Diapasión


Discos Flamencos
Chicuelo
Flamenco-Records, 2007
Pablo San Nicasio Ramos


Tiene apodo de torero pero no sé si le gustarán los toros. Es catalán y por esas tierras el asunto taurino no está muy en boga. Por lo menos ahora. Quizá sea cosa de la política. El caso es que el flamenco se podría asociar allí a tendencias parecidas pero, oye, en Cataluña esto sí está bien visto. Y además de estarlo desde siempre, a Juan Gómez le ha llamado de tal modo que ha sido lo que ha dado razón a buena parte de su existencia. Yo lo aplaudo, sea políticamente correcto o no. No es el tema.

Juan Gómez, pedazo de guitarrista que lleva dando vueltas con, entre otros, sus vecinos Poveda, Mayte Martín, Ginesa Ortega o Duquende, se animó en el pasado 2007 a grabar en solitario. Siete años después de su aplaudido “Cómplices” y aún con bastante fuerza entre los aficionados a la guitarra.

Y es que han sido muchas las veladas donde podíamos escuchar su guitarra y nos llamaba la atención el hecho de que no grabase de nuevo un disco solo. Dada su capacidad, su técnica, su sentido del acompañamiento, su saber estar a la altura de los más importantes del cante (en Cataluña están y de Cataluña son parte de los más grandes del flamenco actual)

“Diapasón” es su propuesta. Es también la suma de diez toques con resultado e implicación guitarrística a mi juicio, dispar.

Abre de una forma muy prometedora. Los fandangos “Tomodachí” son tres minutos y medio de aúpa. Para el agudo de oído una nota: hay que ver el juego que pueden dar cuatro acordes pegaditos, cromáticos, metidos a compás con criterio para hacer un temazo. El toque por fandangos se repetirá después, pero para el que quería empezar cañero aquí hay material. Del bueno.

Los tangos “A la deriva” sin embargo, no dicen tanto. Sobre todo porque no vemos a “Chicuelo” en el terreno que, quizá, más cómodo se encuentre: el de su propia guitarra y su personalidad musical. El resultado es un producto que, Dios mío, está dando un juego inmenso en el flamenco más genérico. Su guitarra no suda como en otros toques y todo queda más repartido, parece detenerse en buscar un esquema que, además, nos presenta otra voz camaronera: la de “Salao”.

“Somorrostro” son unas bulerías con un estilo algo deudor de las que Paco de Lucía tituló hace diez años “Río de la Miel”, sobre todo en la segunda parte, la que cambia a modo menor. Y ahí es cuando más flamencura observamos.

La rumba “Crema Catalana” sube el nivel del disco hasta las cotas del arranque. Su inicio es pausado, realmente es un espejismo que se seca cuando “Chicuelo” y el combo, violín destacado, se ponen a echarle ritmo al asunto. Resulta un caramelo para el oído y da buena muestra, otra, de que los guitarristas actuales han aprendido muy bien el oficio, necesario, de rumbear. Cuando un tema está acabado y queda redondo, se nota y no hace falta nada más que escucharlo tres veces: una para encender la luz de alerta, otra para tararearlo y otra para relamernos.

Con la nana “Diego” llegamos a otro apartado que está siendo últimamente muy explorado, el de los boleros, nanas y demás temas para llevarnos a la cama. “Chicuelo” dota a este corte de los timbres jazzeros que para estas veredas recomendó e impulsó, por ejemplo, el amigo Vicente con sus propuestas de “Ciudad de las Ideas”. La guitarra cede el peso casi por completo a los vientos de Raynald Colom, que es el que lleva la melodía mientras “Chicuelo” improvisa.

“Huelva”. No podría ser otra cosa que unos fandangos. Ahora bien, son de otra factura diferente a los primeros. El inicio es más rítmico que otra cosa, para ceder después protagonismo a la voz de “Londro”. Me quedo con una falseta de alzapúa justo antes de la entrada por última vez de la voz del mismo “Londro” y la muy bonita de Mónica Navarro.

“A tres” resulta ser una bulería en la que la textura musical es guitarra arpegiada. Las llamadas en este toque no se hacen notar y es más bien un juego a dos de muy bella factura entre “Chicuelo” y la viola de Elisabeth Gex. A mi juicio, la profundidad llega a partir de la mitad del tema. Momentos muy flamencos, nada virtuosísticos, pero con alguna progresión cromática muy bien entendida (como la que definía a los fandangos iniciales). El final tiene momentos camerísticos que recuerdan tangencialmente al lenguaje barroco.

De nuevo para oír la propuesta siguiente hay que empezar atendiendo al viento de Raynald Colom. “El Mirador”, la soleá por bulerías, mantiene un buen nivel sin duda porque deja más solo al guitarrista. Los espacios destinados a los coros y al motivo temático están bien separados de las falsetas de Juan y así se puede calibrar mejor, por un lado su calidad como guitarrista, por otro su papel como compositor.

Qué bueno que tengamos toques no muy “trillados”. La colombiana “Sambiana” es pura sintonía de la tele. Arranca a base de armónicos de la guitarra muy acompasados. Tema esencialmente guitarrístico y que, por lo original y lo fácil de escucha, ayuda más que complica para entender este toque.

“Alalhambra” es la propuesta netamente solista que, por granaínas, nos ofrece para cerrar “Chicuelo”. Muy pura, en la armonía y en la factura de conjunto. De las de toa la vida.

Juan Gómez es un guitarrista situado, dentro del escalafón de la bajañí, en un territorio difícil de marcar con exactitud. La compañía que hace a Mayte Martín, Ginesa Ortega, a Miguel Poveda, a Duquende, ya lo decíamos… le hace estar en vanguardia del flamenco de su tiempo. Quizá eso a la vez pudiera mermar su propio ímpetu solista. Me recuerda un poco a la situación de Juan Carlos Romero. Guitarristas de mucho nivel que, secundando a voces del mayor de los niveles, frenan su vida solista en un mercado, el de la guitarra de concierto, de por sí bastante complicado. La verdad, es lo que toca.

“Diapasón”, sin ser el disco de su vida, tiene un alto porcentaje de buena guitarra personal y estimables colaboraciones. Propuestas que a “Chicuelo” le servirán para seguir teniendo su propia tarjeta de visita y un rinconcito de orgullo cuando los aficionados descuidados le echen flores como acompañante.