Después de cinco
años de no grabar en solitario, vuelve Vicente Amigo
para solaz de sus innumerables seguidores ya no solo en
España sino en el mundo entero. Lo cierto es que
este guitarrista se ha convertido en pocos años en
una figura universal, merced a muchos factores tal vez largos
de enumerar, de los cuales sin duda el principal –pero
no el único- es su talento extraordinario. Es Vicente
capaz de crear música que los auditores de todo el
mundo, de cualquier corriente musical y cualquier tendencia
artística, pueden entender. Y pueden cantar o silbar
y eso ya es bastante decir, tratándose de sonidos
arrancados a la materia y no de baladas de amor facilonas
y de tres minutos, como las que habitualmente hacen ídolos
en todas partes.
No nos parece que la espera haya sido extenuante, probablemente
porque Vicente ha estado presente a través de estos
años en muchos discos, en cada uno de los cuales
ha dejado su impronta inconfundible, un sello que lo identifica
a la brevedad y cuando no a él directamente, a quienes
han asumido sus maneras como propias, han adoptado su idioma
musical y lo han cultivado a riesgo, claro, de que luego
alguien diga que “toca como Vicente” o se hable
ya de elementos “vicenteros”. Pero, repito,
Amigo es de alguna manera un personaje omnipresente en el
mundo musical del flamenco.
A toda batería y a todo bajo abre Vicente su nuevo
disco, por rumba con “Demipatí”. Este
tema, sus giros, sus ideas, desarrollos temáticos
y adornos, no podría ser de nadie sino suyo, porque
el tempo y el tratamiento en general recuerda varias veces
a “De mi Corazón al Aire”, ya que en
todo caso las tres rumbas de Vicente tienen casi exactamente
el mismo tempo. Puede que sea menos directa que las anteriores,
pero tampoco algo demasiado complejo. El revestimiento instrumental
es impecable y los coros aportan una nota festera, sí,
pero con algún detalle quejumbroso. El tema empieza
con unos arpegios configurados en base a síncopas
que introducen correctamente el aire posterior. Los remates
cortados, violentos y bordoneantes que son el sello de Vicente,
además de la interválica personalísima
que hay siempre en sus melodías, aparecen aquí
con generosidad. El coro repite su estribillo y la rumba
se cierra tras un par de variaciones interesantes, complementadas
maravillosamente por la batería de Tino di Geraldo.
La bulería “Campo de la Verdad” se abre
con una atmósfera nostálgica, muy en el estilo
Metheny, que sorprende, para no decir que desconcierta,
porque el compás de bulería no aparece sino
hasta terminado el primer cuarto del tema. El arpegio como
elemento básico, lo ha utilizado siempre Vicente
en sus bulerías y este es otro de sus sellos personales,
además de unos rasgueados casi electrificantes. Con
bonitas letras, el cante de El Potito aporta la cuota textual
en el marco de la dedicatoria al torero José Tomás.
En algunos pasajes, da la impresión de que Vicente
se cita a sí mismo acaso recordando, consciente o
inconscientemente, pasajes del “Gitano de Lucía”
de su primer disco. Las variaciones, de colores y timbres
atractivamente variados se funden al final con el bajo y
con las voces, superponiendo adornos de la guitarra un poco
a la manera de Manolo Sanlúcar en “Puerta del
Príncipe”. Se agradece el final directo y no
haber utilizado el recurso del fade out.
“Mezquita” es el título de una soleá
monumental, cuyo comienzo también resulta algo desconcertante
si no se pone atención concentradamente a la figura
(cuatro semi-corcheas) de cada pulso, pues viene a ocurrir
que además del hecho de que las frases están
desarrolladas continuadamente del 1 al 12, es el trazo melódico
del arpegio el que inicialmente parece impulsar al auditor
en otra dirección, alejada del cauce de la soleá,
por mucho que el grupetto de semicorcheas sea tal vez la
figura rítmica más utilizada históricamente
en este palo. Tal vez por lo mismo, el instante en que Vicente
resuelve este acertijo en lo más esencial de la soleá
resulte tan sorpresivamente gratificante. De ahí
en más, la ejecución con la cejilla al 1,
cobra fuerza y presencia, tanto en lo melódico como
en lo rítmico, donde los rasgueados de Vicente actúan
como verdaderos subrayados a todo lo que se le ocurre, incluso
cuando los intercala dentro de un fraseo melódico,
entre los tiempos 6 y 10, o cuando los hace en veloces quintillos
en los tiempos 1 al 3. Otro recurso que utiliza magistralmente
es el arpegio con el anular arrastrado en solo un tiempo.
Algún fraseo recuerda la bulería “Asesinato”,
que Paco de Lucía grabara hace años con su
hermano Pepe en un homenaje a F. García Lorca y otro
momento recuerda la soleá “Plaza Alta”
del mismo autor, pero entendámonos : es extremadamente
difícil sustraerse a los influjos del guitarrista
de Algeciras, y más aún para alguien que,
como Vicente, le “culpa” de ser guitarrista.
Al final de la estupenda pieza, reaparece el motivo con
que se inició, para cerrar todo de la manera más
intempestiva que se pueda imaginar, nada preparado, nada
predecible, solo una interrupción.
El disco continúa con los “Tangos del Arco
Bajo”, que comienzan con una base rítmica muy
clara, como las que se oyen en el ya mundialmente famoso
“Solo Compás”, y siguen con la entrada
de la guitarra en dibujos como enrejados de hierro forjado,
luego cierres, uno de esos rasgueados suyos (¿le
quedarán uñas después de eso?) y aparece
ese cante que no sabemos si por mera coincidencia o a propósito
recuerda tanto al de “El Pele”, y unos coros
pegadizos y a seguir la filigrana, flamenquita, limpia,
movediza, contagiosa y estos tangos se van casi rápidamente,
acaso por ser el segundo tema más corto del disco,
pero a la vez un momento de frescura extremadamente agradable.
