A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. Parte 1


Opinión
Luis Soler Guevara


A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


Pate 1

Luis Soler Guevara


Málaga, 26 de noviembre de 1999

Meses antes me había llamado mi gran amigo Vargas desde Algeciras. La noticia que él me dio, si alguien me hubiera preguntado si la esperaba le hubiera jurado que no. Estaba tan escéptico que apenas me creía nada de lo que me prometían. De hecho ya me habían pasado algunas cosas que no contaré para no cansar y porque, además, ellas se alejan del interés de este escrito. No obstante, añadiré que siempre terminaban así: “si procede le llamaremos” o cualquier otra frase similar.

Pese a estas lamentaciones yo estaba trabajando en dos empresas. Por la mañana iba al despacho de abogados que en la calle Especerías tenía mi amigo Antonio Juárez, y por la tarde, a la empresa constructora de un tal Alfonso Guerra, al que no hay que confundir con el que fuera vicepresidente del Gobierno con Felipe González. Al margen de esas tareas, además, tenía una página de flamenco la que cubría un día por semana para el diario La Opinión de Málaga. Claro todo esto era muy inestable, o sea, sin contrato ni nada. Como se suele decir, muy en el aire. No obstante, algo dentro de mí me decía, lo de Algeciras va en serio, como así ha sido, aunque a ciencia cierta tanto Isabeli, mi mujer, como yo no nos lo podíamos creer.

Esa mañana de julio me llamó Vargas, y me dijo que había hablado con Téllez, y Miguel Alberto. ¡Vaya trío!, ¡un tesoro de amistades! Que la cosa iba en serio, que el Alcalde de Algeciras estaba dispuesto no sólo a recibirme sino también a crear un aula de cultura en la Fundación José Luis Cano, y que ésta, estaría dedicada exclusivamente al flamenco.

Haciendo un inciso que viene al caso diré que, durante esos últimos meses me había refugiado y al propio tiempo pergeñaba una especie de autobiografía ilustrada. Me pedí quietud y sosiego para que mis años y problemas pudieran afrontar este calvario de sensaciones que parecían no tener fin. Quizás de nuevo tenga que marchar, me dije. Sí, otra vez para una ciudad por la que luché y de la que me “echaron”. Continuar donde estaba y como estaba no tenía mucho sentido. Máxime, cuando ya está menos lejos la jubilación.

Total, días después partí para la cita acordada. Llegué tan temprano que tuve que hacer larga espera allí en la Alcaldía, que era el lugar convenido para la misma. Recuerdo que tras mi llegada, me recibieron muy bien, lo que alimentaba esperanzas, de que todo iría por buen camino. En ese momento entró un tal Antonio, o tal vez Juan, al que no conocía y que me pareció el jefe de protocolo dado su esmerado atuendo. Cortésmente se dirigió hacia mí y me dijo si quería café y leer algo. No me lo pensé, le dije que sí. Ese día el termómetro marcaba, por lo menos 33 grados en Algeciras, con lo que decidí esperarme, pero antes le pregunté cuánto tardaría el Alcalde. Su respuesta fue un leve movimiento de cabeza. Le sugerí un libro ya que la espera sería larga.

A los pocos minutos apareció el tal con el diario Europa Sur, junto con un libro que yo conocía, y tenía en casa, concretamente era un volumen que formaba parte de la colección “Los Poetas Andaluces”, que se editaron sobre 1983 por la Editorial Aguilar. El citado era de Juan Ramón Jiménez, sus primeras poesías. A partir de ahí no hacen falta muchas explicaciones para justificar esta ya larga introducción, y mucho menos la foto que preside este artículo. Nada menos que del Premio Nobel de Literatura de 1956.

Es cierto que durante ese tiempo de espera, y dada la reunión prevista, no era ese el momento más indicado para leer poemas. Pero me vino bien, necesitaba relajamiento. Me hallaba nervioso y tenía muchas dudas. Así que la lectura me sosegó y sin pretenderlo, premeditadamente, me vino muy bien.

