para luego continuar interpretando distintos palos flamencos que Morente reinventa en cada actuación, y rematar con un cante por tonás, que en esta ocasión se limitó a un martinete de lejano parentesco con José de los Reyes “El Negro”; y entre ellos, cabales, cantiñas, bulerías lentas -adobadas con hermosos poemas-, malagueñas al estilo de El Canario y La Trini, rematadas con fandangos abandolaos de Málaga, Lucena y Granada; seguiriyas y soleares, su mejor cante.

Es cierto que tuvo problemas con el sonido –monitores-, pero en un profesional como Enrique Morente no debiera ser excusa para una actuación desafortunada, propiciada por una voz cansada que en el granadino se nota más que en otros, por cuanto su indiscutible maestría y calidad artística están basadas en una depurada técnica vocal sin la cual los cantes no alcanzan esa redondez estética a la que nos tiene acostumbrados.

Lugar, fecha y hora: Catedral del Cante, 6 de agosto 22:45 horas
Aforo: Entradas agotadas
Programa:
1ª Parte: Rocío Molina (baile), Antonio Campos y Leo Treviño (cante), Paco Cruz y Manuel Cazás (guitarras), Sergio Martínez (percusión), Ana Romero y Tacha (palmas)
2ª Parte: José Mercé (cante) y Moraíto Chico (guitarra)



Rocío Molina es la fuerza y la ternura, la frescura, la espontaneidad y la timidez; pero también la pasión y la delicadeza. Crece su resumida estatura hasta llenar el escenario en una explosión de pies, brazos y giros, gestos y guiños, complicidad y baile serio, grande y lleno de emoción, moderno y viejo, siendo ella tan joven. Es preciosa su estampa sobre el proscenio de luto.

Salió vestida de cuero para el taranto, repiqueteando los crótalos y encarando el baile a la primera para redondearlo de manera austera quitándole el añadido de los tangos finales tan de moda en estos tiempos. Pero el taranto sólo conoce al tango porque toma de él su compás binario para ser bailado. Hasta ahí nada que objetar, pero me permito una sugerencia: creo que el vestido que saca -que es un símbolo- no casa bien con el baile; quizá estuvieran más de acuerdo un vestido de pantalón y la violenta austeridad que la bailaora de Vélez-Málaga imprime a ese baile. Por soleá, sin embargo, estuvo magistral de principio a fin, técnicamente intachable y artísticamente emocionante hasta conseguir el éxtasis por bulerías, ya con un público entregado que irrumpió en aplausos y bravos antes de que iniciara el paseíllo de retirada. Pero antes nos había dejado una fantasía por malagueñas, vestida de marenga, en la que, con la sola apoyatura de la extraordinaria guitarra de Paco Cruz, demostró un dominio de la técnica del baile español sorprendente en una artista tan joven.

José Mercé venía a sacarse la espina de su última actuación en La Unión, en la que ciertamente no estuvo afortunado. Dejó en casa los músicos que lo suelen acompañar habitualmente y se trajo únicamente a su inseparable Moraíto. Vino a de mostrar lo que no debiera ser necesario: que es un cantaor de pies a cabeza, con muchos registros, que encuentra su razón de ser en los cantes de la tierra que lo vio nacer. Demostró que es un excelente cantaor por soleá -¡qué bien interpretó los estilos de Alcalá!-, por seguriyas – al estilo de Manuel Torre, Diego El Marrurro y El Mellizo-, por fandangos –recordando a Chocolate y el Niño de la Calzá-, por cantiñas y por bulerías –que baila con arte, como casi todos los gitanos de Jerez-. Y todo eso luchando contra un sonido interior que a punto estuvo de echar a pique su actuación. Luego, para contentar al público, cantó “Aire” y lanzó un dardo contra los puristas: sólo humo innecesario.

Lugar, fecha y hora: Catedral del Cante, 7 de agosto, 22:45 horas
Aforo: Entradas agotadas
Programa:
1ª Parte: Esperanza Fernández, Chano Lobato y El Pele (cante), Miguel Ángel Cortés, Niño Pura y Antonio Carrión (guitarra)
2ª Parte: Manuel Liñán y su cuadro flamenco (baile), El capullo de Jerez (cante), Manolito Jero (guitarra)



La última gala del Festival estuvo dedicada a Chano Lobato, a quien por la tarde se le había rendido homenaje por parte de la organización del mismo, en cuyo nombre, Francisco M. Bernabé Pérez, Alcalde de La Unión, le hizo entrega del Carburo, una réplica de los viejos carburos mineros que representa el espíritu de La Unión.

Abrió la noche la trianera Esperanza Fernández, junto a un inspiradísimo y extraordinario Miguel Ángel Cortés, con unos fandangos de Lucena y Granada, para continuar con una farruca de corte personal a la que aportó belleza y gusto, un cante por seguiriyas con claras referencias a Tomás Vargas “El Nitri”, Pastora Pavón y Juan Junquera -¡qué lección de acompañamiento dio el guitarrista granadino!-, los tangos y unas bulerías finales en las que demostró saber estar sobre el escenario en artista, dejando que se luciera el guitarrista -¡y de qué manera se lució!- para conseguir redondear una actuación que bajo el criterio de este crítico fue lo mejor de la noche.

El homenajeado Juan Ramírez Sarabia “Chano Lobato” salió acompañado por el sevillano Antonio Carrión. Y fue recibido por un público entregado y emocionado con largo aplauso para demostrarle el cariño que se le tiene dentro y fuera de Andalucía. Chano es el arte de Cádiz y la ternura personal, al que es muy difícil no querer. Cantó tangos de Cádiz, soleares de Alcalá, Utrera y Cádiz, Alegrías, una larga serie de bulerías en las que cabe desde el bolero hasta el tango argentino, y una rumba final que hasta se atrevió a bailar ya con el respetable puesto en pie. Merecido y justo homenaje a un cantaor que representa una época del flamenco que ya no volverá

El Pele, de la mano de Daniel Navarro “Niño de Pura”, realizó una actuación larga que tuvo de todo: momentos de inspiración, cual fue el caso de la interpretación de la malagueña, uniendo los estilos de El Mellizo y La Trini con el fandango de Lucena basándose en le estética morentiana pero con matices personales de un gusto exquisito; y momentos de lucha, como en el caso de las seguiriyas que redondeó con un excelente cambio al estilo de Manuel Torre que supuso un momento de emoción en su actuación, algo que no volvería a suceder en el resto de cantes que interpretó (zambra, soleares, taranto y cartagenera, cantiñas, fandangos y tonás)

El bailaor granadino Manuel Liñán, muy bien arropado atrás, nos dejó un taranto –rematados con unos tangos muy largos- hecho con personalidad y fuerza y una soleá en la que estuvo francamente bien, haciendo alarde de una técnica y un dominio del escenario que vienen a corroborar las esperanzas de quienes siempre vieron en él un bailaor al que esperan momentos de gloria. Si bien, debe corregir aspectos como la coreografía y el vestuario, demasiado rancio para un bailaor tan joven.

Apareció el Capullo de Jerez, con la guitarra de Manolito Jero y tres palmeros de su tierra –que a veces le hacían coros- y armó el taco, que es lo que ocurre allí donde canta: es un ídolo de masas y tiene un público fiel que lo idolatra. Bulerías por soleá –revueltas con soleá sin bulerías-, fandangos de la casa, tangos propios y bulerías de Jerez, repetidos estos últimos a modo de bis. Y sin cantar bien gustó. Nada extraño, porque en el cantaor del Barrio de Santiago los baremos tradicionales no sirven: es un cantaor inclasificable.