El guitarrista Alberto Vélez


Investigación
Antonio Nieto Viso


EN RECUERDO A ALBERTO VÉLEZ UN CLÁSICO DE LA GUITARRA FLAMENCA.


A lo largo de mi vida profesional, he tenido la suerte de entrevistar y conocer entre otros personajes, al gran guitarrista Alberto Vélez, un hombre sencillo, fácil y amable, dispuesto a enseñarte todo lo que sabía, que era mucho.

Aunque ya no está con nosotros, puesto que falleció a las once y media de la mañana del 7 de Abril del año 2005, como consecuencia de una dolencia coronaria que padecía desde hacía años.


La guitarra flamenca, no siempre ha tenido una época tan feliz como la actual, sino que ha efectuado un largo recorrido generacional pasando por Ramón Montoya, Sabicas, Niño Ricardo, Paco de Lucía, o Manolo Sanlúcar, sin que ello signifique menoscabar a otros grandes de las seis cuerdas.

Antes de adentrarme para glosar a esta gran figura, quisiera destacar de él que me alegré muchísimo de que viviera ya jubilado en su casa con una buena situación económica rodeado del cariño de su familia y de sus amigos.

Alberto Vélez García, ese era su nombre completo, nació a la una de la madrugada del día 3 de Febrero de 1921 en el Cerro del Andévalo, pueblo de la provincia de Huelva. Sus padres fueron el matrimonio formado por Alberto Vélez Sánchez y Carmen García Ventura.

La formación artística de sus progenitores resultó muy decisiva para el futuro guitarrista. Su padre, carpintero de profesión, así como constructor de guitarras, laudes y bandurrias, además de un excelente afinador de pianos, para completar el perfil biográfico, su madre fue cantante.

Cuando nuestro concertista tenía siete u ocho años, su padre lo puso a aprender solfeo con el maestro Bautista, que era el director de la banda municipal de su pueblo. Deducimos, que la enseñanza musical le sirvió muchísimo para su larga carrera artística, y conseguir ese limpio toque que escuchamos tanto en concierto, como acompañando a grandes figuras del cante desde que tenía quince años, en que optó por el toque de acompañamiento. Su base musical la completó con el método de Dionisio Aguado, guitarrista que nació en Madrid en 1874, y murió en Fuenlabrada pueblo del cinturón del su madrileño en 1849.

El autor de sus días, muy metido en los ambientes flamencos, se trasladó con toda su familia a Sevilla, donde los cantaores Antonio el Sevillano, Canalejas de Puerto Real, Pepe Marchena, pero sobre todo, Manuel Vallejo, le convencieron para que dejara el toque clásico y se pasara al acompañamiento, que por aquellos entonces se ganaba más dinero.

Manuel Vallejo lo puso a aprender escuchando Aquellos antiguos discos de pizarra de Antonio Moreno, una base decisiva para poder acompañar a los cantaores en las giras o bolos, como Alberto le gustaba llamar a estas actuaciones por todos los pueblos de la geografía nacional.

Con nostalgia me contó en una entrevista para Radio Nacional de España, que lo pasó muy bien en el servicio militar. El general Alcubillas, jefe de música de la legión, le obligó a dar un concierto de guitarra, y que cuando este mando militar lo escuchó, se lo llevó a la plana mayor, unidad en la que estuvo hasta que se licenció, librándose de ir al frente militar de África.

La primera oportunidad se le presentó a los 17 años, cuando lo llamaron para acompañar a la Niña de los Peines, y a su hermano Tomas Pabón, que lo dejó frío cuando todos los presentes en la fiesta tomaban vino, él gran Tomás se tomó un vaso de leche, y se arrancó a cantar por seguiriyas como jamás lo volvió a escuchar a nadie más.

Por enfermedad del Niño Ricardo, que lo habían operado de la garganta, lo llamaron para sustituirle, y así acompañó entre otros, al Niño Gloria, me contó que se ponía muy colorado cantando, y que no llegó a más porque era corto de repertorio, por eso se ayudaba la vida vendiendo pescado con un carrito por las calles de Sevilla en aquellos difíciles años.

El amor lo trajo a Madrid para siempre. Tenía un ligue en Sevilla con una señora casada que se vino a la capital de España, y él detrás, en un principio le costó abrirse un hueco como guitarrista.

Posteriormente, volvió a brillar su buena estrella, ya que Ramón Montoya se lo llevó, y le enseñó todos los secretos de la guitarra, cariñosamente le llamaba “Macaco”, y le tuvo mucho aprecio.

Alberto Vélez tuvo mucha relación profesional con Ramón Montoya, él creyó siempre que fue un creador del que aprendieron payos y gitanos, pero él creyó conveniente inclinarse por el toque del Niño Ricardo porque le gustaba más.

En otro momento, me dijo que guardó un cariño especial por Manuel Vallejo, al que acompañó muchas noches, como también a Pepe Marchena; pero el cantaor que más le gustó y le hacía llorar de emoción fue Antonio el Sevillano, que tenía un repertorio de cantes que los hacía muy bien, pero que era inseguro, esta fue la razón de los altibajos en su carrera.

