De magia y pudor. Ángela Cuenca y Antonio Luis López



El pasado miércoles 26 de septiembre tuve la oportunidad de asistir a una Asociación Cultural llamada La Guajira, nombre que acaricia la ambivalencia del palo flamenco y su origen ubicado en tierras sudamericanas, lo que implica, de entrada, una clara falta de prejuicios, que además se respira en el ambiente.

La Guajira es una asociación cultural ubicada al pie del Alcazaba, que coloca un escenario en la azotea y utiliza como decorado el insigne monumento almeriense, aprovechando su iluminación nocturna y el cálido clima que nos regala esta tierra nuestra. Rinden culto a los artistas locales y defienden la iniciativa privada, aunque sea amparándose en el formato “asociación“ para poder seguir adelante. Hoy por hoy, son tímidas y escasas las iniciativas que en Almería han tenido lugar con este concepto. Por eso merece la pena de vez en cuando dar cuenta de lo que allí sucede.

Estaba programada la actuación de Angela Cuenca, una joven artista que si bien es cierto que no cuenta con una voz poderosa, si expone en sus intervenciones una excelente afición y muy buena técnica para desarrollarla. Con una megafonía excesivamente débil que nada ayudó a que su voz se luciera en una razonable medida, la cantaora despegó del silencio imponiendo su personalidad y haciendo prevalecer el buen gusto.

Se hizo acompañar de Juan David como segunda sonanta, Moi al cajón y Antonio Luis como primera guitarra. La verdad es que este guitarrista es el mejor síntoma de la salud de la afición almeriense al instrumento. La seguridad, lo redondo de su sonido y la belleza de las falsetas que acomete son una constante cuando aparece en escena.

De la selección de los cantes, incluso de los estilos en cada uno de ellos, solo cabe decir que supieron acertar, teniendo en cuenta la presencia de un público diverso en cuanto a afición se refiere, ya que supieron acondicionar el repertorio para satisfacer todas las inquietudes; desde la seguiriya a la sevillana o al bolero.

Ángela abrió con Malagueña y cantes abandolaos, en una especie de paseo por Almería, Granada y Málaga. En los fandangos de Huelva presentó una pieza bien estructurada, con repetición de estribillo y tensión adecuada, aunque estuvo un poco justa en los altos. Continuó con seguiriya de Francisco la Perla y Tomás el Nitri con cabal del Tuerto de la Peña. Por tangos se acordó de Carmen Linares y de Marina Heredia, que en esas lides ya es una referencia. Tras la caña al estilo más morentiano, remató con una soleá trianera atrevida y elegante. Algo más floja resultó la alegría de Cádiz que al mezclarla con Córdoba, provocó carencias en los bajos y ausencia de pellizco, para dar paso a la última parte, algo más festiva del espectáculo, con un bolero que Maite Martín grabó con el pianista Teté Motenliú, una bonita sevillana que sigue la línea marcada por Isidro Muñoz y José M. Évora en este palo y terminó con unas bulerías modernas que a ratos evocaron la genialidad de Manuel Molina.

Así que fue una noche para el deleite de la vista y del oído; y por qué no decirlo, para el disfrute del arte almeriense, que es mucho y bueno.