En
la guitarra flamenca de las últimas tres décadas
y media existen verdaderos hitos que no deben olvidarse,
no deben postergarse en ningún recuento, ni deben
dejarse de lado a la hora de revisar lo verdaderamente importante
que se ha grabado. Durante demasiados años la trilogía
“Mundo y Formas de la Guitarra Flamenca” que
Manolo Sanlúcar grabara entre 1971 y 1973 para el
sello CBS, durmió en el más absoluto silencio
en alguna bodega y seguramente las carátulas de los
vinilos se llenaron de moho, porque se trataba de unas grabaciones
a guitarra limpia y para muchos, con un lenguaje “anticuado”.
Costó todos estos años, hasta el 2001, que
alguien se diera cuenta de que ahí, en esos tres
discos, hay más verdad que en muchos discos de guitarra
flamenca que han aparecido posteriormente, donde a veces
queda en evidencia que ser un buen guitarrista es una cosa,
pero ser un buen músico, otra muy distinta. Porque
de hecho, en el mundo de los instrumentos de la orquesta
clásica, por ejemplo el violín, es posible
reunir a más de veinte buenos violinistas y formar
las secciones de primeros y segundos violines de una buena
orquesta filarmónica. Pero esos mismos veinte buenos
violinistas, por estupendos que sean, tendrán que
acompañar al que además es un músico
excepcional, el solista, el maestro, el que no toca tras
un atril porque puede hacerlo de pié delante de toda
la orquesta, el que está por sobre cada uno de los
integrantes de la cuerda de los violines.
Esta serie de discos, sin
lugar a dudas, constituye una lección magistral para
todo aquél que quiera crecer y llegar a tener un
lugar en el mundo de la guitarra flamenca y no porque se
trate de un compendio de mecánica y técnica
deslumbrante –que por cierto también aparece
cuando es preciso- ni porque quede en evidencia una pirotecnia
alucinante, ni porque los acordes esto, ni la velocidad
aquello, sino por su contenido artístico, por su
bagaje musical y su esencia radicalmente flamenca.
Manolo Sanlúcar era
muy joven cuando abordó esta empresa tan compleja.
Grabar un disco de esta magnitud artística, a razón
de uno por año durante tres años, es algo
que en la guitarra, no ha hecho nadie. Joven, efectivamente,
pero exhibiendo ya una madurez y un nivel de comprensión
irrefutables del mundo musical en que había crecido
y en el que habría de desarrollar ideas y proyectos
que lo llevarían más tarde a generar obras
maestras como “Medea”, “Tauromagia”,
la “Sinfonía Aljibe”, “Locura de
Brisa y Trino” y la música de la “Mariana
Pineda” de Sara Baras. Sin artificios, sin rodear
la guitarra de otros instrumentos, sin ocultarse detrás
de una agrupación, Manolo Sanlúcar fue ordenando
cuidadosamente este material y entregándolo en tres
placas a la afición de la época. Las circunstancias
privaron a las generaciones que despuntaron en los ’80
y los ‘90 de esta obra, pero felizmente hoy estos
trabajos están de regreso, en CD y remasterizados
por Luis Carlos Esteban, pero conservando el sonido de los
’70, ese sonido sincero, real, sin los efectos que
la tecnología del sonido ha impuesto en los últimos
años y de los que tan majadero uso se hace con alguna
frecuencia.
Reseñar en detalle,
tema por tema cada uno de los tres discos, podría
resultar largo y agotador. Demos, pues, una mirada sinóptica
a estos discos, partiendo naturalmente por el Volumen I,
que abre la serie en 1971. Lo primero que nos llega es un
zapateado de notable dificultad técnica, como todo
lo que compone y toca Manolo Sanlúcar. “Andares
Gaditanos” es una pieza refrescante, (para el que
lo escucha, no para el que lo toca, podemos asegurarlo)
sin pausa y musicalmente sin debilidades. Construido en
el tradicional tono de Do mayor y mostrando ya elementos
poco habituales en la guitarra flamenca como la recapitulación
(Paco lo haría más tarde en la bulería
“Almoraima” con una inversión de formas
incluso más atrevida) y la división en secciones,
este tema sube el telón y tras un final a la manera
más tradicional, con acordes duros y rítmicos
de color casi orquestal, da paso a los atractivos fandangos
de Onuba y luego a su famosa “Colombiana de Bajo Guía”,
ese alegre barrio pescador –y cantaor- a orillas del
Guadalquivir. Manolo volvería a grabar esta colombiana
cuatro años más tarde, en el disco llamado
simplemente “Sanlúcar”, pero esta vez
adobada con otros sonidos instrumentales, vibráfono
incluido.
