Aunque pueda parecer un poco majadero, es
necesario recalcar que al comentar algunos discos que han
aparecido hace años, nos anima la intención
de mantener vigentes esos trabajos que por la inmensa calidad
y trascendencia de su contenido, quedan exentos de esa niebla
de olvido que el tiempo todo lo cubre. Un buen ejemplo de
esto es el disco “Mi Tiempo”, de Rafael Riqueni,
que debe ser uno de los capítulos más alucinantes
de la discografía de guitarra flamenca de cualquier
época. De hecho no hemos conocido a una sola persona,
aficionada o no, que no haya elogiado con entusiasmo este
trabajo que, habiendo visto la luz en 1990, sigue siendo
completamente actual, sigue siendo un referente, sigue siendo
un ejemplo de musicalidad y de buen acople de la guitarra
con instrumentos que hasta un par de décadas no solían
asomar sus formas al mundo del flamenco, al menos en este
formato que denominaríamos “de cámara”,
porque conformando orquestas hay muchos registros, como
en el concierto que Moreno Torroba escribiera, o tal vez
habría que decir “arreglara” sobre la
guitarra de Sabicas, y luego en obras de Manolo Sanlúcar
como la “Fantasía” y “Medea”,
o en “El Duende Flamenco” de Paco de Lucía,
entre otras, y más acá obras de José
Antonio Rodríguez y Vicente Amigo, pero desde luego
ese es otro esquema, otro mundo y otra intención.
A mediados de 1990, Riqueni nos mostró tímidamente
“Mi Tiempo” poco antes de que el disco apareciera
y ya fue posible comprobar que para hacer todo lo que él
había envasado allí, era necesario ser no
solo un guitarrista formidable, sino también un músico
inspirado y profundo conocedor de las raíces de la
música flamenca y sus posibles variantes sonoras.
Entre aquél memorable “Flamenco” grabado
en Alemania completamente en solitario y “Mi Tiempo”
hay una brecha asombrosa, delineada por una madurez creativa
y un peso interpretativo muy difícil de igualar,
entonces y ahora mismo. Revisemos un poco lo que este disco
nos ofrece.
“Mi Tiempo” es, precisamente,
el título de la bulería que abre el álbum
con un picado a dos voces seguido del “break”
de la batería de Guillermo Mc Gill, el contrabajo
de Manuel Calleja y luego las cuerdas de Tomás Garrido
(violoncello) y Rafael Villanueva (violín), en un
arreglo sobrio pero muy melódico, que da cuerpo sonoro
a esta bulería que no tiene bases rasgueadas como
es habitual en un toque solista, sino que es más
bien un bellísimo tema por bulerías, dotado
de una movilidad sincopada y fresca de gran atractivo, que
acercándose al final repone el picado inicial para
cerrar magistralmente un toque en sí mismo sumamente
corto, pero contundente y pegadizo.
La alegría “Y Enamorarse”
es introducida por las cuerdas en un color y textura que
recuerda algún Andante del barroco, para
dar paso a la aparición de la guitarra que parece
dialogar consigo misma, primas y bordones entretejiendo
un paisaje que se desarrollará luego de manera bastante
compleja, con el concurso de la segunda guitarra de Antonio
Reyes complementando ideas que Riqueni desarrolla, pero
con intervenciones específicamente señaladas,
solo parte de las frases, picando a dos voces, un poco como
solían hacerlo Manolo Sanlúcar con Isidro.
Las cuerdas acompañan con gusto, dosificadamente
pero con gran energía. La guitarra solista vuelve
a quedar sola, entra de nuevo la cuerda, se suceden cortes,
rasgueados, melodías intrincadas, nuevos cierres
y nuevamente la melodía inicial y otra vez la guitarra
sola, hacia un final en que el contrabajo luce una movilidad
espectacular e incluso su última nota es lo que queda
sonando al final de este tema espectacular.
La serrana “Los Cabales” da
buena cuenta de la maestría de Riqueni para armar
y desarrollar un toque en que por momentos parecen superponerse
las voces de la guitarra de un modo sumamente elaborado,
que da paso a una entrada de cuerdas y percusiones a un
tempo pesante, denso y oscuro, como debe ser el de la serrana
para que no parezca una seguiriya en Mi. La guitarra reaparece
acompañada de pinceladas de cuerda que apoyan un
final algo abrupto e inesperado, pero no por ello menos
coherente.
Y llega esta versión del garrotín titulada
“De la Vera” que ya es un clásico,
no solo porque es una pieza que le hemos escuchado a varios
otros guitarristas, sino también por el idioma en
que ha sido redactada, con un barroquismo inusitado y un
trabajo armónico que parece superar los límites
naturales de la guitarra y llegar muy lejos más allá.
