Lírica acuática


Libros
Ramón Soler
Diputación Málaga, 2010
Eduardo Jiménez Urdiales


Lírica acuática. Coplas sobre el agua en la poesía tradicional y el flamenco es el sugerente título de la antología que Ramón Soler Díaz, una de las voces más autorizadas de nuestro país en lo que se refiere a los estudios del flamenco, dio a la imprenta en el verano de 2010. Editado por la Fundación Nueva Cultura del Agua (Diputación Provincial de Málaga, que ya ha publicado títulos como El misterio del agua, de Emilio Prados, o Poema del agua, de Manuel Altolaguirre), el libro es un recorrido apasionado tanto por poemas procedentes de la lírica popular, como por letras flamencas, unidos unos y otras por un denominador común: versar sobre el agua. Aguas corrientes, aguas estancadas, aguas grandes, inabarcables, aguas chiquitas, imprescindibles. Aguas que mueven molinos, aguas que no has de beber, aguas que abren caminos, aguas… déjalas correr.

Que es justamente lo que no hace Ramón Soler. No solo no las deja correr, sino que las embalsa en esta antología de lectura apasionante. A lo largo de su trayectoria investigadora, la labor del antólogo ha intentado siempre conciliar los dos polos que representan, por un lado, el respeto a la tradición y, por el otro, un ansia de innovación que no se ha de entender como mero afán de modernez a cualquier precio, sino como el legítimo anhelo de quien se sabe capacitado para arrojar nueva luz sobre la materia de estudio. Propósito que queda anunciado nada más abrir el libro: hay que estar muy seguro del terreno que se pisa para abrir una antología de letras flamencas y de poemas heredados de la anónima lírica popular con una cita del Canto XXI de la Ilíada y otra del tema «I’m so free», del neoyorquino Lou Reed. De frente y por derecho.

La obra se estructura en dos partes claramente diferenciadas («La primera, más breve, se ocupa de la poesía de tipo tradicional que llega hasta finales del siglo XVII, y la segunda de coplas modernas, la mayoría de ellas pertenecientes al acervo del cante flamenco.», pág. 14), precedidas de una introducción en la que el antólogo proporciona las principales claves del florilegio que se dispone a depositar en nuestras manos.
Parte de un hecho incontestable: en todo tiempo y lugar, el del agua se cuenta entre los temas más universalmente repetidos en la poesía, culta o de raíz popular. Sean las aguas insondables de los mares inmensos, o las más humildes de los veneros que apenas nacen escondidos entre unas matas, lo cierto es que, en efecto, se trata de uno de los motivos artísticos de más amplio recorrido desde que el mundo es mundo y el hombre se arrancó a dejar constancia de su paso por él (el que muchos de los textos incluidos en esta obra sean anónimos no es mera casualidad). No obstante, el antólogo decide posar su mirada crítica únicamente en el agua «que está fuera del mar, la que sirve para beber y regar, con la que se lava y se purifica.» (pág. 12) La razón es fácil de aprehender: «el mar inspira solo a los pueblos del litoral, el agua dulce es motivo universal al ser indispensable para que haya vida.» (pág. 11)

Sentadas, pues, las premisas de las que se parte, se inicia el camino, que ha de proporcionar al lector un recorrido lleno de sorpresas divertidas (se para uno a pensar, y hay que ver qué nutrido es en nuestra lengua el campo semántico del agua: lluvia, rocío, nieve, puentes, riberas, ríos, arroyos, corrientes, fuentes, manantiales, charcos, pozos, norias, baños, lagunas, cántaros, lavaderos, grifos… y eso solo por la parte de las aguas dulces) y hallazgos felices: la imagen de las camisas de los amantes, que se lavan juntas en la misma fuente, viene a unir, como si de dos viejos compadres que se reencuentran al cabo de siete siglos se tratara, el arte del rey portugués Don Denís (1261-1325) con el genio de don Antonio Mairena (1909-1983):

«Levantou-s’ a velida,
levantou-s’ alva,
e vai lavar camisas
eno alto:
vai-las lavar alva.»

«No te hablo en la vía,
no te hablo más;
así tu ropa junto con la mía
no se lavan más.»

