La evolución de la
guitarra flamenca es un hecho indiscutible y esencial en
el panorama actual del flamenco. La prueba evidente es que
los sellos discográficos se hacen eco de este hecho.
Si a esto le añadimos las producciones personales
que cada día adquieren mayor peso en cantidad y calidad,
la guitarra se lleva el gato al agua, pese a que históricamente
ha sido el cante el que más tirón mediático
ha disfrutado.
Ahora es Pedro Sierra el que toma la antorcha de la divina
novedad y postula su condición de guitarrista polifacético
materializándose en un proyecto de excelente calidad
y extraordinaria proyección. Un disco que, sin duda,
será un referente para futuros trabajos de guitarristas.
Si consideramos un gráfico donde las coordenadas
rijan el espacio y el tiempo, comprenderemos que la transcuturalidad
y la globalización que actualmente vivimos abarca
en toda su longitud la coordenada horizontal del espacio.
Fue Enrique Morente y su “Pequeño Reloj”
quien nos enseñó que también es posible
abarcarla de una forma atemporal. Se apoyó en la
tecnología para proyectar el futuro y así
engranar el pasado con el presente. Nos convirtió
en testigos de excepción de una especie de autovía
de la imaginación y del arte, sin limitaciones de
espacio ni de tiempo.
Pero Sierra le añade al gráfico otras dimensiones
porque elimina elementos del pasado, los reconfigura y los
mejora.
A todos nos ha pasado que en algún momento hemos
pensado eso de “si me hubiera pasado ahora, hubiera
actuado de otra forma”. Retroceder en el tiempo para
modificar el pasado…
Si Morente añadió su voz a la de toques antiguos,
Pedro Sierra ha eliminado la guitarra del registro original
y ha dejado sólo la voz del cantaor para incorporar
su guitarra. Y lo borda… Así, recorre con
alegria y destreza las coordenadas verticales del tiempo
acompañando las voces de Antonio Mairena, Juan Valderrama,
Pepe Marchena y el anteriormente mencionado Enrique Morente,
como si pretendiera conseguir un proceso recursivo.
“Nikelao”, que así se llama el disco
que nos ocupa, presenta otra dimensión además
de la que acabamos de comentar. Y digo bien, ya que el protagonista
tenía como objetivo presentar las tres facetas de
la guitarra que ha desarrollado a lo largo de su carrera
artística: guitarra de concierto, acompañamiento
al cante y acompañamiento al baile; y lo ha hecho
de forma tan sobresaliente que el objetivo se ha convertido
en un vehículo para el arte.
Pedro Sierra se consolida en estas tres facetas como un
nombre importante, demostrando no sólo que ha madurado
como guitarrista, sino que su capacidad creativa se encuentra
en un momento brillante.
Para comprobarlo, basta con escuchar el primer corte que
le da título al disco. Una bulería con mucha
fuerza que se apoya en la melodía de la alboreá
con momentos de verdadera euforia.
“Los Caudales” es una soleá reposada
y sobria, de tradicional técnica y clásica
flamencura en la que introduce nuevas armonías a
modo de pinceladas para terminar descansando en los bordones.
Sobresale la limpieza del toque, incluso en los vertiginosos
picados, además de no temerle a la técnica
de ligado.
El tercer corte son unos bonitos tangos titulados “Damasco”
en los que comparte protagonismo con el bajo y la mandola,
además de utilizar distintos recursos para enriquecer
el cuerpo central. Una melodía sencilla y repetitiva
que acaba entrando en la intimidad de quien lo escucha.
Algo parecido sucede con la Farruca titulada “Cadencioso”,
que desprende la melancolía natural del palo y la
sutileza de las baladas más nostálgicas. EL
violín de Alexis Lefevre ayuda muchísimo a
la causa, pero el planteamiento del corte es extraordinario
porque aprovecha el entramado musical para pasearse por
la más genuina estética “tanguista”
de Piázzola.
Con base de plamas y bongos entra otra vez en el compás
de bulerias. Con fuerza aunque con menos estrategia musical
que en cortes anteriores.
Pedro Sierra sabe de la importancia del tempo, de la necesidad
de tocar despacito para sentarse en el oído y de
la urgencia de imprimir rapidez en los momentos de tensión.
Esto es lo que más me llama la atención de
su forma de afrontar la granaína “Corral del
carbón”, además de la nitidez del sonido,
aunque una pulsación más vigorosa le ayudaría
en la intención del matiz.
La guitarra de concierto termina con la rumba “Río
de esperanza”, que es una melodía de impacto
junto con el violín; una melodía pegadiza
y actual.
El acompañamiento al baile lo aborda de la mano de
Israel Galván en unas seguiriyas de gran belleza.
Un discurso muy personal, siempre partiendo de la raíz,
pero muy en la línea vanguardista del bailaor. Al
final acopla de forma interesante el cante por tonás
de Tomás Pavón, y lo hace con un vertiginoso
toque que de forma inesperada provoca un silencio espeluznante
que desnuda la voz del cantaor para luego recogerla con
mesura y decisión, como si de un columpio se tratara.
NIkelao es un disco digno de la madurez musical de un artista
con muchos kilómetros a sus espaldas, que es capaz
de hacer convivir la naturalidad con el trabajo, y el arte
con la experiencia.
|