Salmerón
es un almeriense afincado en Madrid desde hace muchos años,
donde ha echado raíces cantando en todos los tablaos
y espacios escénicos de la capital. Una indiscutible
experiencia que derrocha cada vez que canta. Este disco
no es una excepción en este sentido.
En la portada han colocado
una foto desenfocada, quizá buscando cierta sensación
de movimiento. Esta vez, el guiño a su tierra lo
hace incorporando el símbolo indaliano junto al título.
Observamos una considerable
mejoría entre este disco y el anterior, que editó
en el 2002 y tituló “Flamenco en la Alcazaba”,
y dicha mejoría no tiene que ver con la forma de
cantar, sino con la producción y la calidad del trabajo.
Y es que, esto de grabar, no es sólo llegar, soltar
el cante y “a otra cosa”. Es un trabajo especializado,
y como tal, a más experiencia, más calidad
en el resultado final.
En este caso, es palpable
que la experiencia anterior, donde Salmerón tuvo
una mayor implicación en la producción y desde
un punto de vista técnico, le ha servido para aportar
más calidad y una mayor elaboración de los
cortes.
Los cantes de Salmerón
no están regidos por la innovación ni por
las aportaciones personales. Su discurso es el de un recital
al uso, con una colección de músicas conocidas
y aceptadas por la generalidad.
En este sentido, no aporta innovaciones
dignas de mención, a excepción del Zorongo
que popularizó Lorca y que en este trabajo se adapta
al ritmo de la soleá por bulerias.
Como contrapunto, incluye unos fandangos de Huelva algo
lentos de ritmo y con extraordinaria fuerza, una soleá
pausada y muy sentida, o unos estilos de cantes abandonaos
ya en absoluto desuso, tales como el fandango de Lucena,
el Zángano de Puente Genil y la Jabera, y que Alfonso
interpreta con bastante fidelidad a las referencias más
conocidas.
Todas las letras son de
Salmerón, a excepción del Zorongo de Lorca
y la bulería que es de su hijo Oscar, que también
es responsable de la percusión en el disco. Jesús
Toledo toca el bajo, las palmas a cargo de José González,
Pedro Javier Fernández, Ricardo Sierra y Manuel Luna,
y la sonanta queda en manos de Rafael Andujar, que acompaña
con gusto y buena medida, demostrando oficio y muy buenas
intenciones.
La bulería
es lo más flojo del trabajo, ya que la misma estructura
métrica impide un fraseo más o menos flamenco.
En definitiva, le falta la flamencura que por ejemplo, desborda
la saeta que cierra el disco, palo que Salmerón ha
cultivado siempre, y en el que va especialmente sobrado
gracias a sus extraordinarias facultades.