El “Taranto del Santo
Rostro”, que le sigue, es un tema de gran belleza,
no excesivamente complejo en lo armónico, pero compuesto
con sensibilidad y desarrollado con parsimonia.
“Bulerías de
las Gitanas Marquesas” es el título de uno
de esos temas que no acertamos a entender porqué
Manolo no recuerda de cuando en cuando, tal vez uno de los
ausentes de relevancia en la nostálgica remembranza
que conforma su actual programa de “Tres Momentos
para un Concierto”. Bastante atípicas en la
concepción, estas bulerías modulantes y de
una musicalidad arrobadora, constituyen una página
magistral en la creación del maestro gaditano, mostrando
ya algunos de esos picados extensos pero expresivos, como
los que más tarde pondría en su “Fantasía”
para guitarra y orquesta o en la rondeña “Elegía”
a Ramón Sijé.
No es posible pasar por
alto la zambra “Herencia Oriental”, tal vez
la más hermosa y sugerente composición que
hemos escuchado por este estilo que también cultivaran
con acierto Esteban de Sanlúcar y el maestro Sabicas,
entre otros. Con una introducción que por momentos
pareciera rozar una atmósfera pentatónica
y un posterior desarrollo basado en el característico
pedal de las bordonas, Manolo lleva esta forma musical una
cota emotiva y estética difícilmente igualable,
mucho menos hoy, cuando ya la zambra parece, irreversiblemente,
cosa de un pasado lejano.
Completan el Volumen I las
“Sevillanas de las Cuatro Esquinas”, a dos guitarras
y las “Alegrías de Torre Tavira”, en
las que se advierte una entrada muy similar a la que más
tarde hará Manolo por soleá y algunas pinceladas
que encontraremos en la alegría “Cuando un
Gitano Mira al Cielo”, que grabará diez años
más tarde en su disco “Candela”.
Abre el Volumen II, grabado
en 1972, la “Taranta del Pozo Viejo”, de factura
similar al taranto del Volumen I, aunque tal vez más
enérgica y movediza y abundante en un elemento ornamental
que caracteriza desde siempre a la música y la ejecución
de Manolo Sanlúcar : el trino.
“Viva Jerez”
solo puede ser el título de unas bulerías.
Vivaces y entretenidas, estas bulerías suenan encastadas
y algo vertiginosas, como le gusta tocarlas al maestro hasta
el día de hoy. Hacia el final, pareciera que se abrirán
al gaditano tono mayor, pero no es más que una falsa
alarma.
“Mi Farruca”
es un tema delicioso. Compuesta en el tono de La menor y
tocada con la cejilla al dos, suena muy pausada, con giros
armónicos tal vez predecibles pero amigables, cercanos,
amistosos, conduciendo a un final vigoroso y abierto.
La “Guajira Merchelera”
llega cálida y acompasada, un tema bonito sobre el
que no nos extenderemos mayormente, más que nada
en función del que le sigue : la “Elegía
al Niño Ricardo”. Esto ya es otra historia.
Compuesta en homenaje a la muerte del maestro de los de
su generación, esta seguiriya es de una belleza que
nos atreveríamos a calificar de insólita.
Por medio y con cejilla al dos, grabada al comienzo con
un reverb que le otorga profundidad y dramatismo, entra
con el rasgueado brioso habitual en el toque por este estilo,
pero pronto se aventura a zonas de la guitarra de difícil
acceso, con un motivo que parece sugerir campanadas insistentes.
La calma con que Manolo desarrolla las falsetas da cuenta
de lo sentido de este homenaje, aún cuando el final
es más rápido, tal vez rabioso, como una protesta.