Fue un hombre de conversación amena, educado y amable, que no conoció la maldad, siempre dispuesto a contestar a las preguntas, así como a enseñarte cuanto sabía. Aquella mañana de la entrevista tocó por todos los palos requeridos en cualquiera de las cuatro guitarras que tenía a mano en su casa, en una de ellas era visible la mueca de donde ponía la cejilla cuando acompañaba a Manuel Vallejo.

Otro día, también me contó que una noche en Villa Rosa, tablao que todavía está en la plaza de Santa Ana de Madrid, estuvo desde las doce de la noche hasta las siete de la mañana acompañando a Antonio Mairena, que le cantó por seguiriyas sin repetir ninguna. Con total objetividad me reconoció el magisterio y la grandeza de Mairena.

De Ramón Montoya, me dijo, cito textualmente: “Todo el mundo cree que la rondeña es de Montoya, pero no, el toque por rondeña, lo creó Tárrega; que este se la enseñó a Borrull, y de este pasó a Montoya. Lo que pasa es que Ramón era un fenómeno, que fue él quien la dio a conocer”.

El toque de Alberto Vélez, era y es, porque afortunadamente está recogido en el microsurco, limpio, libre de florituras, el más adecuado para cada cantaor que estuviera a su lado. Conocía muy bien la copla, por eso estuvo en la compañía de Cocha Piquer, donde conoció y se enamoró de la bailarina Raquel Lucas, una mujer encantadora, con la que se casó el 18 de Marzo de 1953 en la capilla de la virgen de la Novena patrona de los artistas en la iglesia de San Sebastián. Los novios fueron apadrinados por Antoñita Moreno, y Rafael de León, todo un acontecimiento en el que firmaron como testigos del enlace Antonio el bailarín, Manuel Quiroga, y Vicente San Juan Castejón. Fruto de esta unión, son sus dos hijas muy bien situadas.

Siempre le admiré por su sinceridad, cuando le pregunté ¿quién es el mejor guitarrista? Me contestó sin dudarlo, Paco de Lucía, ese es el mejor de todos los tiempos, a pesar de que sentía predilección por Manolo Sanlúcar, del que creía que es un genio de la guitarra y de la música con muchas facultades. Conocía muy bien al sanluqueño, ambos se adoraban y se admiraban. Se conocieron en el tablao madrileño Las Brujas allá por el año 1969. La prueba del respeto y cariño de Manolo por Alberto la dejó patente para siempre en su disco Mundo y Formas de la Guitarra Flamenca, en cuyo último corte figura el tema Brindis para Alberto Vélez.

Tampoco se escondió a la hora de reconocer que para su gusto, el mejor bailaor ha sido Antonio Ruíz Soler. Cuando trabajaba a su lado decía: “Levantaba un brazo, y ya estaba preparado, ya está aquí el miura pensaba para sí, salía con mucha fuerza, y teníamos que estar preparados los guitarristas para seguirle con el toque”.

Recordaba con cariño la gira que realizó con Antonio en 1952 por Holanda, y otros países europeos, que le llevó a la conclusión de que el flamenco no tiene fronteras.

Con los carteles de aquellos años en la mano, pudimos comprobar que su nombre aparece en las compañías de Juan Valderrama acompañando a la Niña de la Puebla, el Cojo de Huelva, Manolo el Malagueño, el Sevillano, José Cepero, Manuel Centeno, el Posadero, Jacinto Almadén, Niño de Bárbate, Pepe Azuaga, y la Niña de Castro.

Metidos como estamos en documentos de sus actuaciones, destacamos la que tuvo lugar en el Cambridge de Londres, junto a Rosario y Antonio en 1953. De esa misma fecha es la actuación en la que tocaron en un concierto en París con Mario Escudero en el teatro de los Campos Elíseos.

Intervino en películas como guitarrista, entre las que lo recordamos, Rumbo a Río, Cabriola, y la Nueva Cenicienta con Marisol como protagonista; así como en La Reina Mora, que protagonizó Antoñita Moreno y Pepe Marchena.

Pero cuando Alberto estaba en lo mejor de su carrera, una enfermedad en un dedo de la mano derecha le impidió continuar tocando, por lo que se dedicó a la enseñanza como profesor en el Real Conservatorio de la Escuela de Arte Dramático y Danza de Madrid, hasta su jubilación.

Su toque ha quedado registrado en muchos discos, como el de 1957 acompañando a Fosforito. En la Magna Antología del Cante Flamenco, volumen cinco; así como con Manolo el Malagueño, y en la serie Figuras del Flamenco.

Con todo lo expuesto, creo haberle rendido este homenaje de reconocimiento al gran guitarrista Alberto Vélez.

Les dejó con su toque en esta grabación con una zambra en el enlace que completa este homenaje.