Las venas abiertas de La Unión


Investigación
José Sánchez Conesa


Tanto Cristóbal Colón como Américo Vespucio creyeron que las nuevas tierras descubiertas estaban próximas al Paraíso Terrenal. De oro y plata eran las llaves para abrir las puertas del paraíso capitalista en la tierra. Un cerro manaba plata y se confirmó con el hallazgo del Potosí, esbelto y gigantesco. Algunos han dicho que el Reino de las Españas recibió metal suficiente para tender un puente sobre la mar océana que uniera dicha cumbre con el mismísimo palacio real. Eldorado, codiciado reino, figuró durante largos años en los mapas de la cartografía de la ilusión, cambiando de forma y ubicación en el delirio áureo de los fundadores.


La Unión fue llamada la nueva California, la ciudad alucinante, donde los ricos mineros encendían los cigarros con billetes de curso legal. Alguno hubo que construyó un teatro en su residencia para que actuaran compañías profesionales y así satisfacer el capricho de su niña. La actriz y empresaria María Guerrero quedó impresionada ante la visión de la casa del Piñón. Le pareció que las brujas la trajeron, por los aires, desde la Gran Vía de Madrid.

Once mil mulas cargadas de cien libras cada una salieron de Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa. Nunca llegaron a su destino. Otro ejército similar de pollinos recorría nuestra sierra para acarreo del mineral, siendo arrieros y tartaneros grandes artífices de los cantes mineros. En Cartagena de Indias se vendían gallinas en cuyas mollejas se encontraban piedrecillas de oro. Y en Cartagena de Levante buscadores de tesoros ocultos poblaron inhóspitos paisajes en prometeica obstinación.

Las calles de Potosí se cubrieron de barras de plata. Cuando la reina Isabel II visitó Cartagena y La Unión quiso descender a una mina y los raíles del tren se los pusieron de plata. Una empresa alemana que estudiaba la construcción de un ferrocarril interoceánico concluyó que el proyecto sería viable a condición de que los rieles no se hiciesen de hierro, bien escaso, sino de oro.

Me decía Asensio Sáez: “La Unión lo dio todo a los que pasaron por aquí. Y se quedó con una mano delante y otra detrás”. El cante es la prueba concreta de que aquello existió: letras de explotación. Los mineros pasaban el día con un trozo de pescado seco y otro de pan. Todo un milagro trabajar sin desmayarse. Alquilaban cuchitriles, otros malvivían en cuevas. El 4 de mayo de 1889 declararon huelga general en la sierra unos 20.000 obreros que llegarán a destruir la documentación municipal, la de los juzgados de primera instancia y la del registro civil. Después asaltan la residencia de un acaudalado propietario minero y se dirigen a la ciudad de Cartagena, que cierra sus murallas. Queman fielatos en El Algar, La Palma, La Puebla, Pozo-Estrecho, La Aparecida o La Media Legua. Se llegará a un acuerdo entre las partes en conflicto. El trovero Castillo fue condenado a dos años de prisión por su participación en este levantamiento anarquista, siendo finalmente absuelto.

Se decía que en una sola calle de la ciudad minera y flamenca abrían sus puertas dieciséis cafés cantantes. Tanto se consumía la coñá, que el propio Pedro Domecq se asustó y vino de incógnito a comprobarlo. Pensaba que se destinaba al contrabando.

Propietarios de cacao, con las cotizaciones al alza, se bañaron en champán y se acostaban con francesas llegadas desde Río de Janeiro. En el mejor cabaret, el Trianón, el coronel Dantas encendía cigarros con billetes de quinientos mil reis.

A los mineros indígenas de América se les caía el pelo y los dientes, sufriendo fuertes temblores debido al uso del mercurio para la obtención de la plata. “Baldao de tanto picar/ y emplomao hasta las cejas, / aquí ya no aguanto más, / y hoy mismo pido la cuenta/ para irme a morir en paz”. Más tarde pedían limosna por las calles: “Vierte sangre el corazón, / viendo con vergüenza y pena/ mendigar en Cartagena/ a los mineros de La Unión”. La plata manaba interminable al tiempo que un río de vidas extinguidas trascurría impertérrito.

A la inauguración del teatro Amazonas de Manaos, tras las tinieblas de la selva, fue el gran Caruso, a cambio de una fuerte suma. Don Antonio Chacón, el Papa del flamenco, vino a La Unión para conocer sus cantes incipientes.

Ginés Jorquera nos muestra las heridas de la catástrofe en un cante del Morato: “Guarda la sierra memoria/ que, desde Roma hasta Francia, / siempre fue la misma historia: /se llevaron la ganancia, / y nos dejaron la escoria”. Quizá pueda ser terapéutico recordar colectivamente el desastre, no lo sabemos, pero olvidar siempre sería peor. Se llevaron la ganancia pero ganamos el cante, que nos sigue alumbrando las tinieblas de la incertidumbre y la miseria.