Una verdadera belleza, para escucharla en respetuoso silencio.
Y llega “Pasito a
Paso”, la soleá, ese reino en el que Manolo
siempre se ha sentido a gusto y donde ha sido particularmente
prolífico, ese mundo único en el que ha desarrollado
muchas de sus mejores ideas musicales y desde el cual ha
dictado una verdadera cátedra. Esta soleá
es de los pocos temas de aquella época que él
suele tocar.
Llena de arpegios intrincados
y ligados cristalinos, pero sobre todo de una solera arrebatadora,
termina con un alzapúa prolongado, limpio y de muy
difícil ejecución, que hoy sigue siendo un
buen desafío para los jóvenes tocaores.
“Farolillos Caracoles” es un compendio de bonitas
variaciones en la característica tonalidad de Do
mayor, que da paso al “Brindis para Alberto Vélez”,
una hermosa granaína dedicada al guitarrista huelvano,
con quien Manolo tocó siendo muy joven. No siendo
las granaínas un estilo que el maestro de Sanlúcar
haya abordado con la asiduidad de la soleá, recordamos
otra de gran belleza: la “Elegía II”
de su disco “Y regresarte”, dedicada a García
Lorca.
Y llegamos finalmente al
Volumen III de esta magna entrega, grabado en 1973, que
comienza con una malagueña titulada “Amanecer
Malagueño”. Con una introducción profundamente
meditativa, aligera luego el paso hacia un compás
ternario, recuperando su libertad expresiva alternando una
y otra vez los pasajes acompasados con los libres de medida
y terminando con el clásico cambio a verdiales.
La “Soleá por
mi Pare Isidro” en cuya dedicatoria homenajea a su
padre, su primer maestro, nos muestra otra vez el dominio
total que Manolo Sanlúcar tiene de este estilo. Compuesta
por medio y con la cejilla al III, es de carácter
algo más inquieto y más enérgico que
la anterior “Pasito a Paso”, donde se percibía
un aire más reflexivo.
A Don Ramón Montoya
dedica la rondeña que sigue en este tercer volumen.
Ya desde el comienzo hay más de alguna reminiscencia
de lo que más tarde sería la “Elegía”
que dedicara a Ramón Sijé. No se sintió
Manolo obligado a citar textualmente pasajes de la rondeña
de Montoya para rendirle este enorme tributo, que lo muestra
ya como un gran compositor por este estilo. Un tema muy
hermoso y lleno de detalles.
“Noches de la Ribera”,
por alegrías en Mi mayor, parece hablar de su pueblo
natal no sin cierto dejo de nostalgia, alternando diferentes
tempos con lo que consigue acentuar las ideas musicales
generando predisposiciones diferentes en el auditor. Con
aroma a noche de verano, es uno de los temas más
bonitos de la trilogía discográfica.
La minera “Barrenero”
presenta un carácter enérgicamente sombrío
desde los acordes iniciales, el que abandona en el resto
de la pieza. En general, las líneas melódicas
están creadas en las cuerdas graves, lo que remarca
el semblante del barrenero, para el que siempre es de noche.
Hacia el final descubrimos un pasaje que Manolo insertará,
cinco años más tarde, en el primer movimiento
de su “Fantasía” para guitarra y orquesta.
El “Garrotín
del Calzoncillo”, curioso título por cierto,
comienza con un picado alucinante, de esos que no sabe uno
dónde va a concluir, pero viene, sin embargo, con
una envoltura sentimental ante la que es imposible quedar
indiferente. La belleza de las melodías que conforman
esta versión “sanluqueña” de la
tradicional canción asturiana, nos hace considerar
a éste como otro de los grandes ausentes en los conciertos
de Manolo. La magnífica versión que más
tarde hiciera a dos guitarras con su hermano Isidro, no
le va en saga en calidad y valor musical al celebérrimo
“Ruy-Señor y Mirlo” que siempre se ha
mantenido en sus programas, con toda justicia por lo demás,
pero este garrotín merecía similar suerte.
Digamos, a propósito, que Isidro Muñoz es
uno de los músicos más talentosos, audaces
e imaginativos que el flamenco ha tenido y si no se le conoce
masivamente en esa condición, parece que se debe
a su derecho a optar por el camino que mejor le pareciera
y de hecho tampoco se ha equivocado –vaya que no-
yendo por donde fue.