Casi dos horas de espera dan para mucho y fue bastante lo que alcancé tras esa cita. Al margen del principal objetivo perseguido y conseguido, sentí la influencia de los versos del poeta moguereño, al que apenas sin haberle leído, y mucho menos, conocida su vasta obra literaria, me dije, ¡huy, lo que me estoy perdiendo! Así que, cuando llegué a mi casa de Málaga y le conté a Isabeli lo sucedido, a la que ya le había dado un anticipo a través del teléfono móvil, cogí algunos textos de Juan Ramón Jiménez y me dispuse a devorar sus reflexiones y poemas.

Cuando me dispongo a escribir sobre este gran poeta con el que algunos de la Generación del 27, se cebaron en sus críticas, descubro en Juan Ramón no al señorito que dicen que fue, o quiso ser según otros, ni tampoco al hombre de cierto aire aristócrata pulcramente vestido y de costumbres finas, sino a un poeta, como todo ser humano, lleno de contradicciones y desnudo ante la vida, del que dicen que, en su precoz descubrimiento del mundo de la literatura quedó prendado del modernismo de Rubén Darío y del simbolismo francés.

Yo no sabía lo que era el simbolismo francés. Debía ser algo importante, pensé. Así que busqué en una enciclopedia la significación de su contenido. Ello me llevó a Baudelaire del que recojo la siguiente estrofa de su poema Harmonie du soir (Armonía en la noche)

Llega la hora en que vibrando sobre su tallo
cada flor se evapora igual que un incensario;
los sonidos y los perfumes giran en el aire de la tarde;
¡Vals melancólico y lánguido vértigo!


Lo que es una traducción de:

Voici venir les temps où vibrant sur sa tige
Chaque fleur s'évapore ainsi qu'un encensoir;
Les sons et les parfums tournent dans l'air du soir;
Valse mélancolique et langoureux vertige!


Mi poco francés no da para mucho, pero tras la lectura de estos y otros versos de los pre-simbolistas y simbolistas, confieso que algo se me quedó.

Juan Ramón Jiménez pertenecía a una familia algo acomodada de la pequeña burguesía de Moguer, mas por ello, y pese a que sus maneras eran muy cuidadas, no fue un burgués. Ello más que ventajas perjudicó su mundo de relaciones. Fueron demasiados los encontronazos que tuvo con sus coetáneos. Pero es que, además, ese acomodo le duró muy poco ya que la ruina llamó a su casa cuando aún era un muchacho.

Pocos fueron por tanto los años alegres de su vida, solo unos años de juventud. La filoxera se cebó con los viñedos que era el negocio que tenían sus padres. Todo ello le provoca un tremendo desasosiego que le lleva a una neurastenia de la que nunca se recuperó del todo y que le obligaría a medicarse por vida. La muerte de su padre en 1900, como se decía antiguamente, “de repente”, alimentó su enfermedad que se hizo crítica por lo que le llevaron al Hospital de Madrid. Una vez en la capital del Reino escribe y publica en 1900 dos libros que iban a mortificarle toda la vida, Ninfeas y Alma de violetas.

Tras ellos, Rimas, Jardines lejanos, Elegías puras, Elegías intermedias, Las hojas verdes, Elegías lamentables, Baladas de primavera, La soledad sonora, Poemas mágicos y dolientes, Pastorales, Melancolía, Laberinto y otras muchas durante el curso de la primera década del siglo XX, en donde pone de manifiesto el influjo del simbolismo francés y del modernismo hispánico.

Durante esos años sufrió otra crisis y lo ingresaron en un sanatorio del sur de Francia para restablecerse de su enfermedad. Esa etapa de la que el poeta afirma que fue su “Época sensitiva” adquiere una gran madurez literaria.

