Antonio el Chaqueta


Libros
Ramón Soler Díaz 
El Flamenco vive, 2003
Pierre LEFRANC


ANTONIO EL CHAQUETA. Pasión por el cante


ABRIENDO CAMINOS Y PERSPECTIVAS :
UN LIBRO SOBRE EL CHAQUETA (1918-1980)

Ramón Soler Díaz, Antonio El Chaqueta, pasión por el cante, 282 págs. y un doble CD, con Prólogo de J.M. Velázquez-Gaztelu ; El Flamenco Vive, Madrid, 2003.


Una primera edición del presente libro, con un solo CD, se publicó en 2001 con motivo del XXIX Congreso de Arte Flamenco celebrado en Algeciras. Ambas ediciones incluyen una iconografía abundante y de calidad.

Por discreta que fue su carrera, Antonio El Chaqueta pertenece al pequeño grupo de los grandes del cante, y fue valorado como tal por cantaores del tamaño de Juanito Mojama, Juan Varea, Rafael Romero y otros, y en la generación siguiente por Camarón, dentro de su búsqueda permanente de rincones donde el cante seguía manifestando vitalidad. El presente libro no sólo recupera casi todo un cantaor, algo ya poco común, sino que abre además perspectivas para futuras investigaciones.

La vida profesional del Chaqueta empezó un poco antes del principio del resurgimiento del cante, pero él eligió mantenerse a distancia de ese fenómeno y de sus efectos. Fue un cantaor de reuniones, tablaos pequeños y pocas grabaciones, y no manifestó ningún gusto por giras, festivales y otros encuentros con grandes públicos. El cante en opinión suya era para estar a gusto cantando con unos pocos. Conservó el modo de vida bohemio de muchos cantaores profesionales de antes, a costa por cierto de alguna precariedad, y fue conocido principalmente de profesionales y entendidos. Desgraciadamente, tales posturas le dejaron a distancia de corrientes que estaban ganando ímpetu, como en aguas inmóviles, bajo la amenaza permanente de una suerte de semi-depresión y la tentación diaria de bebidas fuertes. Su vida tuvo un temprano y largo crepúsculo.

La primera mitad del libro de Ramón Soler es una biografía detallada, basada en una amplia cosecha de testimonios de contemporáneos. Entre familiares, amigos y aficionados, más de cincuenta personas fueron consultadas durante unos trece años. La figura más importante, a la vez que atrayente, es la segunda mujer del Chaqueta, la bailaora (y ocasional cantaora) Adela Jiménez Vargas, hija del cantaor El Pili. Dio la casualidad que en París, el 21 de abril de 1959 – la fecha es confirmada y cierta – , organicé con ella, su padre y Vargas Araceli al toque, una fiestecita en la que cantó ella con tanta lozanía y relajación que hicimos un epe (privado) para conservar un recuerdo de aquella noche. Estaban los tres entonces en la compañía de Pilar López.

Sacar partido de tales fuentes de información mientras nos quedan accessibles es un deber de primerísima importancia – y urgencia : para algunas figuras recien desaparecidas ya es tarde, y desde que salió el presente libro se nos fue Chaquetón. Esas fuentes no sólo facilitan información detallada procediente de testigos directos, sino que enriquecen esos datos con trasfondos, percepciones concretas de lo que estaba en juego, el calor de lo vivido y recordado, y el reflejo de una personalidad en casi cada cita. Fuera de los recuerdos de La Piriñaca y de Borrico, que se sitúan algo aparte, no he visto ningun libro donde se percibe tan bien como en éste lo que era entonces la vida en familias gitanas, para quienes el cante era una herencia antes de ser un medio de vida.

El libro sigue los movimientos del Chaqueta. Nació y se crió en La Línea. Su madre era de Jerez (San Miguel), y una hermana suya se casó con El Flecha de Cádiz. El joven Chaqueta empezó a trabajar en los postrimeros años de la Alameda sevillana y en el Madrid de la posguerra, entre Villa Rosa y las ventas de Barajas. Su padre había nacido en Málaga, una ciudad a la que el hijo conservó mucho apego. Así se desarrolla una geografía representativa de ese fenómeno multicentrico que fue el resurgimiento del cante, a partir del año 1956.

