La experiencia para la evolución


Opinión
Marcos Escánez


Va siendo hora, y es posible que alguna vez lo haya usted pensado, de dejar en un receso conceptos como ‘innovación’ y ‘sinergia’, tan manidos, tan mal utilizados, tan ultrajados...; pasa con ellos como con los conceptos nobles y positivos: a fuerza de usarlos nadie sabe muy bien lo que significan y, lo que es peor, se cometen en su nombre los mayores atropellos.


Y es que, en nombre de la innovación, los mismos que nos han presentado canciones y tonadillas con fraseo andaluz y letras de mal gusto, abogaban incomprensiblemente por la defensa de la pureza y del arte congénito; se ha hecho evolucionar el significado del término “fusión” hasta un decadente pastiche en el que todo vale; han incorporado el adjetivo “Internacional” al nombre de determinados eventos y nos han hecho creer que una organización innovadora es sinónimo de más y más grandes eventos, con más presupuesto y, lo más importante, más ingresos.

Del mismo modo, en nombre de la sinergia se han sumado churras con merinas unificando los criterios de la industria discográfica del flamenco con la del pop, y como consecuencia, sólo se graba lo que se vende, y sólo se vende lo que gusta a más gente, de manera que los palos en uso se han reducido a aquellos que gozan de cierta vivacidad rítmica, hasta el punto de ser considerados baluarte de la raíz. Tómese como ejemplo el resurgimiento del Tanguillo como una de las formas más abiertas musicalmente hablando, cuando este siempre fue cosa de carnaval; o la importancia que adopta, y que nunca tuvo, la bulería jerezana en el panorama general del flamenco. Ahora, parece que Jerez es importante por su bulería y se obvian sus soleares y sus seguiriyas. Lo que realmente sucede es que en nombre de la sinergia, unos van montados en la carroza más alta y espectacular de la cabalgata mientras que otros la ven pasar de lejos. Una cabalgata, que todo hay que decirlo, cada vez con menos carrozas, que pasea por calles más estrechas y con un recorrido más corto.

Es necesario, pues, poner el diccionario en su sitio y olvidarnos de conceptos nobles, o de llamar a las cosas por su nombre: se puede innovar sin aportar nada, no digamos ya esencial, sino sólo notable, ni nada hermoso. Usted puede añadir una ‘hot guitar’ con sones metálicos a una soleá, y plañideras que lloren a su espalda, y ponerlo todo en un espacio minimalista o surreal, dejar al público libertad para que camine por donde quiera, incluso por el escenario, y habrá incluido muchos ‘nuevos’ elementos en la ejecución, pero nada esencialmente nuevo en la concepción. Así que ya es hora de decir basta a las sillas de dos patas que se han ido planteando con las nuevas líneas (otras no tan nuevas), que confundiendo ‘innovación’ con ‘creatividad’ han maquillado la forma sin modificar el fondo, o lo que es peor, han pretendido que esto sea suficiente para todos. También es inmovilista el que piensa que la obligación del artista es exclusivamente la evolución, porque la evolución es una consecuencia de la creatividad y no de la innovación.

Es más, me atrevo a vaticinar que todo aquél que las confunda, artistas, empresas, instituciones que no respeten o fomenten la creatividad están abocados al fracaso. Exijámosla pues... Creatividad en el arte, creatividad de los artistas; dignidad y seriedad en la organización de los eventos, en la elección de los espacios, en la presentación y comunicación de nuestros productos, para que no hagan sólo mercado, sino, y sobre todo, enriquezcan un corpus cultural,... ¡Ésa es la única sinergia que necesitamos!

Y conste que ésta no es mi batalla personal ni me considero amigo de causas perdidas. Lo único que sé es que yo soy el máximo responsable de mi propia experiencia, y si usted piensa como yo, sabe que el único método para cambiar las cosas tiene su inicio en uno mismo.

La creatividad sólo podrá imperar si el espectador, el crítico y el organizador, pese a pertenecer a mundos tan dispares, son objetivos en sus percepciones. El espectador desde el gusto y la exigencia de gusto; el crítico desde la responsabilidad y el conocimiento alejado del consejo paniaguado o el peso de la tradición; el organizador desde el convencimiento de que ‘lo bueno’ siempre es rentable. Y eso sólo será posible desde la autoestima, ya que ésta es el juicio de valor que hacemos de nosotros mismos, la evaluación que lleva implícita la comparación con los demás. Ése será el tiempo de la ‘creatividad’, porque casi todo ha sido innovación y sinergia en los últimos 20 años.

Aún así, el Flamenco tiene que aprender de otras manifestaciones musicales minoritarias que han tenido una actividad comercial más emergente y vitalista: tiene que abandonar el espíritu rebelde que le hace depender de la Administración, tener ‘conciencia de subsidio’; entender que las deudas históricas que no están saldadas, esas deudas que les concedía el derecho a pensar que todo el mundo les debía algo, son una lacra para el futuro. Agudicemos nuestra imaginación para crear fórmulas nuevas, o simplemente para un nuevo entendimiento; porque esa balanza nunca podrá estar equilibrada. La actitud de modificar el caché en función de que pague una peña o un ayuntamiento suena a reminiscencia de ese deambular entre el trapicheo y la mendicidad de nuestros cantaores de siglo pasado en la venta de turno. Sería mucho más profesional y razonable que el caché dependiera de la responsabilidad asumida por el aforo del espacio.

El sota, caballo y rey mensual de las peñas, porque la cosa no da para más..., nos hace olvidar que afortunadamente existen estos focos de afición que ninguna otra música ha sabido ni ha podido mantener, y que son el caldo de cultivo perfecto para la divulgación, formación y disfrute de esta cultura. Bastaría con hacer prevalecer el carácter asociativo de sus estatutos para que dejaran de ser el cortijo de unos pocos.

El tradicional formato de los maratonianos festivales están pidiendo a gritos una revisión seria, que ya empieza a no ser suficiente con el alejamiento y el control de la barra... ¿Por qué parece tan descabellado exigir conocer de antemano la duración del espectáculo, el orden de intervención de los artistas, o que las sillas no se te claven por ningún sitio...?, y ¿por qué en un festival donde cantan varios artistas, todos repiten siempre algún palo hasta rozar el cansancio del espectador?

Pero claro, ahora que el flamenco está mejor que nunca, hablar de creatividad puede parecer una anacronía u otra de sus grandes contradicciones. En otros órdenes de la vida, sólo se habla de creatividad en tiempos de crisis. Pero así de paradójico es nuestro flamenco... Mientras unos intentan que sea declarado patrimonio de la humanidad, otros reclaman su autoría. Y pensamos que es incompatible, pero alguien tuvo que diseñar, crear, ejecutar la Alhambra, ¿no?

Afortunadamente, será la humanidad quien determine a quién pertenece, ahora, que contamos con un mayor número de artistas nacidos y educados fuera de Andalucía, ahora que fuera de España han dejado de apreciarlo desde el espíritu del romanticismo histórico para entenderlo como una realidad cultural, ahora que hemos descubierto la diferencia entre pasión y mérito, y sabemos que el primero no se puede comprar y que el segundo es siempre barato. Estarán de acuerdo conmigo en que este complejo entramado requiere fuertes dosis de creatividad para seguir evolucionando razonablemente.