En 1916 tiene lugar su primer viaje a los Estados Unidos, donde conoce a su novia Zenobia Camprubrí con la que se casa un año más tarde. Su matrimonio le produce equilibrio emocional y estabilidad viviendo una época de plena madurez poética. A tenor de ese pasaje escribe, Diario de un poeta recién casado (1917). Libro que estuve buscando y no encontré al igual que muchos otros. De su contenido se cita que da espacio a sugerencias muy humorísticas e irónicas. Más que nada es un canto a la mujer, y al mundo marino de los Estados Unidos.

Tras ese periodo el poeta de Moguer vive su gran época intelectual, donde alcanza su madurez poética Es el camino hacia la poesía desnuda o “poesía pura” en la que sus preferencias están en los poemas breves y sin rimas surgiendo así el verso libre. De esta época es también Eternidades (1918), Piedra y cielo (1919), Poesía (1923), Belleza (1923). La estación total, publicada muchos años después en Buenos Aires en 1946. De las citadas he preferido recoger el texto de la que quizás esté más implicada en la también llamada poesía pura. Como se aprecia en el texto, verso libre en su construcción y ajeno de ropaje literario que no fuese necesario.


Eternidades

Vino primero pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.

Llegó a ser una reina
fastuosa de tesoros...
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

Más se fue desnudando
y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica
y apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!



Con Juan Ramón, bien por su carácter o por su singularidad no era difícil polemizar. Su maniático proceder, casi enfermizo, por el lenguaje exacto, por la justeza de la palabra, le deparó muchas enemistades. Quizás no haya habido en el siglo XX un poeta que haya concitado tanto entusiasmo y tanta veneración pero también tantas objeciones. Eso han dicho los que han estudiado a fondo su obra y su perfil. Esas diatribas han venido provocadas no por causa de su obra escrita, tan respetada como respetable, más bien por su forma de ir por la vida. Ya desde que era un muchacho se le achacaba hasta su manera de vestir, sus pulcras camisas. Sobre él se levantó un calvario de mentiras, insidia, calumnias, y porquerías hasta con su matrimonio.

Quizás ya nunca sepamos el origen de tales cuestiones y maledicencias, tampoco ello es motivo que nos ocupe, más por tanto, y dado mi gran desconocimiento al respecto hacen que lo obvie.

Retomando lo que me trae a estas páginas quiero exponer que en una primera impresión de lo que he podido leerle, que ha sido bien poco -se le calculan más de siete mil páginas-, me llevo una impresión extraordinaria. Lo que me estaba perdiendo. Me fui acercando a tu decir y me encontré con mi sentir. En su poema Nocturno, no muy conocido y aún menos comentado escribe en una de sus estrofas el siguiente mensaje que me llegado profundamente:

He sentido que la vida se ha apagado
sólo viven los latidos de mi pecho:
es que el mundo está en mi alma;
las ciudades son ensueños...


Estas sensaciones son las que han transitado últimamente por mi cabeza. Las que me abordaban cada minuto de mi tiempo. De las que sin saber de su conocimiento se ajustan a mis desatinadas reflexiones. ¿Hasta qué punto? No lo sé, pero tengo algunos poemas escritos, que ahora, los encuentro, más que familiarizado con el poeta, con un vínculo emotivo de relación. Claro, como no puede ser de otra forma salvando la enorme distancia entre ambos.

Esos poemas de mucho influjo sentimental y escaso valor literario, los escribí años antes de haber leído al poeta, y han quedado recogidos en dos tomos de publicación para-familiar. Por eso antes he dicho, que su obra me había impactado. Claro, en una parte muy pequeña de la misma que es la que he leído, incluso estudiado, he encontrado algo que me acerca a él.

Sé que ante el hecho tangible de la muerte es muy recurrente entre los seres humanos proponer un cierto diálogo tanto en verso como en prosa. Incluso llegada una edad se siente la necesidad de articular algún mensaje para el momento oportuno. Esto que puede ser interpretado como una estupidez, no lo es menos que vivir de espalda a ese obligado desenlace. Sin embargo el fondo común del dilema es que a todos nos llega esa lotería. Por tanto nuestra preocupación nace en la forma pero no discute su fondo. Es el cómo, incluso más que en el cuándo, ya que éste también es ajeno a nuestra voluntad. Lo cierto es que en ese terreno todo es ajeno a nuestra voluntad, y lo sabemos. No obstante seguimos haciendo propuestas y guiños.

