Las Rutas del flamenco


Libros
Juan Vergillos
Fund.José Manuel Lara 2006
Marcos Escánez Carrillo


Juan Vergillos es de los pocos críticos de flamenco que además de saber decir lo que quiere decir, dominando el lenguaje, tiene dotes literarias para hacerlo bonito. Sabe jugar con el matiz y con las formas; por eso es un placer leerlo siempre.

En este libro, “Las rutas del flamenco”, Vergillos repasa desde su óptica el flamenco de las ocho provincias andaluzas, aunque distingue muy acertadamente Jerez de la Frontera de Cádiz, y hace lo mismo en Sevilla con Triana y con algunos de sus pueblos.

Uno de los aspectos más novedosos, incluso yo diría que la única aportación de valor para los que gustan de la lectura sobre flamenco con cierta asiduidad, es la de considerar y centrar el origen del Arte Flamenco en el fandango, y por tanto, sitúa el origen del mismo en zonas geográficas distintas a las que baraja la flamencología tradicional.

Lo cierto es que este planteamiento no es desarrollado del todo si consideramos que el fandango es tan primitivo como las seguidillas castellanas. Don Precios lo contempla en su costumbrista libro en el que muchos hemos querido entrever una incipiente estética flamenca de interpretar las mencionadas seguidillas.

Pero volviendo al trabajo que nos ocupa, hay que decir que como siempre, Almería queda maltrecha en estas lides del flamenco. El motivo siempre es el mismo, la tierra más oriental de Andalucía sigue siendo la gran desconocida, por la que se siente cierto desinterés. Así, nos encontramos que Jaén, de donde es oriundo el autor, tiene un tratamiento completo y exquisito de su poco flamenco, frente al anonimato y brevedad, e incluso algún que otro error que comete con Almería.

Vergillos enfrenta el flamenco que denomina “de adorno” urbano frente a un flamenco natural, clásico, sencillo. Es decir, reivindica “el oriente andaluz en donde subyace, bajo un sencillo ritmo ternario, toda una gama de melodías profundamente sentimentales, humanas”, frente al “perfeccionismo desnaturalizador” del flamenco más occidental.

Al abordar Málaga contempla cantaores, cantes, estilos, creadores, baile, toque y cafés cantantes. Y nos hace pensar que sobre la estructura expositiva descansa cierto desorden, además de que intentar someter cada provincia a los mismos ámbitos de estudio le hubiera aportado un carácter mucho más riguroso.

Amén de algún que otro error como el de achacar la creación de una cabal al hijo en lugar de al padre o de barrer para casa (Jaén) en todo lo referente al cante levantino, que al decir de Fernando de Triana, se trata del sistema levantino, comentario que el autor obvia a pesar de recurrir constantemente al libro que escribió este letrado cantaor.

E imagino que la omisión de la bienal de Málaga como evento histórico para el flamenco no ha sido significada por el autor porque en el momento de publicación para el libro sólo se había celebrado la primera edición, puesto que la consolidación real de esta Bienal ha tenido lugar en este año con la segunda edición.

El aspecto más positivo, yo diría que es el gesto, la actitud que Vergillos presenta en sus exposiciones, en las que sin ningún tipo de reservas ni prejuicios, analiza las tendencias que han ido dando la espalda al fandango hasta convertirlo en “la bestia negra”, según sus propias palabras. Esta gallardía, no exenta de razón, aparece como una constante a lo largo de todo el trabajo.

El tratamiento que hace de Málaga es lo que yo denominaría como conveniente… Lo que se podría esperar que hiciera de las 8 provincias a modo de mínimo, y de esta forma eludir el posible agravio comparativo. Con Huelva estructura con medida, sabiamente, con precisión y sin ligereza.

Triana es Triana. Vergillos lo sabe y así lo manifiesta. Recrea un Triana creadora y exportadora de cantes y nos regala como cierre un extraordinario homenaje literario a la figura de Lole y Manuel, quizá desmedido con respecto a la historia, pero sublime en esencia. No intenta ocultar su gusto personal por un flamenco moderno, falto de tradicionalidad pero cargado de belleza y esencia flamenca. No quiere Vergillos demostrar nada, y así, deja entrever el autor que, como todos, es hijo de lo que ha escuchado.

En la ruta de Sevilla ubica el estudio de la liviana/serrana, la caña y la seguiriya, aunque no alcanzo a entender muy bien la asociación. Sobre todo, porque siendo Antonio Mairena quien engrandece este cante de la Liviana, viene a tratarlo en la ruta de los otros pueblos sevillanos (Mairena del Alcor). Otro cantar es el espíritu minimalista que hace descansar sobre su figura, para la que no considera apenas la gran influencia que ejerció sobre muchísimos cantaores de la época.

Por lo demás, en cambio, el autor afina en sus reflexiones, en las semblanzas de los artistas que escoge como más representativos de la zona: el cante, el toque y el baile: los Pavón, Vallejo, Caracol, Niño Ricardo, Riqueni, Matilde Coral y los Farruco, Marchena, Menese, La Niña de la Puebla, Lebrija-Utrera-Morón, en donde no olvida glosar la guitarra de Diego del Gastor, son tratados con objetividad y con sensibilidad.

Jerez es uno de los pilares fundamentales en lo que a proliferación de artistas se refiere, el universo de la bulería, de la seguiriya y también de la soleá, aunque esta última no es considerada por el autor para esta zona. El tratamiento sobre Manuel Torre es esencia, aunque no otorga el mismo sitio a Chacón, y estudia a los grandes genios de los últimos tiempos: Paquera, Terremoto, Chocolate, aunque este último a Jerez sólo le debiera su nacimiento.

Desarrolla con detalle y acierto el estudio de las familias cantaoras: Sordera, Agujetas y Moneo, para pasar finalmente al falemcno actual : Mercé, Diego Carrasco, de la Morena, Capullo, etc… Y cierra Jerez con un repaso a la escuela guitarrística y al baile.

Y Cádiz con su campiña gibraltareña, zona en la que Vergillos no considera necesario desarrollar teorías sobre su condición histórica de elemento aglutinador de culturas, al darlo por sabido. A partir del estudio de las alegrias y otras cantiñas como cantes genuinamente gaditanos, se adentra en e luniverso de sus personajes, todos extraordinarios, todos imprescindibles, desde el Planeta a Chano Lobato, desde el Mellizo hasta Juan Villar, dese Aurelio Sellés a Camarón, desde la perla a Sara Baras, desde la Mejorana a Paco de Lucía…

Las Rutas del Flamenco es un trabajo introductoria, como hay otros en el mercado. La diferencia es que está estructurado de una forma poco explotada, por zonas geográficas y cuyo orden permite cierta arbitrariedad. Una estructura donde el carácter irreverente y autocrático de Juan Vergillos se encuentra cómodo y así, puede desarrollar su óptica sobre el flamenco y darle libertad a su sobresaliente pluma. Seguramente, este es el mayor acierto, y en este sentido, siempre es un placer acudir a los textos escritos por este autor jienense afincado en Sevilla, acreedor de varios premios literarios, riguroso en su forma de abordar la historia y afinado en su manejo de los adjetivos.