No podemos cerrar el comentario
de este tema sin preguntarnos en qué medida influyó
su factura en el estupendo garrotín que bajo el título
de “De la vera” grabara Rafael Riqueni en 1990.
Habiendo sido Riqueni alumno de Manolo, no tendría
porqué ser una idea descabellada.
“Romero y Jara” es una serrana, estilo que hoy
se oye muy rara vez como tema de concierto. Sin duda no
resulta fácil hacer y marcar, en un toque de guitarra
solista, la diferencia de intención musical que hay
entre la seguiriya y la serrana, especialmente porque esta
última tiene el mismo compás que la primera.
Y en este tema, aunque la tonalidad (“por arriba)
define cierto aire, tampoco queda esa diferencia muy claramente
establecida porque repetimos: es sumamente difícil
hacer en la guitarra una diferencia que donde mejor marcada
queda es en el cante, mientras que en la guitarra parece
muy complicado evitar que una falseta de serrana no suene
a seguiriya tocada en Mi.
“Mundo y Formas de
la Guitarra Flamenca” se cierra con un tiento titulado
“Recreación”. Se trata de otro estilo
que los guitarristas de hoy no cultivan como no sea cuando
tienen que acompañar el cante, tal vez por no tener
interés en detenerse a explorarlo y escudriñar
las enormes posibilidades expresivas que tiene. Manolo cumple
y lo desgrana tiñéndolo de su propia personalidad,
aunque quisiéramos saber qué haría
hoy si compusiera por tientos. Una incógnita más
que atractiva.
Esta reseña ha sido
larga, a pesar de que la intención era que fuera
breve. Pero no es posible cuando se está frente a
un trabajo que ha hecho y hará historia, porque ¿cuántos
guitarristas de hoy se atreverían a acometer tamaña
empresa? ¿cuántos hay que puedan tocar una
pieza completa por 19 estilos, absolutamente en solitario?
Cuando comenzó, en
su pueblo, el famoso curso de 1982, Manolo Sanlúcar
contó a sus alumnos algo muy significativo : siendo
muy joven, se propuso componer, primero, al menos una falseta
de cada estilo que conociera. Si ese fue el patrón
de desarrollo que él mismo escogió, qué
duda cabe de que la segunda meta fue ésta que hemos
comentado. Tardó años en reaparecer, es verdad,
pero señores, ahí queda eso pa’ los
restos, que se trata de una extensa clase magistral que
nadie del mundo de la guitarra debe perderse. No estaba
por entonces el cajón, el bajo recién hacía
sus primeros coqueteos con el flamenco, no era usual rodearse
de músicos y ni siquiera palmas hay en estos discos,
ni jaleos, ni base rítmica alguna, como no sea algo
muy tímido en la bulería “Viva Jerez”,
es decir, aquí está la guitarra completamente
desnuda, como nos parece que debe estar antes de arroparla
con otros sonidos y algo nos dice que por donde Manolo partió,
debieran partir todos ¿Que con un grupo es más
entretenido, que es más atractivo, que hay más
posibilidades, que se vende mejor, que gusta más
a los que no son flamencos? De acuerdo, aceptemos que hoy
por hoy ese planteamiento puede llevar razón, pero
si primero no se es capaz de algo como esto, completamente
a solas, entonces se puede ser un buen guitarrista, sí,
pero administrativo, parte de un elenco, parte de una agrupación
instrumental flamenca, nunca un músico excepcional,
nunca un aspirante a solista y mucho menos alguien destinado
a hacer historia.
No teniendo derecho ni estatura
para ello, si algo podríamos regañarle al
Manolo Sanlúcar de esos años y en este trabajo
incomparable, es algo tan nimio como haber grabado la casi
totalidad de los temas con la cejilla al II y no haber explorado
otras sonoridades, partiendo por la que ofrece la guitarra
sin la cejilla. Solo eso. Lo demás, solo gratitud
por este legado que, a nuestro entender, todavía
no goza del reconocimiento que merece.
Salud, maestro, por
muchos años.