Apuntes sobre El Chaqueta


Investigación
Manuel Ríos Ruiz


Apuntes sobre El Chaqueta, maestro y creador flamenco



Si ha existido un artista flamenco nunca valorado en toda su dimensión, ese es Antonio El Chaqueta. Cantaor al que se puede considerar fuente de inspiración de muchos intérpretes que han sido sus coetáneos y de otros que han ido llegando a la profesionalidad y a la fama posteriormente. Entre los que convivieron con él, tenemos a Chano Lobato, que de vez en vez y a lo largo de sus recitales saca a relucir los giros chaqueteros por fiestas. Y entre los que siguieron su estela siendo más jóvenes, ningún ejemplo admirativo mejor que el de Camarón. El lamentablemente desaparecido genio de la Isla, lo proclamaba abiertamente, para él Antonio El Chaqueta era uno de sus más ciertos maestros.

I



Y se impone iniciar tan agradable tarea por los datos biográficos de Antonio El Chaqueta. Nació Antonio Fernández de los Santos, el año 1918 en La Línea de la Concepción (Cádiz) y murió en Madrid, en 1980. Hijo de José Fernández Vargas, El Mono --gitano marisquero malagueño, buen aficionado al arte flamenco y primo hermano de El Cojo de Málaga--, y de la gitana jerezana Tomasa de los Santos, llamada familiarmente La Fideíto, cantaora y bailaora no profesional, que tenía un hijo de un matrimonio anterior, Tomás Fernández de los Santos, El Chaqueta, un bailaor excepcional, que vino al mundo en Jerez de la Frontera (Cádiz), en 1911 y falleció en Tánger (Marruecos), en 1946; y una hija, Adela Fernández de los Santos, La Chaqueta (Jerez, 1918-1995), cantaora que desde niña perteneció a grandes espectáculos, entre ellos al famoso “Las calles de Cádiz”, de La Argentinita, y a los tablaos, popularizando las colombianas y rancheras por bulerías. Al parecer El Mono les dio su apellido.

Con La Fideíto, El Mono tuvo, además de Antonio, otros dos hijos artistas: Salvador, conocido como El Pantalón (La Línea de la Concepción, 1929—Madrid, 1962-), cantaor y bailaor que figuró en importantes tablaos y realizó grabaciones discográficas, y al que se le tributó un homenaje con motivo de su mortal enfermedad en el madrileño Teatro de la Comedia; y José, que adoptó el nombre cartelero de El Chaleco (La Línea de la Concepción, 1934-Madrid, 1970) y destacó como cantaor en los tablaos y en las compañías de baile. De otra relación sentimental de El Mono, nació la bailaora extrañamente llamada Imperio de Granada, al parecer nacida en Málaga. Hasta aquí los datos concisos de las primeras personas de una familia flamenca con unas virtudes artísticas muy singulares.

II



ANTONIO El Chaqueta después de unos comienzos en la zona del Campo de Gibraltar, donde se le conocía con el mote de El Mono, al igual que su padre, se trasladó a Madrid siendo muy joven y en Madrid empezó a desarrollar su trayectoria profesional, primordialmente en los colmaos, sobre todo en el denominado Villa Rosa, donde allá en los primeros años cuarenta era uno de los artistas más reclamados para las juergas en los cuartos por su calidad y personalidad cantaora en primer término y, también, por su entidad humana, como bien nos cuentan cuantos le trataron, por ejemplo el cabal malagueño Pepe Fernández, nos aseguraba:
Era un gitano de pura raza, leal a carta cabal, respetuoso y atento con todo el mundo, amable y siempre en su semblante había una sonrisa continua que transformaba en gran simpatía, era un hombre que no tenía maldad, dotado de una virtud poco común ya que a veces era tan noble y tan sencillo que parecía casi infantil. No era nada egoísta, para él todo era bueno y jamás le escuché hablar mal de ningún compañero al igual que ningún compañero lo hizo de él, sino todo lo contrario, lo admiraban, era un artista que aparte de sus méritos como cantaor, fue querido por todos los que le conocimos
.