Dice Juan Ramón en esta otra estrofa de Agua en el agua.

Quisiera que mi vida
se cayera en la muerte,
como este chorro alto de agua bella
en el agua tendida matinal;
ondulado, brillante, sensual, alegre,
con todo el mundo diluido en él,
en gracia nítida y feliz.


¿El mensaje es duro? Sí lo es, pero también muy hermoso. Así son esas tribulaciones mías tan propias de mi carácter. Tal vez de mis exageradas figuraciones, de mis devaneos afines con el ese atávico mundo de la siguiriya gitana. Quizás algo o mucho de estas consideraciones presiden, últimamente, mis pensamientos dibujando un cuadro de emociones que va más allá del origen de la realidad de mis problemas. No lo sé. De ahí que dijera, lo que me estaba perdiendo. Cierto, me estaba perdiendo cientos y cientos de poemas cuyo valor literario conforma quizás el más alto monumento a la palabra, construido por este andaluz universal, título éste que el mismo se puso en uno de sus escritos. Sin embargo ese sentir andaluz suyo no se vio referido en sus versos de forma expresa al mundo del cante.

He buceado en la obra de poeta moguereño y sus referencias a su ciudad natal apenas existen si exceptuamos su devoción por Moguer y sus habitantes expresadas en las páginas de Platero y yo.

También en algunos de sus poemas como son: ¡Oh triste coche viejo...!, El viaje definitivo y ese otro de similar contenido al anterior como: Y yo me iré, quedan patente los sentimiento que de raíz lleva el poeta de Moguer.

Y yo me iré.
Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.


No obstante, en todos ellos sus recuerdos de niño están presentes, pero más que nada, narrados de forma temporal, y expresados circunstancialmente. En donde más se acerca y profundiza en el contraste del ayer y su presente, es, en ese retrato de nostalgias y frustraciones que nos describe en su poema Cuando yo era el niño Dios, el que transcribo en su totalidad.

Cuando yo era el niñodios, era Moguer, este pueblo,
una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro.
Cada casa era palacio y catedral cada templo;
estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo;
y por esas viñas verdes saltaba yo con mi perro,
alegres como las nubes, como los vientos, ligeros,
creyendo que el horizonte era la raya del término.

Recuerdo luego que un día en que volví yo a mi pueblo
después del primer faltar, me pareció un cementerio.
Las casas no eran palacios ni catedrales los templos,
y en todas partes reinaban la soledad y el silencio.
Yo me sentía muy chico, hormiguito de desierto,
con Concha la Mandadera, toda de negro con negro,
que, bajo el tórrido sol y por la calle de Enmedio,
iba tirando doblada del niñodios y su perro:
el niño todo metido en hondo ensimismamiento,
el perro considerándolo con aprobación y esmero.

¡Qué tiempo el tiempo! ¿Se fue con el niñodios huyendo?
¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero!
¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo;
ser de nuevo el alba pura, vivir con el tiempo entero,
morir siendo el niñodios en mi Moguer, este pueblo!


Ello no me permite afirmar que no existan otras referencias a su lugar de origen. Me quedo con la impresión, dado que tampoco ofreció ninguna calor al mundo del flamenco, que Juan Ramón, aún siendo un poeta nacido en Andalucía de la que estaba impregnada su prosa, por ese terreno del mundo del cante tenía demasiadas carencias. No olvidemos y como bien han citado algunos expertos, que Juan Ramón fue el "descubridor de Andalucía", como la Generación del 98 lo fue de Castilla. Sin embargo no se acercó al cante, a su duende ni su misterio como lo hicieron Manuel Machado, después García Lorca y algunas otras personalidades ilustres de las letras. No fue la generación del 98 muy amiga de esta cultura andaluza y de los valores que la sustentan.