El trabajo que hay en los bajos es asombroso, siguiendo
esta línea tan propia de Riqueni, que entiende que
la guitarra es un instrumento polifónico y hace dialogar
a sus diversas regiones con un acierto absoluto. No hemos
escuchado, antes ni después, una versión que
llevara al tradicional garrotín a cotas musicales
tan altas. Definitivamente, una de las más grandes
y caras joyas de la guitarra flamenca, pa’ los restos,
señores.
“Tunisia” es el título
de los tangos que llegan en el quinto lugar. Con un motivo
que las cuerdas repiten constantemente y una guitarra sumamente
inquieta, parece ser el tema en que la agrupación
acompañante tiene mayor protagonismo. Un breve pero
notable solo de contrabajo completa la paleta de colores
que Riqueni preparó para estos tangos, y antecede
a un final que nos recuerda mucho el de otro tango soberbio:
“Solo Quiero Caminar”, de ustedes saben quién.
La soleá “A Canales”,
segundo tema en solitario del disco, es realmente monumental.
Con unos matices y unas intenciones que sorprenden y recalcan
la majestuosidad de este estilo, el desarrollo del tema
implica dos secciones de trémolo –habitualmente
solo se hace una- de carácter bastante diferente,
siendo la segunda un poco más ansiosa, tal vez más
rápida, preparando un final impetuoso, tal vez rabioso,
muy similar al que antecede esa entrada de cuerdas impresionante
que hay en la soleá “Calle Fabié”
del disco “Alcázar de Cristal”, del propio
Riqueni. Una verdadera apología de la soleá.
La soleá por bulerías “Santa
Cruz” comienza de manera muy misteriosa y
queda, con unas notas de la guitarra que luego se transforman
en dobles cuerdas en un motivo melódico que parece
extraído del pentafonismo de alguna música
andina. Luego aparece el violoncello de Tomás Garrido
con una línea triste, acompañada suavemente
por la guitarra y de pronto todo el panorama se abre de
manera definitiva al nervioso compás de la soleá
por bulerías. Aparecen lo cortes a pique, las palmas
y la caja de McGill, y se retoma el lenguaje grupal que
Riqueni propuso en este disco, sincopado, a ratos entrecortado,
pero siempre melódico, siempre muy flamenco y siempre
enraizado, siempre encastado y esto no es un logro menor,
ya que muchas veces la presencia de las cuerdas y su sonoridad
ha arrastrado a otros guitarristas a un idioma musical que
suele ir un paso más allá de las fronteras
sutiles que la tradición ha puesto para decirnos
hasta dónde llega lo flamenco y dónde eso
empieza a dejar, si no de serlo, al menos de parecerlo.
Se cierra el disco con la segunda bulería, titulada
“Agüita Clara”. El comienzo
es algo frenético, en base a palmas y percusiones,
que da entrada a una guitarra nuevamente impregnada de melodía.
Aparecen aquí las bases rítmicas rasgueadas
que hay en toda bulería, y aparece el sonido exótico
del laúd (¿o el úd?) que ya nos mostrara
Paco de Lucía en “Almoraima”, pero en
este caso con mayor movilidad y nervio. Las falsetas que
Riqueni pone en este tema son muy dinámicas y complejas
y están estupendamente secundadas por las percusiones.
Reaparece el laúd y el cierre, con aroma a bacanal
y a fiesta, pone el broche de oro a un trabajo realmente
maravilloso que, como hemos dicho, constituye una página
especial en la historia de las grabaciones de guitarra flamenca
de concierto, así pasen los años y aparezcan
nuevas ideas y nuevas posibilidades. Ahí estará
siempre “Mi Tiempo”.
Digamos, para terminar, que Rafael Riqueni es, antes que
nada un músico enorme. No es lo que podría
denominarse un ejecutante técnicamente perfecto como
muchos otros que no fallan una nota, que pican a velocidades
supra humanas y arpegian con la corrección de un
software, pero su caudal musical es tan poderoso y tan atractivo,
que después de escucharle, especialmente en directo,
queda la sensación concreta de haber estado ante
uno de los guitarristas más completos que el flamenco
ha conocido. Y prueba de ello es este disco en que queda
claro que lo de Riqueni no es la armonía rebuscada,
el efectismo o el lucimiento técnico sino, mucho
más que eso, un asunto humano, un asunto de piel,
un asunto de sentimiento, en suma, un asunto de arte.