En
el “Bolero a Marcos”, dedicado a “su hijo
chico”, se nos asoma de nuevo el aire de Metheny,
pero esta sensación se esfuma al irrumpir ese bandoneón
magistral de Ariel Hernández, devaneo fantástico,
alucinado, entre Buenos Aires y Paris, apoyado por unas
notas fantásticas de contrabajo y sobre ellos, con
ellos o desde detrás de ellos, nuevamente la guitarra
flamenca de Vicente, díscola, inquieta, dejando salir
una música que no podemos definir exactamente como
flamenca, pero sí como extremadamente sentimental.
En suma, un tema hermoso que por sus características
podría haber estado en este disco como en cualquier
otro, de otra música, de otra parte del mundo, de
otras raíces y otra tradición, y seguiría
siendo un lindo tema.
El quinto corte, la farruca “Silia y el Tiempo”,
nos trae de vuelta un estilo que hoy se graba muy rara vez.
En los espectáculos de baile no puede faltar, pero
en el repertorio de los guitarristas ha sufrido una postergación
poco justificada, que otros sones aflamencados no han experimentado.
Especial reconocimiento, entonces a Vicente por hacerlo
en este disco y a Juan Carlos Romero por hacerlo en el suyo.
Compuesta en la ya tradicional tonalidad de La menor, con
un pulso más ligero de lo habitual, es un tema sumamente
sugerente, rico en recursos rítmicos y en colores
armónicos, que mueve, gusta e invita a dar palmas
cerradas, las mismas que aparecen desde la mitad en adelante.
Aquí aparece nuevamente el bandoneón, poniendo
unas notas estupendas, adornos, timbres, colores y hasta
un cierre de aroma huelvano se le oye a Vicente por ahí.
Un tema cálido, entretenido, melódicamente
bello.
“Oriente Mediterráneo” es el zapateado
que se ubica a continuación. Similar en su propuesta
a “Vivencias Imaginadas”, Vicente toca este
palo más rápido aún de lo que nos habían
acostumbrado las antiguas versiones de “Percusión
Flamenca” de Paco de Lucía y “Andares
Gaditanos” de Manolo Sanlúcar y viniendo más
acá, “Se Alza la Luna” de Juan Manuel
Cañizares. En este caso, por momentos el pulso es
casi frenético, sobre una base rítmica que
marca los acentos. El paso a bulerías es otra novedad
absoluta tratándose de un zapateado y qué
decir del cante, aunque pronto todo vuelve a su lugar de
origen.
La segunda bulería, se titula “Rocamador”
en recuerdo del monasterio en que Vicente cuenta haberse
recluido a componer para este disco. Con un inicio que nuevamente
no nos trae de entrada el compás de bulerías,
suenan sugerentes notas de teclado, que por ser muy pocas
más que nada generan una atmósfera que de
inmediato da paso, una vez más, al bandoneón.
Luego la guitarra de Vicente se muestra inquieta, recorriendo
con soltura las zonas altas del diapasón. Vivaz y
entretenida, junto con la aparición de las palmas
y la muy ajustada y discreta intervención de un contrabajo
que, sin afán de lucir individualmente, le otorga
profundidad y peso, esta bulería va saliendo desde
el interior de la guitarra, con fresca naturalidad y aromas
conocidos, aunque no por ello menos atractivos, y entre
arpegios, rasgueados y capirotes llega a un final intenso
en que asoman nuevamente las notas del teclado, que lo condimentan
con acierto.
Finalmente llega ese “Momento en el Sonido”
que hemos estado esperando. Vicente es un místico
y aquí queda patente esa característica. Dejando
que las notas respiren, fraseando con absoluta parsimonia,
sin renunciar a algún arranque fugaz de temperamento,
no se advierte aquí ni interés ni mucho menos
necesidad de demostrar nada, y por lo mismo se deja que
la música hable, mande, ordene, transporte, envuelva.
Sin trémolo (la soleá tampoco lo tiene) y
sin escalas demoledoras, logra crear una atmósfera
(¿la de Rocamador?) de gran serenidad. A pesar de
ser un tema muy largo, se paladea con gusto. Más
que una taranta, se nos antoja un tema compuesto en la tonalidad
de la taranta, aunque en esta percepción bien puede
haber un fondo de costumbrismo que no se debe soslayar.
El bonus track, ese “Bolero a Marcos” con arreglo
de cuerdas de un Amargós siempre notable, medido
e incluso sutil, nos recuerda, inevitablemente, que “hablemos
con ella...”. En pocas palabras, una delicia para
escuchar a solas o en dúo : ante música como
ésta, tres son multitud.
Un disco para renovarse. Lleno de detalles magníficos,
muy reflexivo, tal vez más cerca de la melancolía
que de otros estados de ánimo, pero nunca doliente.
Y la melancolía, la concentración en sí
mismo de Vicente Amigo es algo que puede apreciarse hasta
en sus fotografías, frecuentemente mirando hacia
abajo, o hacia adentro, rara vez riendo.
No nos sorprende ver que este guitarrista fenomenal, al
que conocimos cuando era un chiquillo en Sanlúcar
de Barrameda, en aquél mítico curso dictado
por el maestro Manolo, haya llegado al sitial en que está
ahora, donde además de la responsabilidad de mantenerse
allí, tiene la de estar poniendo unos códigos
nuevos en la guitarra flamenca y dejando una huella más
profunda y duradera que la de muchos estupendos ejecutantes,
pues lo suyo no es solo ejecución y técnica
: es también fondo artístico, intelecto y
mensaje.