Olvidando
romanticismos y otras hierbas propias de la época,
Quiñones defiende las Jarchas como antecesor natural
del flamenco. El tratamiento del estudio podemos sintetizarlo
al decir que utiliza sutiles devaneos que van desde el aspecto
histórico al aspecto musical y viceversa, desde el
ámbito del folclore hasta el del flamenco. Todo esto,
condimentado con un excepcional estilo literario y una sagaz
exposición de acontecimientos con la que demuestra
una extensa y documentada cultura, hacen que este libro
sea imprescindible para el aficionado al flamenco.
La teoría de que
el origen tiene lugar y se desarrolla entre el siglo XVI
y el XVIII, haciendo recaer toda la responsabilidad de la
creatividad en la etnia gitana, se contradice con el planteamiento
en el que encuadra la ciudad de Cádiz como enclave
de encuentro de muy diversas manifestaciones folclóricas
de toda la península y sobre todo, de América.
Y “Amanece el Flamenco”
con Tío Luis de la Juliana, Fillo, Planeta…
en un Cádiz festivo y reivindicador…
El valor narrativo de la
obra es incuestionable, y cada uno de sus repasos a las
distintas épocas es como estar asomado a la ventana
de un tren de la memoria, en el que las secuencias suceden
en un solo instante.
El cante de Cádiz
es verdaderamente característico por ser recortaíto,
y en su recorte es hiriente, y cuando está bien hecho,
te deja “pillao”, “asomao” al precipicio
con “tó” el cuerpo fuera. Quiñones
tiene la lección bien “aprendía”
y deja aparecer sus ideas a borbotones, pero con la brevedad
de la flamencura gaditana.
Para una plena comprensión,
se debe tener en cuenta que Quiñones considera el
flamenco como el Folclore del pueblo andaluz. Consideración
que al día de hoy, no sólo está en
desuso, sino que además está absolutamente
descartada.
Y tras el justo tratamiento
de diversos eventos que han resultado históricos,
tales como “El pájaro azul” o “Alcances”,
termina la primera parte del libro haciendo una especie
de balance de la situación del flamenco en el Cádiz
de los años 70, que fue cuando se concibió
la segunda edición de este libro, un momento algo
carente de cantera gaditana, y algunas reflexiones sobre
cómo encarar el futuro.
En la segunda parte, titulada
“Memoria de los cantes de Cádiz” entra
de lleno en el análisis de las formas gaditanas.
Conduce al lector con bastante habilidad, ayudándole
o enseñándole a valorar aquellos aspectos
que definen y configuran la estética gaditana. Acierta,
sin duda, cuando fija sus claves en las que se relacionan
a continuación :
- Una clara tendencia
a economizar en la duración de los tercios.
- Una marcada abundancia de accidentes rítmicos.
- Una llamativa escasez de lamentos largos y desgarrados.
Y es que Quiñones
prefiere hablar de la estética del cante de Cádiz
más que de los estilos que allí han visto
la luz. Atribuye cierto aire jocoso a los cantes de atrás,
y por ende a los cantes de ritmo, y localiza el desarrollo
de algunos palos en Cádiz, si bien no le atribuye
su nacimiento. Tal es el caso de la Caña, el Polo,
la Seguiriya, el Martinete o la Soleá…
Durante toda la exposición,
pone de manifiesto aquellos puntos en los que no está
de acuerdo con “Mundo y Forma del Cante Flamenco”
de Ricardo Molina y Antonio Mairena; y si bien trata este
libro con sumo respecto, no entiende su doctrina como sentencia,
que era lo que en ese momento se respiraba.
La enumeración
de artistas gaditanos y la aportación de datos biográficos
sobre éstos complementan de forma amena el trabajo.
Pero no se equivoquen, “De Cádiz y sus cantes”
es un libro que acaba manoseado y viejo antes de terminar
su lectura. Un libro que se sufre al disfrutarlo. Yo, particularmente,
y teniendo en cuenta el momento en que se escribió
esta gran obra, recomiendo complementar el acercamiento
al flamenco de Cádiz con la lectura del libro de
Javier Osuna titulado “Cádiz, cuna de dos cantes”.