Los poemas seleccionados presentan peculiaridades y diferencias desde su mismo origen: aquellos que se compilan en la primera parte de la obra (anónimos, nacidos en el seno de la lírica popular anterior al siglo XVII) encierran un componente sensual, incluso erótico, mucho más evidente que los de la segunda (más cercanos en el tiempo y de autor conocido), que tienden, por contra, a lo reflexivo y sentencioso:

«¿Quién quiere entrar conmigo en el río?
¿Quién quiere entrar conmigo a nadar?» (25)

«Dijo el sabio Salomón
que una gotera continua
ablanda un duro peñón.» (93)

Puede que este del agua dulce sea, quizás, el elemento de la naturaleza en que mejor se conjuguen los principios generadores del amor y la muerte; de tal manera que el agua «se asocia a lo fértil, por ello en la lírica popular el río y la fuente aparecen vinculados al amor y el deseo.» (pág. 19):

«Enviárame mi madre
por agua a la fonte fría:
vengo del amor herida.» (4)

Sin embargo, y al mismo tiempo, tropezamos también con la huella del panta rei de Heráclito, el principio del cambio incesante, la idea de que todo se transforma en un proceso eterno de creación, pero también de destrucción al que nada escapa. Aquello que da la vida puede igualmente arrebatarla:

«Cuando de mi dueño
se escapa el alma,
como cierva herida
me arrojo al agua.» (14)

Recordemos en este punto las aguas (río para unos, laguna para esos otros) que han de cruzar, previo pago al barquero del precio estipulado, las almas en su viaje al otro mundo. Travesía que se dulcifica —o que se impone vencer— cuando quien espera en la otra orilla es el objeto de nuestros anhelos amorosos:

«Al otro lado del Ebro
tengo mis amores, madre,
y a la Virgen del Pilar
le pido que me los guarde.» (207)

En las aguas de ríos, fuentes y lagunas, en su seno o en sus riberas, «se cría toda una flora cargada de fuerte simbolismo sexual, como el mimbre, las cañas y juncos.» (pág. 23):

«Allá arriba en la junquera
tú pones cama, yo cabecera.» (237)

Y toda una fauna, nos atreveríamos a añadir, como se ve en este sorprendente diálogo que nos regala el corpus de la lírica popular:

«—¿Qué te parece?
—Colita de pece,
que va por el río
y no se parece.» (46)

Se señala en esta introducción la presencia de otras variantes temáticas, como pueden ser el espejo de las aguas (evocación del mito de Narciso), el suplicio de Tántalo, el agua como confidente de congojas y penas o el de la superioridad del agua sobre cualesquiera otros afeites a la hora de resaltar la belleza femenina, y se apunta claramente aquello que decíamos al principio: su permanencia en el tiempo, lo que, una vez más, viene a confirmar aquella «continuidad a lo largo de siglos y un trasvase entre lo culto y lo popular que siempre ha sido muy fructífero en la poesía castellana desde sus primeros balbuceos» (pág. 28). Para ejemplificar esta cuestión, Ramón Soler se sirve del refrán que dice «La una mano a la otra lava y todas dos a la cara», recogido ya en el siglo XV por el Marqués de Santillana en su compilación Refranes que dizen las viejas tras el fuego, el cual, en la mudanza de los siglos, tomará cuerpo en varias coplas: una, en el XVI (en la Recopilación de sonetos y villancicos a quatro y a cinco de Juan Vasquez, 1560):

«En la fuente del rosel
lavan la niña y el doncel.

En la fuente de agua clara
con sus manos lavan la cara.

Él a ella y ella a él
lavan la niña y el doncel.» (66)

Otra, ya en nuestro tiempo, en la bulería que interpretara Manuel de Angustias:

«Vaya qué cosita más rara:
una manita lava a otra
y las dos lavan la cara.» (191)

Tradición siempre renovada, según la aspiración que imponía el viejo dicho latino: «Non nova sed nove». Asistimos en este Lírica acuática al espectáculo gozoso de la pervivencia de unos temas perfectamente identificables en los que nos reconocemos como miembros de una especie que pudo salir adelante gracias al agua: bebiéndosela, usándola para quitarse la mugre o enterrando en ella suspiros y aflicciones. A ella se le cantó cuando otra cosa no había para hacer más dulce —menos pesada, quiero decir— la faena de la siembra o de la siega, cuando se trasteaba entre los fogones y cuando se iba camino del mercado; en ella han seguido buscando su inspiración los flamencos, cogiendo el testigo para definir una línea sucesoria que ratifica lo que decía aquella bulería que cantó el genio de la Isla:

«Abuelos, pares y tíos:
de los buenos manantiales
se forman los buenos ríos.»