Cantes y estilos del flamenco


Libros
Agustín Gómez 
Univ.de Córdoba (2004)
Marcos Escánez Carrillo


Si lloras por haber perdido el sol,
las lagrimas te impedirán ver las estrellas...

Esto lo hubiera podido decir Chopin, Chaplin, Tagore o Peter Pan, pero para hacer honor a la verdad, no imagino al Sr. Gómez acariciando estas palabras y mucho menos estos conceptos.

El Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba edita este libro de Agustín Gómez, que si bien demuestra un extenso conocimiento en la materia, también hace gala de un carácter especialmente chovinista. Para enmascarar esta actitud intenta hacer pasar por su propia experiencia toda la flamencología conocida, que es lo mismo que intentar hacer pasar un elefante por el ojo de una aguja.

Lo primero que me llama la atención, tanto del Sr. Gómez como de otros escritores de flamenco, es cómo se autoproclaman “flamencólogos”. Ante esto, siempre me acuerdo de la llamada que formulaba Ortiz Nuevo en su Alegato: “que alguien me diga dónde dan el título”. Mi pregunta es dónde está la frontera entre el aficionado y el estudioso. Hasta ahora, y mientras que no exista una regulación académica estándar establecida, la denominación de “flamencólogo” no deja de ser un reconocimiento al conocimiento, y por tanto, deberían ser siempre los demás quienes deban colgar dicho cartelito en el cuello de alguien, y resultará presuntuoso y patético hacerlo uno mismo, por muchos libros que uno haya publicado.

Y es que a este autor, si lo dejaran, colocaría el origen de todos los cantes en su Córdoba natal, por lo menos esa es la sensación que da esta lectura; de hecho, con algunos ya lo hace… Valgan como ejemplo las serranas, los fandangos o el polo y la caña.

Para el que los cantes de levante siguen siendo los grandes desconocidos, la pasión que siente por el cante de Fosforito es manifiesta, hasta el punto de que cada vez que puede lo pone como referencia de las cosas bien hechas, quizá demasiado; ni intenta disimular la aversión que siente por la teoría que defiende lo flamenco como propiedad de la etnia gitana. Es justo decir que la pasión de sus expresiones le resta rigor a sus argumentos, que el tratamiento peyorativo que da a lo relacionado con Mairena y su entorno raya en lo banal, y que aplicar determinadas coletillas a todo es sinónimo de repetirse en exceso.

La estructura con la que aborda cada uno de los palos es irregular. El tratamiento que da a cada palo varía de uno a otro no permitiendo al lector que se acomode en la estructura para conseguir un mejor entendimiento. Pero lo más grave es que estas variaciones, que también son arbitrarias, se interpretan al final como un recurso más del autor para conseguir sus objetivos, que no son otros que arrimar el ascua a su sardina o la exposición de algunas teorías de corte personalista y superficial que aportan muy poco a la investigación rigurosa.

En cualquier caso, no dudo que el objeto del trabajo sea eliminar ciertos mitos arraigados en la cultura flamenca. Es más, intenta hacerlo desde su sentido común. Lástima que el sentido común, a veces, no sea el más común de los sentidos.

Valgan estos tres ejemplos :

Sobre el Polo y la Caña :
<< Sin embargo, el careo de la serrana con la caña nos hace intuir una fuerte asociación con la Serranía de Ronda, acumulándose a ello la fuerte asociación del polo con elementos melódicos de la rondeña y el zángano, miren por donde también estos últimos en ritmo ternario acompasado en aire verdial, conectados a la provincia de Córdoba por el río Genil que viene desde Sierra Nevada >>.


Más descarado se muestra en los cantes libres :
<< no todas las tarantas y mineras son de Murcia, o Levante, las hay también en Linares y La Carolina (Jaén), en Almadén (Ciudad Real), en Peñarroya-Pueblonuevo (Córdoba), y hasta es posible que, de no autosatisfacerse tanto con el fandango, Huelva también encontraría huellas de cantes mineros en Río Tinto y Tharsis >>.

Se destapa en este comentario un sentimiento de búsqueda de aquello que pudiera pertenecerle o mejor, que se pudiera atribuir. Y le da de esta forma una patada en la cabeza al rigor informativo si autoproclamándose flamencólogo como lo hace, apunta, sin ningún tipo de información que lo contraste, la existencia de una taranta en Córdoba.

Y termino con esta otra joya que incluye en la exposición sobre los Fandangos de Huelva, cuyo aflamencamiento sitúa en 1870 :
<>.

Pues nunca es tarde para aprender....

¡Anda ya!