El Flamenco en Madrid


Libros
José Blas Vega
Almuzara (2006)
Marcos Escánez Carrillo


No es la primera vez que Blas Vega escribe de este tema, y a pesar de ello, el elemento sorpresa es algo que no pierde el autor, sea cual sea su planteamiento literario. La importancia que Madrid ha ejercido sobre el flamenco es innegable. Así y todo, la historia que plantea tiene comienzo en el siglo XVII, en los sainetes de don Ramón de la Cruz, en los que se mencionan los juguetillos con la más flamenca de las acepciones.

Desde aquí, pasa al majismo madrileño, ubicado principalmente en los barrios de Lavapiés y el Barquillo, pero el dato que goza de interés es, sin duda, la fecha en la que esto está documentado. Aproximadamente 100 años antes de su existencia en Andalucía. Al identificar en el fenómeno del majismo un importante antecedente del perfil flamenco, sin decirlo, queda dicho.

Y después del sainete, la tonadilla. Y la sigue con distintos documentos que Blas Vega plantea como posibles antecedentes relacionados con los corridos y los cantes sin guitarra. Conjeturas sobre las “tiranas” y la presentación de documentos que sitúan su práctica en la capital española. Presenta signos de que el Mirabrás, zorongo, zambra, fandangos, seguidillas y boleros aparecen en documentos de diversa tipología, ya en el siglo XVIII.

De igual forma trata el aspecto sociológico y la aparición en los sainetes de distintos estereotipos relacionados históricamente con el flamenco : los ciegos que cantan historias en la calle, gitanos que venden su arte, o lo que el autor plantea como el primer cantaor de la historia de acuerdo con un poema aparecido en la prensa catalana de 1794.

Dice literalmente : << Actores, tonadilleros, majos, gitanos, ciegos… estaban haciendo la génesis del cantaor flamenco, un personaje, un artista, que tomará definición y figura en el siglo XIX, y de cuyos antecedentes poco sabemos todavía, pero estamos casi seguros que este ambiente del preflamenco madrileño tuvo mucho que aportar, pues en él se dieron los condicionantes apropiados para ello >>.

A lo largo de casi toda la obra, José Blas Vega, intenta demostrar la relación que tiene Madrid con el origen del flamenco. Es, en definitiva, un ejercicio asociativo a partir de una hipótesis, que a nuestro entender, requiere la necesidad de ahondar en su estudio, pero sobre todo, de un mayor espacio donde el autor pueda ser más contundente.

El autor es un erudito del dato y lo demuestra particularmente en el repaso que realiza a continuación sobre el mundo de la guitarra. Dicho repaso parte de la disciplina de la construcción y sin olvidar nada, desemboca en la ilustre figura de don Ramón Montoya. Se detiene en él y muy especialmente en su obra artística.

Para tratar el s. XIX continúa con la línea marcada desde el principio de la obra. Presenta información contrastada sobre las primeras apariciones del tango y la seguiriya. En la calle de Toledo se concentraban mesones, bodegones y tascas donde acudían y vivían numerosos andaluces. En ella se ubican varios “Bailes de candil” con estampas siniestras muy de la época; al igual que se incorporan obras teatrales andaluzas en los programas de los teatros madrileños.

De 1853 es la primera reseña de una actuación o fiesta pública flamenca y de la que varios periódicos se hicieron eco. En dicha fiesta están presentes Santamaría, sevillano creador de una soleá; Juan de Dios, nombrado por Estébanez Calderón en sus Escenas Andaluzas; y varios toreros afamados de la época. En este mismo año se celebran otros espectáculos y se requiere la presencia del Planeta y de María Borrico.

En esta época que nos ocupa, el cantaor Silverio es quien más prestigio alcanzó, dentro y fuera de Andalucía. Blas Vega recoge sus pasos por Madrid hasta su última visita, días antes de su muerte, en 1889.

Es notorio que en la etapa de los cafés cantantes, Madrid es un puntal. Nuestro autor tiene recogidos 85 establecimientos distintos, siendo sobre el Café de Cervantes la primera noticia aparecida sobre este tipo de espacios, allá por 1938.

El autor nos desvela que esta proliferación de espacios da lugar al fenómeno conocido como “flamenquismo”, donde lo artístico queda relegado a un segundo plano frente a la moda imperante de la chulería y el majismo. Todo esto despierta cierto rechazo en un sector de la población. Una suerte de Acción-Reacción que podría identificarse como “Flamenquismo-Antiflamenquismo”, y que encontramos, sobre todo, en el pensamiento literario de la generación del 98.

Es un hecho constatado que Madrid ha sido el destino de casi todos los artistas de épocas pasadas, y esto es así porque esta urbe es una gran consumidora de flamenco; y como es lógico, todo este movimiento es un perfecto caldo de cultivo para que desde la afición aparezcan numerosos artistas flamencos nacidos en la capital.

Con D. Antonio Chacón se identifica una época del Madrid flamenco, ya que marcó modas y costumbres, haciendo sobresalir la actividad de algunos establecimientos madrileños, tales como “los Gabrieles” y “el Villa Rosa”.

Y después de los cafés cantantes, el movimiento fue lo que conocemos como Ópera Flamenca, asociada a los escenarios de teatros y plazas de toros. Un movimiento principalmente impulsado desde la capital. El Teatro Pavón, Salón Olimpia, Teatro Romea, Circo Price o Teatro Fuencarral son algunos de los espacios escénicos que albergaron en sus tablas a las más importantes figuras del momento. La proliferación de espectáculos era tal que un aficionado podía escuchar flamenco cualquier día de la semana.

El baile es otro cantar. Madrid para el baile es plaza fundamental desde la perspectiva creativa, aunque es mucho más importante desde el aspecto de la formación, con enclaves emblemáticos para el aprendizaje de esta disciplina. Es tan importante que podríamos hablar de una verdadera escuela madrileña.

La época siguiente corresponde a la posguerra y décadas posteriores. Tiempo de ventas, fiestas íntimas y tablaos, de lo que quedan vestigios en la actualidad.

Otra faceta del estudio de Blas Vega es la que titula “Flamencología”, en la que recoge magistralmente una visión global de las publicaciones, estudios, movimientos asociativos y culturales; además de concursos, festivales y peñas como eventos aglutinadores de aficionados al flamenco. Época en la que Blas Vega ha sido testigo de excepción en unos casos y protagonista en otros.

Antes de terminar relacionando los artistas madrileños, por nacimiento o por convicción, casi a modo de reflexión, el autor se refiere a Madrid como impulsor y generador de una economía en torno al flamenco. Desde la industria discográfica, artesanal, editorial, como al resto de las actividades asociadas al flamenco. Pero lo que dota de extrema importancia el papel de Madrid en la historia del flamenco es, sin duda, su poder e influencia mediática, llegando incluso en momentos puntuales, a determinar los valores que diferencian lo mediocre de lo extraordinario. Y es que, el poder de la comunicación ha estado y está en Madrid.

A estas alturas, Blas Vega tiene poco que demostrar, y aún así, todos sus trabajos son una referencia básica. Este libro no es una excepción.