El almuédano y las tonás gitanas


Libros
Antonio S. Urbaneja
Univ. Málaga,1994
Miguel Angel Aguilar Avilés


Tenemos entre las manos un ensayo sobre los probables orígenes del flamenco cuya principal virtud es la claridad de las tesis expuestas y la abundancia de los datos históricos que conforman los distintos contextos tratados.

El autor, Antonio s. Urbaneja, acompaña cada tesis expuesta -la mayoría no contradictorias sino complementarias- con textos legales de la época de turno, lo que ayuda a una perfecta ubicación y comprensión, por parte del lector, de en qué situación se encontraban los musulmanes, moriscos, judíos, gitanos, etc. en cada uno de los momentos históricos abordados con el objeto de esclarecer el inicio y procedencia del arte flamenco.

Desde el almuédano (el miembro de la mezquita encargado de realizar la llamada a la oración) como posible bisabuelo del flamenco y las primigenias tonás, hasta diferenciar entre los gitanos béticos y los de Barcelona, el libro es del todo enriquecedor y su lectura necesaria para todo aquel interesado en la vertiente más histórica y científica del flamenco. Al margen de que pudieran ser rebatidas o no algunas de las tesis que el libro presenta, estamos hablando de un libro con contenidos concretos y tangibles, alejados de esa literatura flamenca tan proclive a hablar con juegos florales y duendes para acabar no contando nada en gruesos volúmenes y agendas. Las 80 páginas de “El almuédanos y las tonás flamencas” cumplen con una función informativa e historicista (necesaria) acerca del flamenco, con una efectividad cien veces más contundente que las 200 páginas de cualquier flamencólico cargado de metáforas y ¿duendes?.

Multitud son los temas abordados en el libro: los romances como fuente de la que afluyen las tonadas, las tonás, el papel de los gitanos en la formación y propagación del flamenco, etc. Y a ello hay que sumarle un prólogo-estudio sobre las tonás firmado por el estudioso y cantaor Alfredo Arrebola. El volumen se cierra, a modo de apéndice, con un extenso diccionario caló.

Un libro muy recomendable para todo aquel interesado en ahondar en los posibles orígenes del flamenco desde la información, en un terreno tan proclive a la conjetura como es el tratado.

A pesar de estar editado en 1994, hube de conseguir el libro gracias a una librería “de viejo”, de Granada, por más datos y homenajes.

Como pequeñísima muestra de los que el lector podrá encontrar, extraigo aquí algunas brevísimas ideas:

- Desde la España musulmana hasta comienzos del siglo XVII, en que “los moriscos de Murcia y Jaén y los que quedaban en Málaga y Granada ayunaban y cantaban sus rezos en el Ramadán”.

- Verdaderamente en el siglo XI es cuando la música andaluza adquiere su fisonomía peculiar (...) la poesía popular de entonces, el zéjel y la moaxaja, tenía su propia melodía, que la acompañó a Túnez y Marruecos y, una centuria después, de modo apoteósico, por todo el mundo árabe con e ingenio y la gracia del cordobés Aben Guzmán, el magnífico zejelero del Medivo.

- La mayoría de los autores coincide en asegurar que los gitanos no traían consigo la menor tradición musical, no disponiendo de un folklore autóctono ni nada parecido, en cambio en España ya existía en todo su esplendor el romancero castellano y morisco. Estos, los moriscos, gozaban de cantes y bailes que pronto aprenden los gitanos para utilizarlos en un profesionalismo que nunca han abandonado. Ellos han trasportado las fiestas camperas y de recolección a la urbe y al escenario. Y tuvo que ser así porque al morisco se le prohibió expresiones y costumbres, advirtiéndosele de la provocación de sus bodas, zambras e incluso se le vetó el uso de abluciones y baños.

Ángel Álvarez cuenta “que los judíos sefardíes residentes en los Balcanes cantan la petenera, que lógicamente integra su repertorio de viellas, canciones de España, lo que obliga a creer que de aquellos antiguos españoles la conocieron antes de su expulsión, después de la rendición de Granada en el 1492”. Pero asimismo se han escuchado peteneras en Turquía y otras tierras del Oriente Medio, igualmente interpretadas por judios sefardíes que no sólo continúan hablando el viejo español sino que conservan costumbres, tradiciones y cantes similares al flamenco, como esas hermosas peteneras.

- El calificativo de flamenco que se le da al cante andaluz se lo dieron los judíos españoles denominando así a aquellas melodías, entonces religiosas, que sus hermanos emigrados a Holanda y Flandes podían cantar en el culto sinagogal, tranquilos y sin miedo de la Inquisición.