De Azabache y Plata


Discos Flamencos
Javier Coble
Flamenco en el Foro (2000)
Carlos Ledermann


El pianista madrileño Javier Coble es un músico versátil. Dueño de una formación académica muy sólida, sus trabajos abarcan temas diversos y de amplia gama, desde el piano en la música de los siglos XIX y XX, a música del s. XVI, del Cancionero Conmemorativo Isabel La Católica a canciones de las Misiones Jesuitas del s. XIX. Ha trabajado en música sefaradí, obras maestras del canto andalusí, new age o poetas españoles del s.XX, o sea que estamos ante un músico en toda la extensión del término.

No siendo el flamenco tema de su dedicación exclusiva, “De Azabache y Plata” es, sin embargo, su primer disco en solitario. Términos toreros para definir los colores de su “traje musical”, los colores de un disco que se escucha a gusto y se escucha muchas veces.

El trabajo se abre con el tanguillo/zapateado que da título al disco. Es uno de los cuatro temas originales que hay en el repertorio. Adobado con un fondo de castañuelas y el violín de Diego Galaz, hay algún dejo de Granados, una nota fina en el sabor, que denota la formación clásica de Coble. Emulando el trémolo de una guitarra y fraseando por momentos de manera casi libre, ataca el estribillo del tema con una musicalidad propia del que sabe tanto como intuye. Un tema bellísimo y lleno de rincones.

Otro zapateado, ahora “Vivencias Imaginadas” de Vicente Amigo, viene en la segunda pista. Nuevamente el violín aporta un color muy agradable en los registros medios. Por momentos el mayor atractivo de este tema está en la versión que Javier Coble hace de él. En otros pasajes se ciñe al original, seguramente para que no se pierda la noción de origen. Con toda la movilidad con que Vicente concibió el tema, pero agilizada aún más por las facilidades que el piano otorga en este aspecto en relación con la guitarra, se disfruta a gusto de estas “falsetas” y más aún cuando Diego Galaz interviene con su violín lleno de sabor. Estupendas también las percusiones de Pau Martínez.

Paco de Lucía viene a continuación. Su célebre minera “Llanos del Real”. El violín canta el trémolo que hace la guitarra en el original, dando cuenta de la imaginación y buen gusto de Coble como arreglista. Luego llega esa falseta ya famosa que Paco ha incluido en tantos temas, y llega a dúo piano/violín, en estupenda mixtura. Y el final ve venir con ambos instrumentos dialogando de manera imaginativa, sin silencios, obstinada pero tranquilamente. Hermosa versión.

“El Hundidero y el Gato”, minera y taranta de Javier Coble, viene con grillos, ambiente de noche, gotas de agua, todo un ambiente que antecede a un piano inquieto pero meditativo. Aquí es el propio Coble quien toca los cordófonos hindúes que aportan sonoridades llamativas. Pau Martínez aporta otros colores con las percusiones y esto se transforma más en un ambiente que en un tema musical específicamente definido. La atmósfera es alucinante y nos recuerda que los instrumentos musicales no son siempre solo voceros sonoros sino que también pueden ser pinceles, tizas, dibujos en la tierra…

“Maestranza”, de Manolo Sanlúcar, llega en el número 5. Excelente interpretación de un bellísimo tema que al pasar de la guitarra al piano no pierde absolutamente nada de su sabor original. Cuidado, que a veces algo que pasa de un instrumento a otro, sencillamente se marchita y pierde su valor. No es éste el caso: el entramado del tema de Sanlúcar –que es un tejedor reconocidamente complejo- está intacto en este solo de piano rotundo, total, sólido.

Nuevamente Paco “El Grande”. Ahora con la celebérrima “Guajira de Lucía”. La ejecución, muy bien lograda, es absolutamente fiel al original en todo, desde la velocidad hasta las intenciones. Y es que, fuera de cambiar el color de la guitarra por el del piano, tal vez no sea cosa sencilla hacer algo muy diferente con un tema tan redondo como éste.

Vuelve Vicente Amigo a habitar el piano de Javier Coble, ahora con la rondeña “Sierra del Agua”. Tuve la pésima idea de prestar alguna vez este disco y me lo han devuelto con alguna raya, pero este tema está por sobre ese maldito “pedal” percusivo que no es parte del arreglo. Una belleza absoluta, como tantísimos aciertos del nacido en Guadalcanal. Vaya que se oye bien en piano…conserva toda la atmósfera del original y mantiene intacto el carácter. Tal vez por tener el piano una tesitura infinitamente más amplia que la de la guitarra, se pierde un poco el sentido de profundidad que adquiere la guitarra cuando se la afina en Re, pasando a ser ésta su nota más grave, pero la versión es un completo acierto.

Y ahora es Tomatito, con la bulería “La Destemplá”. Lo complejo de tocar por bulerías en un piano es que, a la hora de decir bulería, un flamenco siempre tendrá el sonido de la guitarra pregrabado en la conciencia y es muy difícil salirse mentalmente de allí, salvo que se trate de un toque simple como los que solía hacer Felipe Campuzano en los ‘70. Quizá era el único tema prescindible de este magnífico disco.

Por caña y polo llega “Romanza” con introducción basada en “Noche de Triana” de Arturo Pavón, a quien Javier Coble dedica el tema. Solo de piano, como los cuatro que le preceden, es un tema hermoso en que Coble aborda con acierto las diferentes regiones del teclado. De carácter algo quedo, pese a la filigrana permanente que emula el arpegio de la guitarra, no permite en ningún momento la distracción del oyente.

“A Veces Sueño”, de Javier Coble y Emilio Galazo, viene por colombianas. La introducción no nos avisa de nada, no nos sugiere nada que tenga relación con este aire centroamericano, hasta que arranca de verdad con la percusión de Pau Martínez. Vuelve el violín de Diego Galaz y empezamos a salir de esa atmósfera íntima en que nos había sumido Coble con su piano desnudo en los últimos cinco temas, en una medida de equilibrio para el disco como trabajo integral.

Llegamos al final con “Cristo y Moral”, curioso título para esta “rondeña al compás” como se rotula en el disco, queriendo a todas luces decir “oiga, usted, rondeña, fandango abandolao de Ronda, no confundir con la rondeña de Montoya”. Un tema entretenido aunque tal vez un poquito largo, pero bien escogido para cerrar un disco de verdad estupendo, lleno de música, una conceptualización fina y rotundamente musical de lo flamenco.

Un gusto, Javier, un gusto enorme.