Festival Flamenco Caja Madrid


Opinión
Pablo San Nicasio


TEATRO ALBÉNIZ 1-2-08
Festival Flamenco Caja Madrid

……y llegó “El Torta”



Empezó el mes pero siguió el festival flamenco que abre el calendario en la capital.

En el comentado y polémico Albéniz, “Capullo de Jerez”, “El Lebrijano” y “El Torta”. Cartel de tres espadas más que curtidos y con la expectación por las nubes. Como durante todo el festival “Caja Madrid”, el teatro de la calle Paz se llenó e incluso se olía a reventa pocos minutos antes de empezar el concierto.

Muchos flamencos conocidos entre el público, pero quizá menos jóvenes de los que suele llevar consigo un artista como “Capullo”. Lo mismo estaban de viernes.

Abrió Miguel Flores en una bulería por soleá saliendo al escenario antes incluso de que subiera el telón, con su habitual cuadro. Tres palmeros, uno de ellos también con el cajón y su inseparable y joven guitarrista Manuel “Lolo” Jero.

Demasiada frialdad en el ambiente durante la intervención del jerezano. El público no se metió en obra y en ningún momento se llegó al calor de noches anteriores, ni al éxtasis con que se suele aclamar a este cantaor tan peculiar. No obstante, a sus incondicionales les regaló esa escenificación tan suya, esa gestualización, esos ojos desorbitados, puro instinto, pura circunstancia…por si hay alguno al que le valga.

Tras el arranque prosiguió por siguiriya y sólo cuando empezó por tangos aquello empezó a tener vidilla. Esto vino a coincidir además con una mayor claridad en su decir. Miguel limó algo de su estética personal para sacar más mensaje, más vocalización y quizá también algo de guiño a la galería. Se notaron las tablas y los recursos de este artista cuando se mete a compás. Lo más ovacionado de su actuación fue el cierre con esa letra tan suya de “…lucha por la libertad”.

Al comenzar su última intervención por bulerías, todos sabían que el momento del “Capu” esa noche había pasado. Además, en este cante se extendió más de lo que público y evento se podían permitir. Hubo hasta algún corrillo de espectadores que mostraron claramente su descontento con el cantaor. “Capu” esta vez no tuvo tanto poder…

Juan Peña “El Lebrijano” llevó un cuadro con las mismas características que su antecesor para hacer un flamenco diametralmente opuesto. Pero tampoco llegó en exceso al público, caso similar a “Capullo”. El cante de Juan se basó en composiciones de menor nivel jondo y exigencias que las de sus compañeros de cartel, aunque con un resultado bastante interesante por lo melódico y estético. Este cantaor se ha pasado media vida buscando, en algunos momentos encontró y claro, el que tuvo retuvo.

Piropos del público a la belleza del guitarrista, qué cosas, y repito, un encefalograma plano en el marcador de las emociones si lo comparamos con otras jornadas. Era, de largo, la noche menos caldeada de lo que llevábamos de “Caja Madrid”.

Juan Peña llegó a pedir las palmas por tangos del público para uno de sus temas pero, misteriosamente y acto seguido, cantó por soleá. Bien hecho porque el horno no estaba para bollos y aquello no era auditorio para esas cosas.

Más tarde habló de las bulerías, de su letra, de la emoción que suponía cantarla, de un pasado duro, hizo un alegato a favor de la infancia…

La siguiriya resultó corta, sin un cierre preparado…vimos a un “Lebrijano” con relativamente buenas facultades cantaoras, pero con unas algo mermadas condiciones físicas y escénicas.

Hasta que llegó el descanso llevábamos dos horas sentados y lo mejor había llegado de las manos de los de la sonanta.

Manuel “Jero” es un fenómeno de flamencura sobria. Ni un guiño virtuosístico y qué gitano y en su sitio sonaba todo lo que tocó.

Por su parte, Pedro María Peña se explayó desde el primer momento en sacar partido de una noche que, visto lo visto, tenía visos de poder ser la suya.

Su cumbre, en las falsetas de las bulerías que “El Lebrijano” llevó para cerrar su intervención.

Pero con “El Torta” llegó lo que buscábamos. Ante todo mucha flamencura. Y condiciones para salvar de la quema el asunto.

El amigo no hizo sino aparecer en escena y su cante claro, expresión rotunda y fenomenal medida, empezaron a dejar quietos los traseros en las butacas. Hasta entonces teníamos la moqueta hecha cisco.

Sus alegrías iniciales devolvieron los olés al teatro, en la soleá llegó un desgarro tremendo. La malagueña fue sencillamente antológica, con un Juan Manuel Moneo que hizo llegar la reunión a su clímax con un preciso y precioso trémolo y el posterior cierre de “Torta”.

Estaba claro que la noche ya tenía un nombre y de ahí hasta el final comprobamos como la seguiriya, los tangos y las bulerías con medida, sin nada más que la entraña de un artista…dan mucho juego.

Mucha emoción en la letra por tangos que homenajeaba a Luis “el de la Pica” y precioso acompañamiento de la guitarra. Fue una noche, repito, de buenas sonantas.

Se pidió el bis y de nuevo se fue por bulerías. “El Torta” demostró que en el flamenco los discos destrozan a los buenos artistas porque en directo ganan exponencialmente llegando a lo que son. A los mediocres la industria del CD es capaz de darles de comer. A los grandes de verdad, sin embargo, los directos les permiten decir quiénes son en realidad y darnos de comer y beber hasta emborracharnos, a todos los demás.