1er. centenario de su nacimiento


Discos Flamencos
Niño Ricardo
Calé Records, 2004
Pablo San Nicasio Ramos


La figura de Manuel Serrapí Sánchez, “Niño Ricardo”, fue realzada y recordada con la publicación de la antología en dos discos que nos ocupa. Diversas instituciones y empresas andaluzas pusieron de su parte para que, a finales de 2004, el gran tocaor sevillano tuviese de nuevo vigencia a los cien años de su nacimiento.

Dos CD´s que dividen claramente la trayectoria artística de Ricardo en su faceta solista y en su vertiente acompañante. Complejas ambas y de vital importancia para los flamencos posteriores.

El CD número 1 contiene catorce toques solistas en los que cualquier aficionado puede hacerse una idea clara de las características de la guitarra del sevillano. En este caso, además, sirven para señalar, por extensión, la vanguardia estética de la guitarra flamenca a mitad del siglo pasado. “Niño Ricardo” era el mayor virtuoso de la sonanta que había en España y de sus quehaceres bebieron los grandes y verdaderamente revolucionarios guitarristas posteriores. A pesar de un sonido no muy nítido, tanto el de las grabaciones como a veces el suyo propio, se destila siempre un virtuosismo que sin duda asombraría a la flamenquería de la época.

Los toques grabados de “Niño Ricardo” recuerdan a los vídeos en blanco y negro de las faenas de toreros como “Gallito” o “Manolete”, en las que uno consigue adivinar la conmoción que causaban y lo trascendente de sus pasos, con las lógicas características de un arte aún por evolucionar.

Además, estos discos son valiosos por cuanto que el sevillano no se prodigó mucho en grabar sus composiciones para guitarra sola y no teníamos tanto material en tan relativamente buenas condiciones.

Los primeros catorce temas, decimos, son predominantemente rítmicos. El toque libre no aparece apenas en la primera parte. Lógico si nos atenemos a su recurrente velocidad y facilidad de mano derecha. Suena a guitarra atolondrada, ansiosa por mostrar una técnica muy novedosa para los tiempos. El sonido, pese a lo comentado antes, no es tan sucio o defectuoso como se le suele achacar. Más bien es de un timbre áspero y metálico, pero siempre muy flamenco. “Niño Ricardo” se sobrepuso a complejos problemas con sus uñas para conseguir una técnica lograda que, decimos, además le otorgaba un sonido personal. Salteado con su hábito de tararear a su guitarra mientras tocaba.

Hay variaciones por granaínas, bulerías y soleá. Así como toques que hoy resultarían sospechosos y heréticos para muchos: capricho, danza, serenata, potpurrí flamenco, etc.

Es un muestrario que, estéticamente, recuerda a los repertorios de los jóvenes guitarristas flamencos actuales que se abren paso y tienen que limar aún asperezas en su toque. Salvando las distancias, por supuesto.

“Niño Ricardo” muestra una capacidad rudimentaria pero efectiva para adaptar melodías populares o clásicas al flamenco, como “Los Piconeros” o la misma “Asturias” de Albéniz en la pista número uno.

Se nota también una recurrente estructura de los temas, inicios y finales, rasgueados, e interludios, con numerosos picados rápidos y trémolos. Esto último lo más destacable de su toque. Por su limpieza y sonido contundente.

La mayor falla que podría notarse, lógica quizá, viene en el nulo uso del fraseo. Y en cuanto a la variedad armónica, sólo se nota en los temas donde la melodía “extraflamenca” necesita de ciertos cromatismos que, puntuales pero certeros, usa “Niño Ricardo”. Eran otros tiempos y las revoluciones en estos aspectos aún estaban por llegar.

Es por lo que la mano izquierda de Niño Ricardo da una idea de la monotonía de la época en materia armónica. Si la de Manuel destaca, es por su facilidad en los ligados y en los cambios de posición, no tanto en su variedad.

A los oídos, esta primera entrega tiene más de uniformidad técnica que de complejidad rítmica o musical.

A mi juicio es el CD número 2 el que contiene el material de mayor valor para el análisis y la documentación del flamenco.

La faceta acompañante de “Niño Ricardo” dio más de sí porque la guitarra flamenca solista no era algo usual en la España de la época. Además, el sevillano no tuvo competidores de su nivel o incentivos para realizar una carrera en solitario que, por otra parte, no hubiera tenido la repercusión que merecía en nuestras fronteras.

“Niño Ricardo” por ello se volcó en acompañar a los más grandes de su tiempo, algunos de ellos tan grandes que sólo por ello hacen que su guitarra sea emérita y ocupe un sitio de privilegio en el flamenco. No obstante hay mucho más que eso porque Manuel conseguía sacar de cada cantaor lo mejor.

En este álbum le vemos acompañando a catorce grandísimas voces masculinas y a dos no menos excepcionales cantaoras. Desde la “Niña de los Peines” a “Porrina de Badajoz” pasando por Marchena, Tomás, Pepe Pinto o Juan Valderrama. En todos los cortes, de una duración bastante uniforme, escasa, se puede apreciar nítidamente una estructura parecida: tres minutos de dos o tres falsetas individuales y otros tantos momentos de cante.

Estilos muy variados todos. Ejecutados además por los principales baluartes de la época en cada uno de ellos.

A mi juicio hay varias cumbres en este trabajo: las granaínas con Manuel Vallejo, las bulerías con Manolo Caracol y las desgarradoras malagueñas que interpreta Juan Varea.

Son tres momentos en los que vemos a un “Niño Ricardo” que puede sosegar su toque apoyando como nadie al cantaor, llevar un compás perfecto y adornar a los mejores cantaores de tú a tú.

Resumiendo, estamos ante dos discos donde el “Ricardismo” muestra claramente sus rasgos más característicos y donde, además, nos encontramos con lo más granado del cante flamenco de mitad de siglo XX.