El salón de baile. Bienal 2018


Opinión
Rafaela Carrasco

José Cenizo Jiménez


Espectáculo: El salón de baile. Dirección artística y coreográfica: Rafaela Carrasco. Dirección musical: Jesús Torres. Dirección de Orquesta: Manuel Busto. Baile (solistas): Javier Barón, Rubén Olmo, David Coria, Tamara López y Rafaela Carrasco. Cante: Antonio Campos y Miguel Ortega. Guitarra: Jesús Torres y Juan Campallo. Dirección coreografía: David Coria. Iluminación y espacio escénico: Gloria Montesinos. Voz en off: Jesús Vigorra. Espacio sonoro: Ángel Ogalla. Teatro Maestranza. Día: 26 de septiembre de 2018.


“EL SALÓN DE BAILE”, EL REINO DE LA ELEGANCIA Y LA MAESTRÍA



Noche grande, noche de calidad y disfrute artístico. Ya en el mismo programa de mano se anunciaba de altura viendo la trayectoria artística de Rafaela Carrasco, Javier Barón, Rubén Olmo, David Coria y Tamara López, cinco formas distintas y complementarias de entender el baile en escena. Juntas, un goce para los sentidos y un acicate para la afición que quiere vivir grandes momentos.

En el programa una original forma de presentar, a la antigua usanza, los diferentes cuadros; por ejemplo, el cuarto: “El bailador Javier Barón, que según parece con mucho estilo y arte tanto por la escuela flamenca (y no de pintura) como en los graciosos bailes naciones, ejecutará un baile por Soledades” o el séptimo: “Es la hora bruja en que los duendes de Sevilla han saltado a las guitarras de Torres y Campallo, han rodeado a los cantadores Campos y Ortega y les han hundido en el profundo sentimiento de la Malagueña”. Ahí queda eso, casi un ejercicio poético. Y el buen regusto que te deja, desde el papel, y no digamos luego al verlo, el doce: “La velada resultará agradabilísima con la linda señorita Rafaela Carrasco luciéndose en el número de baile por Garrotín, que seguro será del agrado de todos”.

Este espectáculo pretende mostrar la convivencia entre formas flamencas incipientes y estilos de la escuela bolera con la mezcla muy bien organizada de bailarines y bailaores que nos dejan unas estampas magníficas, armónicas, muy bien arropadas por la iluminación, el vestuario y en general la composición escénica, bajo la dirección encomiable de Rafaela Carrasco. Un salón de baile variopinto, incluso con orquesta (aunque es lo que menos nos convenció y sedujo personalmente, lo más prescindible), simbiosis y engranaje perfecto de un momento, mediados del XIX, en que el flamenco empezaba realmente a crearse con fuerza y diferenciación. Baile flamenco y danza hermanados por estos grandes artistas, acompañados por un cuadro a su altura, por unos cantaores de gran categoría, por unos músicos muy profesionales. Y el recuerdo de esas formas entre lo uno y lo otro: las Soleares de Arcas, el Polo del maestro Ocón, el Jaleo de Jerez, el Vito, el Ole, los Panaderos, la Cachucha junto a las Malagueñas, la Farruca, la Soleá, el Garrotín…

Un ejemplo de precisión técnica, de elegancia artística, una muestra convincente con momentos extraordinarios como, por citar algunos y siempre en nuestra opinión, la soleá de Javier Barón -elegancia pura en el braceo y en los movimientos escénicos, catálogo magistral de baile flamenco clásico y eterno-, las malagueñas de ensueño de los cantaores -Antonio Campos y Miguel Ortega, tocando la guitarra uno para el otro, con una seguridad envidiable-, el zapateado de Rubén Olmo, demostrando su amplio espectro de conocimiento del baile, su versatilidad y categoría, o la pieza de remate, el garrotín bailado por Rafaela Carrasco, que, como decía el programa, fue, en efecto, “del agrado de todos” por su colorido, su riqueza de matices, su finura.

Un lujo para los sentidos, un alivio para los pesares esta tan alta y abundante belleza. Un fascinante viaje al pasado con mucho futuro, un gran espectáculo que dejará huella en la Bienal del 2018 y que debe seguir mostrándose por los teatros de Andalucía, España y la Humanidad, por decirlo en términos de Blas Infante.