Flor de Canela


Discos Flamencos
Capullo de Jerez
Flamenco en el Foro, 2007
Miguel Angel Aguilar Avilés


Cuarto disco del Capullo de Jérez. Toda una artistaza. Y es que el masculino se queda neutral para definir a personalidades cantaoras tan fuertes como la de Miguel Flores.

Resucitado de entre los muertos discográficos el año 2000, con su disco “Este soy yo”, para mayor gloria del flamenco; y que apedreen a quien esto escribe los enciclopedistas, que lo suyo son los datos, y lo mío los sentimientos.

Este disco no pasará a la historia del flamenco, pero usted debe oir sus 35 minutos de duración si le gusta el flamenco. Así de crudo y de cierto: se trata de un disco con claros tintes comerciales, sin grandes aportaciones letrísticas ni formales, pero eso, en las manos del Capullo, es mucho más que cien cosas en las manos del común de los flamencos que pupulan por la fama y la actualidad discográfica del flamenco. Es lo que tiene el arte, y los que tienen arte.

Un disco plagado de rumbas, bulerías y tangos livianos (nada que ver con las “livianas”, sino con la levedad) claramente pegadizos, en donde el protagonista es la voz y la interpretación del Capullo, personal y verdadero, alegre. Disco de verano, llamémoslo.

El disco se arropa, primordialmente, con las guitarras de Diego Amaya, Niño Jero, Jerito, percusión y palmeros. Y se agradece: que no sea un disco atosigado por pianitos y trompetitas delebles (sólo son utilizados como protagonistas principales en la rumba que abre el disco y, teniendo en cuenta el nulo criterio musical de las radio fórmulas, me juego una falseta a que la utilizarán como singuel, por supuesto). El disco, en contra de lo que su publicidad anuncia, también incluye piano, bajo y vientos (sintetizados o no: es igual) pero no molestan, ni andan disimulando carencias, que es su función más habitual en los discos de flamenco.

Supongo que este disco no es más que un escalón en la -espero- futura y prolífica carrera discográfica del cantaor, un disco de transición aparecido para que no decaiga el nombre del Capullo en los circuitos de programaciones flamencas. A este respecto no tengo nada que objetar, tan sólo desear que el jerezano no se deje llevar por la inercia de este tipo de discos cómodos de hacer (cómodos no por lo festero, sino por lo liviano del trabajo artístico) que han conducido a su paisano José Mercé a una vacuidad artística un tanto innecesaria en pos del necesario –que no vil- metal. No hay flamenco puro o flamenco descafeinado, para mí, hay arte –en sus mil y una formas- o productos de usar y tirar. Y en este disco del Capullo hay verdad, no a borbotones ni hasta los tuétanos, como en sus dos discos anteriores, pero la hay. Debe de ser verdad eso de que el “Capullo la lleva dentro”, como él mismo canta.

Estamos, pues, ante un disco al que se le podrían achacar muchos defectos a la hora de exigirle arte a un artista. Pero resulta que la personalidad del Capullo se sobrepone a esos achaques, y hace que disfrutemos de sus modos y maneras, olvidándonos de pecados (por omisión) que sus manos percibimos veniales.

Dentro del flamenco actual, estamos más o menos acostumbrados a toparnos con grandes voces, pero el hecho de toparnos con una gran voz que, además, tiene personalidad, e intención, es un fenómeno que no debiéramos dejar pasar por alto, por la cuenta que nos trae, porque grandes profesionales hay muchos, pero artistas: contaditos.

Lo mejor: Los tangos titulados “La culpa”, la soleá por bulerías y las bulerías de jérez. Y alguna letra como “A un poeta le encargué/ un poema para ti/ y tanto le hablé de ti / que el poeta me contestó/ niño: escríbelo tú por mí”. Y que, hasta el próximo disco, nos deja tiempo para que busquemos y descubramos al Tío Mollino de Algeciras…

Lo peor: Que no es el Capullo rindiendo al 100% de lo que es él, ni mucho menos. Pero no es menos verdad que un artista, para sacar todo lo suyo en condiciones –más aún si es compositor, como el Capullo- es fácil que necesite más de uno y dos años. Y la industria comercial y sus discos exigen nuevos cds con los que mantener vivo al producto hasta que llegue “el disco verdadero”. Ese beneficio le daremos al Capullo. Tan sólo le pedimos que no se le ocurra hacer suya esa tradición tan de artistas sevillanos de, a base de postponer obras maestras, acabar no haciéndolas jamás.