El
Piyayo bien armonizado da juego, mucho juego. Muy en la
línea de los primeros trabajos de Ricardo Pachón
como productor. ¡Tiempos gloriosos los de Smash¡.
Entonces, experimentar era un sacrilegio… Ahora, en
cambio, meter los tangos del Piyayo en clave de reggae se
valora con más objetividad y la calidad es el único
criterio que rige. Ya hay licencia porque José Mercé
abrió el camino del blues y además lo hizo
muy mal, así que aquí, en Perraterías,
no se equivocan porque cada cual hace lo que sabe hacer
bien. Los tangos del Piyayo son de verdad, y están
perfectamente fusionados con la estética cuyo embrión
se gestó en Jamaica.
Sobre las bulerías
de Utrera, dice Tomás : << Lejos de entrar
en el vértigo de los ritmos acelerados, el compás
se solemniza y disfruta de un suave reposo>>, y es
verdad, porque el compás del segundo corte se regocija
en el soniquete pausado y matizado de una forma de ser que
se respira en el pueblo hispalense. A fin de cuentas, ningún
buen potaje se hace con prisas.
El parecido genético
de Tomás de Perrate con su padre, el Perrate, es
impresionante. Aparte del físico, tiene la misma
tesitura de voz. Una voz penetrante y cálida. Siempre
he dicho que hay cantaores que han sido artistas a pesar
de su voz, mientras que otros, con otra voz no hubieran
tenido la misma personalidad.
Por otro lado, el tratamiento
que Ricardo Pachón hace como productor es, en esencia,
impecable. Incorpora elementos poco convencionales allí
donde puede, pero respeta la profundidad en los palos que
lo requieren. Así, se recurre a la sencillez en el
2º corte con guitarra y palmas en el acompañamiento,
y como único aderezo se permite el jaleo de los palmeros.
De esta misma forma introduce la armónica y el piano
en el cuplé por bulerías, amén del
bajo y la guitarra eléctrica; siempre en perfecta
sintonía con la tesitura de voz de Tomás de
Perrate, que a su vez puede mostrar la profundidad dinástica
heredada.
“Perraterías”… El nombre es apropiado
ya que no es un disco de extrema enjundia flamenca, sino
una muestra del ejercicio artístico del cantaor.
Así, la duración de los cortes denota lo exquisito
del tratamiento a ese aspecto artístico; cuatro de
los ocho cortes exceden de los siete minutos y medio. Sin
duda, con la clara intencionalidad de permitir el desarrollo
cantaor de Tomás. Aquí no es prioritario el
detalle sobresaliente y de alto nivel musical. Lejos de
esto, se da pie al acomodamiento del oído en el soniquete
utrerano, en el paseo de la voz, en la melodía, en
el disfrute mismo de la música.
Interesante y majestuosa
aportación es la que consigue introduciendo la batería
en el juego de la guitarra y la voz frente a la seguiriya;
y curioso el nombre de “seguiriyas didácticas”.
Imagino que se refiere al aspecto más liviano de
los estilos que interpreta, de menos calado que otros estilos
también ampliamente conocidos por la afición.
Salpicado de guiños
de R. Pachón volvemos a encontrar el planteamiento
musical del quinto corte, en el que a la batería
se le une el bajo. Después, soleá, toná
y bulerías con verdadero sabor añejo, un serio
homenaje a Utrera y Lebrija.
Antonio Moya, un guitarrista
del que apenas teníamos noticias, se nos presenta
en un trabajo ejemplar, derrochando buen gusto y apuntando
flamencura de muchos quilates. Aportando mucha seriedad
y buen hacer a un disco entretenido y jugoso, de cuya audición
es difícil cansarse.