En 1942, Antonio El Chaqueta --ya se le llamaban así por influencia del apodo de su hermanastro Tomás-- contrajo matrimonio con Margarita Muñoz, teniendo dos hijos. Y la década de los cincuenta resultó para El Chaqueta auténticamente esplendorosa por diversas razones, entre ellas por su popularidad en los tablaos y en el Circo Price de Madrid, y por su colaboración a instancias del tocaor jerezano Perico de Lunar, en la <> (Hispavox), donde impresionó dos cantes para la historia, las siguiriyas cabales y las romeras, porque sobre todo las romeras han quedado como cante catón a seguir por todo aquel que quiera cantarlas con todos los dones de la tradición. También en los años cincuenta intervino en tres películas como mentor de Joselito, el niño prodigio del momento, y además grabó sus canciones aflamencadas, obteniendo una fama enorme, pues sonaban en todas las emisoras a petición de los oyentes. La voz inconfundible por inefable de Antonio El Chaqueta se hizo familiar a todos los aficionados, y la gente cantaba con él su versión por bulerías del chachachá <>, de la canción <>, de los boleros <> y <>…, junto a la guitarra de Paco Aguilera. Aquello fue lo que hoy se considera un <> discográfico. Lo recordamos con nostalgia, porque supone evocar una primera juventud.

III



PASADOS los años cincuenta, Antonio El Chaqueta se instaló en Málaga con su nueva compañera, Adela Jiménez Vargas –hija del cantaor jerezano El Pili , con la que tuvo tres hijos--, participando en los tablaos de la Costa del Sol y formando parte del grupo de flamencos malagueños dedicados a ganarse los <> en las reuniones en ventas y fiestas íntimas. De una de esas noches que Antonio El Chaqueta vivía bohemiamente y con la lógica dosis de alcohol, existe una grabación en cinta magnetofónica, en la que desarrolla un repertorio de estilos sumamente interesante y amplio, cantando sin guitarra, solamente acompañándose con el son de los nudillos en la mesa. El contenido de esta grabación lo compone una tanda de cantes en los que deja patente su profunda y ancha cultura estilística desde las tonás a las bulerías, pasando por alegrías, malagueñas, martinetes (“Probecito el Tío Perico/ se ha metío a aguaó/ y en medio la calle Nueva/ el cántaro se le rompió”), livianas, tangos, cantiñas… y también una fiesta con la guitarra de Antonio Arenas, en la que mezcla aires buleaeros gaditanos con canciones por bulerías. Luego, tangos lentos… Y es verdaderamente sugestivo el eco de voz de El Chaqueta cantando sin la preocupación del escenario, en la relajada reunión de amigos.

El Chaqueta está presente en muchos de los actuales cantaores, entre ellos Rancapino, que sigue al pie de la letra y de la música algunas de sus bulerías, así como en sus sobrinos Manuel El Flecha y El Chaquetón, dos importantes cantaores a los que no se le ha hecho la justicia que merecen, hijos de una de sus hijas, María, y del cantaor El Flecha de Cádiz, y que son hoy los representantes más sobresalientes de su descendencia, junto a Chalequito, uno de sus hijos de su segundo matrimonio. A los que hay que sumar un nieto guitarrista, Salva de María, hijo de su hija María Luisa y del tocaor Basilio.

Pero la auténtica descendencia de Antonio El Chaqueta es la influencia que ha ejercido en los cantaores a partir de los años cincuenta. Y es sumamente sorprendente la admiración que por él siguen sintiendo artistas que compartieron sus actuaciones. Juan Habichuela, cada vez que hablamos, me confiesa que a nadie le ha tocado la guitarra más a gusto. Y cuando allá en Málaga no estaban en el mismo tablao, al terminar su trabajo se acercaba a donde cantaba El Chaqueta para escucharle. No lo podía remediar. Y añade siempre: “Era distinto a todos, tanto era su compás, que acompañarle era lo más fácil y más bonito del mundo”.

Y como el testimonio del maestro Habichuela, podríamos reseñar muchos otros. En definitiva, El Chaqueta fue tan maestro como creador.