Recientemente, nos ha sorprendido
el niño-prodigio de Cáceres, Javier Conde,
con la aparición de su disco “Homenaje a los
Grandes de la Guitarra”, grabado a los 12 años.
Poco después, el que nos ha sorprendido ha sido su
padre, José Antonio, uno de los pilares de la guitarra
flamenca cacereña, al sacar del horno el suyo : “Retazos
de mi Vida Flamenca”. Esta coyuntura viene a resultar
curiosa, pues lo habitual es lo contrario, es decir, que
tras el padre, sea el hijo el que aparece en términos
discográficos, claro está.
Con un formato de presentación muy bonito -aunque
no permite ponerlo en el escaparate con los otros discos-
y publicado con la ayuda de la Peña “Amigos
del Flamenco” en el marco del XXX Festival Flamenco
de Cáceres, el disco del guitarrista extremeño
se abre con una soleá titulada “Flamenco y
Cabal”, fuerte, corpórea, llena de detalles
atractivos, unos bajos de gran presencia e intrincados dibujos
en ligados y arpegios y un trémolo algo más
rápido que el tempo que traía la pieza, pero
que desemboca en un final de acompasado arrebato.
A la soleá, sigue la “Guajira Mía”,
dedicada a su mujer María José. La influencia
del lenguaje de Andrés Batista en la composición
de esta pieza es evidente y por momentos recuerda alguna
pieza del maestro, pero la movilidad del desarrollo temático
cambia pronto el color y la textura, sin que pase completamente
desapercibida alguna breve referencia a Paco de Lucía.
En la fantasía por bulería “Gitana”,
compuesto por Víctor Monge “Serranito”
en homenaje a Carmen Amaya, el timbre de la grabación
cambia intempestivamente, no sabemos si por un asunto técnico
o porque al haber dos guitarras todo el “perillaje”
es diferente. En este tema, en sí bastante más
breve de lo que hubiéramos querido, José Antonio
cuenta con la colaboración ilustre de su hijo Javier.
Tras un par de acordes y un breve arpegio superpuesto, las
dos guitarras de los Conde (entiéndase esta expresión
en la más literal de sus dos acepciones) echan a
correr a una velocidad casi peligrosa por el riesgo de atropellarse,
cosa que en algún momento parece a un pelo de producirse,
situación que los tocaores extremeños consiguen
evitar no sin más de un sobresalto. Este vértigo
es el mismo que se puede advertir en la música de
Serranito de los años ’70 y en tal sentido,
la interpretación resulta fiel. El tema es bonito
y de exuberante digitación.
El zapateado “Pantalón y Chaquetilla”,
dedicado a Andrés batista tiene un comienzo tranquilo
y de gran belleza melódica, para asumir luego el
brío propio del estilo, con modulaciones interesantes,
yendo y viniendo en las intenciones. Son perceptibles algunas
pinceladas que recuerdan al gran Sabicas y nuevamente a
Paco de Lucía.
La bulería por soleá “A mi Aire”
se abre con una sección de ritmo que fija el tempo
de la pieza. Desde la entrada de la guitarra se percibe
la naturalidad con que José Antonio se desenvuelve
en este palo tan atractivo, que ejecuta con vigor y justeza
de compás, sin reposo y con buena técnica.
“Dos Amigos” es el título de la segunda
guajira, dedicada a Diego de Cáceres.
Es una de esas guajiras
reposadas, de aire húmedo y aroma de tabaco negro.
Tras un comienzo calmado, reflexivo tal vez, dos guitarras,
con la ayuda rítmica de un bongó abordan el
aire ternario, entrando de pronto una de ellas a una cita
perfecta de la “Guajira Merchelera” de Manolo
Sanlúcar mientras la otra decora el texto con notas
de adorno, para pasar luego a un estribillo conocido y terminar
con acordes enérgicos, algo “paqueros”,
si cabe el término.
La taranta “Fuente Fría”, séptimo
corte del disco, fluye melódica y sentimental, pero
decidida. El discurso es de tesitura más abierta
que lo habitual en este toque, habitualmente de atmósferas
oscuras, como las minas de las que nos habla. Incluso por
momentos da la sensación de aire, tal vez aire de
superficie. Uno de los mejores temas del disco, a nuestro
entender.
“Puntarenas” es una colombiana simpática,
liviana, a dos guitarras, casi bailable, que se esfuma en
un fade out intempestivo precisamente cuando parecía
entrar a su etapa de mejor desarrollo. Un poco desconcertante,
a decir verdad.
La rondeña que José Antonio dedica a su hijo
Javier, es un enigma : el propio autor nos ha contado que
la hizo sin cambiar la afinación de la guitarra y
sin embargo sigue siendo una rondeña, seguramente
porque el idioma musical del estilo está bien plasmado,
la construcción es correcta incluyendo el característico
pasaje con aire de zambra y una sintaxis armónica
en base a acordes profundos, que permiten asumir la pieza
como rondeña y no como una variante guitarrística
de alguna forma de fandango, lo que tiene un gran mérito,
sumado a la belleza del discurso.
Cierra José Antonio su disco con una rumba de Andrés
Batista, que no siendo una pieza muy elaborada, muestra
a su hijo Javier como protagonista, con el acompañamiento
de Rubén Rubio al bajo y Lorenzo López Lumeras
en el bongó. Nos queda la sensación de que
este tema era prescindible en un disco orientado en otra
dirección y logrado con otros recursos, pero eso
pasa por el terreno del gusto personal.
“Retazos de mi Vida Flamenca” es un disco sumamente
sincero : quien guste de dedicarse a la labor un poco morbosa
de descubrir fallos técnicos, los encontrará
porque los hay y los hay porque José Antonio Conde
es un ser humano y los comete, pero siempre será
preferible un músico que los asume y que en directo
toca como lo escuchamos aquí, en lugar de otro que
en grabación es un monstruo pero en directo decepciona.
Escuchar este disco es como tener a José Antonio
sentado en la misma habitación con su guitarra, una
copa de buen vino y una charla amistosa y amena, de esas
en que además de oír buena guitarra flamenca,
se aprende, se ríe, se reflexiona. Un disco que no
necesitaba las reiteradas advertencias que las notas ofrecen
respecto a unas facultades que parece que “eran y
ya no son”, porque el aficionado cabal valora lo que
hay y no “lo que pudo haber”. El talento, cuando
existe, siempre está por sobre aclaraciones que,
además, nadie solicitó.