Falta, naturalmente, la Córdoba de los Concursos, con la que El Chaqueta no tuvo nada que ver. Por otra parte, se subraya una vez más la importancia histórica de La Línea, no como centro de creación de cantes sino, eso sí, de consumo « flamenco », « por correr la plata abundantemente » en la zona « debido al […] contrabando » con Gibraltar (v. Rondón, Pareja, pág. 26). Naturalmente la plata corría hasta Algeciras, pero el foco de más intensidad era linense.

La obra discográfica del Chaqueta es escasa, algo mezclada, pero a menudo excepcional por el metal y eco de la voz y por un sentido realmente único del compás como cimiento y como invención. Consta de un total escueto de once cortes : seis en discos de pizarra grabados antes de la llegada del microsurco, dos en la Antología llamada de Hispavox, y tres en la segunda edición (1978) de la Gran Antología RCA dirigida por Antonio Murciano. Lo más sensacional por cierto son las romeras y las cabales grabadas con Perico del Lunar para la primera Antología, pero el resto es de gran interés, incluyendo sus arreglos de unas canciones de moda grabadas en 78 rpm. Se puede notar en ese contexto que, en los años que precedieron al resurgimiento del cante, los profesionales por fuerza tenían que echar mano de tales canciones aflamencadas, la frontera entre estas y el cante de tradición siendo a veces imprecisa para parte de la clientela. Una consecuencia de eso fue que El Chaqueta, Romero, Varea y otros más compartieron detalles de este repertorio menor, echándole gracia, emoción y arte, hasta disfrutarlo ellos mismos.

Gracias a una combinación de suerte y perseverancia, Ramón Soler ha podido complementar ese material discográfico con dos grabaciones privadas hechas en 1959 y 1965, la primera sin guitarra, la segunda con un tocaor que queda por identificar. Los dos CD’s del libro reproducen lo esencial de esas cintas y añaden un capítulo sustancial a la historia del cante. Algunos de los cortes incluyen partes de baile de Adela Jiménez, con palillos, pero el conjunto da una percepción amplia y detallada de los cantes del Chaqueta, y a ese tema Ramón Soler dedica la segunda mitad de su libro.

El repertorio del cantaor está descrito detalladamente, empezando con los martinetes, tonás y romances y terminando con peteneras y saetas. El tamaño de cada estudio es amplio con (por ejemplo) 18 páginas para las bulerías, 17 para las soleares, etc. Se examinan los discos grabados para el comercio y el contenido de las cintas domésticas evocadas arriba, dentro de un contexto que incluye también testimonios de familiares o compañeros, como Manuel El Flecha, Chaquetón, Chano Lobato y muchos otros, sobre formas vecinas que circulaban en aquellos ambientes, o que El Chaqueta cantaba pero no grabó. Para cada cante y, en la medida de lo posible, cada letra, se indican el origen y el sitio en varios contextos : la familia, la zona geográfica, los varios ámbitos profesionales y la evolución del cante. De todo eso resulta que el cante vive delante del lector, como tradición abierta.

Naturalmente, semejante investigación supone un conocimiento excepcional de los varios cantes y de sus trasfondos. Pero el ejemplo de Ramón Soler demuestra que con perseverancia tal conocimiento se puede alcanzar antes de llegar al ecuador de una vida, y su libro permite vislumbrar un futuro de gran promesa. La herencia del cante como cultura descansa en una geografía precisa de repertorios individuales, de dos o tres docenas de cantaores (y cantaoras) punteros. Sus movimientos y contactos son por lo esencial conocidos, y en su mayoría esos artistas cantaban repertorios limitados cuyos orígenes son accesibles. Si se sigue con perseverancia para otros cantaores y cantaoras el camino abierto por Ramón Soler en el presente libro, dentro de un cuarto de siglo tendremos una cartografía casi completa del cante como cultura, con un margen de sombra reducido a unos diez por ciento. La conclusión es clara. Necesitamos por lo menos dos docenas de libros de este tipo.